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La exesposa de pueblo que todos subestimaron

La exesposa de pueblo que todos subestimaron

Status: En proceso
Genre:Romance / Venganza / Mujer poderosa / Equilibrio De Poder / Juego de roles / Amante arrepentido
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Durante tres años, Sofía Serrano intentó ser la esposa perfecta. Para Diego Ferrer, sin embargo, seguía siendo una muchacha de pueblo, sin un apellido importante ni nada que ofrecer.
Cuando regresa la mujer que él nunca pudo olvidar, Diego le exige el divorcio. Sofía firma y se marcha. Creía que aquel hombre le había salvado la vida, pero ya no piensa entregarle también su futuro.
Lo que Diego desconoce es que su esposa ocultaba mucho más que sus heridas: es una médica legendaria, una piloto extraordinaria y una experta capaz de descubrir los secretos mejor guardados.
Ahora, quienes se burlaban de ella empiezan a buscarla. Y Alejandro Montenegro, el magnate al que nadie se atreve a desafiar, parece decidido a ganarse un lugar a su lado.
Pero Alejandro sabe demasiado. Una mirada, una cicatriz y los recuerdos de un accidente hacen que Sofía cuestione todo lo que creía cierto.
¿Quién la salvó realmente? ¿Y por qué el hombre más poderoso de la ciudad parece conocerla desde mucho antes?
Cuando Diego comprende a quién dejó escapar, Sofía ya ha aprendido a elegir por sí misma.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Capítulo 13. ¿En su casa?

¿Quedarse en la casa de Alejandro?

El primer impulso de Sofía fue rechazar la invitación.

Él la había ayudado varias veces y su atención la conmovía. Pero vivir en la casa de un hombre al que apenas conocía era otro asunto.

—¿No sería demasiada molestia? —preguntó con cuidado—. Además, si alguien se entera, podría dar pie a rumores sobre usted.

Una leve sonrisa apareció en los labios de Alejandro.

—Sabemos que no estamos haciendo nada malo. Lo importante es que descanses. El mayordomo y el personal llevan años conmigo; pueden encargarse de lo que necesites. Yo tengo mucho trabajo y no voy allí con frecuencia. Tendrás tranquilidad.

Sofía pensó en lo bien que le vendría salir del hospital y estar en un lugar más agradable.

Pero había otra razón que le interesaba aún más: cerca de Alejandro quizá encontrara nuevas pistas sobre el accidente y sobre aquellos ojos.

La curiosidad terminó pesando más que la incomodidad.

Alejandro había respondido a cada una de sus reservas sin burlarse de ellas: habría personal de confianza, ella tendría espacio y él no estaría allí todo el tiempo. Repetir su rechazo empezaba a parecerle una negativa a aceptar una ayuda ofrecida con cuidado.

Por otro lado, la posibilidad de encontrar una pista era demasiado importante para desecharla. No sabía cuándo volvería a tener una oportunidad semejante.

—Si está seguro, acepto. Muchas gracias.

—Claro. Tú concéntrate en recuperarte.

Él la miraba con una sinceridad que desarmaba parte de sus reservas. De nuevo, Sofía recordó al hombre de sus sueños.

Alejandro cambió de tema al verla pensativa.

—Hace un momento hablaste de tu madre adoptiva. Parece que son muy cercanas.

La expresión de Sofía se suavizó.

—Sí. Recuerdo muy poco de mis primeros años. Sé que pasé un tiempo en la calle, sin saber cuándo volvería a comer. Ella me encontró bajo un puente y me llevó a su casa, en San Jacinto de la Sierra. Allí crecí. Ya de adulta, la familia se mudó al casco antiguo de Puerto Claro.

Sonrió con cariño.

—No tenían mucho dinero. Mi padre adoptivo tenía problemas de salud, y ella hacía varios trabajos para mantener la casa. También tenían un hijo, unos años menor que yo. Aun así, nunca me hizo sentir que me faltaba nada. Me cuidó como a su propia hija. Me enseñó a leer, a escribir y a distinguir lo que estaba bien de lo que estaba mal. Sin ella, no sé si habría sobrevivido.

—Se nota que no olvidas a quienes te han ayudado —dijo Alejandro—. Tu madre debe sentirse muy querida.

Sofía sonrió al recordarla.

—Es una gran mujer. Dice que de niña no me callaba ni dormida. Con ella nunca tuve que pensar dos veces antes de hablar.

La sonrisa se le apagó un poco.

—Pero estos últimos años he pasado mucho tiempo trabajando lejos de casa. Casi no he ido a verla. Me siento culpable por eso.

Se hizo un breve silencio.

—Perdona —dijo él—. No quería ponerte triste.

—No pasa nada.

Sofía recuperó la sonrisa y cambió de tema.

—¿La casa queda muy lejos del centro? ¿Será difícil moverme desde allí?

—A unos treinta minutos en auto. Tiene buenos accesos, seguridad y un entorno tranquilo. Ya pedí que prepararan una habitación. Si te parece bien, puedes ir mañana.

—¿Tan pronto?

—Cuanto antes estés más cómoda, mejor.

Alejandro se levantó y fue hacia la ventana.

—Si hay algo que te preocupe, dímelo. Intentaré resolverlo.

Al verlo allí, Sofía sintió que se disipaban sus últimas dudas.

Tal vez estaba pensando demasiado. Quizá él solo quería ayudarla como lo haría un amigo.

Respiró hondo.

—No tengo más dudas. Gracias por organizarlo.

Alejandro se volvió hacia ella.

—Entonces, descansa. Mañana enviaré a alguien a buscarte.

—Buenas noches, señor Montenegro.

—Buenas noches.

Cuando él se fue, Sofía tomó otra vez la fotografía firmada. Varela sonreía bajo la lluvia, y ella volvió a pasar la vista por la firma, como si todavía le costara creer que la tenía allí.

No sabía si aceptar la invitación había sido una buena idea. Pero necesitaba descubrir la verdad sobre el accidente y confirmar quién era Alejandro.

Por eso estaba dispuesta a correr el riesgo.

La invitación parecía sencilla mientras hablaban. A solas, podía sentir el peso de la decisión: vivir en un lugar que pertenecía a alguien que aún no conocía bien y acercarse a una verdad que podía cambiar lo que recordaba de su propia vida.

Observó otra vez la fotografía y luego la habitación del hospital. No tenía una certeza nueva, pero sí un siguiente paso.

* * *

A la mañana siguiente, el asistente de traje negro que había visto en el hospital llegó a buscarla.

Conservaba su expresión seria y sus modales precisos, aunque con ella era muy respetuoso.

—Buenos días, señorita Serrano. Soy Martín Rivas, asistente del señor Montenegro. Vengo a llevarla a la casa.

—Buenos días, señor Rivas. Gracias.

Martín indicó a su equipo que recogiera el equipaje. En pocos minutos, las cosas de Sofía estaban en el auto.

El Rolls-Royce salió del hospital y tomó el camino hacia las afueras.

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