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ESTA VEZ LOS PROTEGERÉ

ESTA VEZ LOS PROTEGERÉ

Status: Terminada
Genre:Hijo/a genio / Época / Reencarnación / Completas
Popularitas:13.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Tiinii_1605

El frío del acero en mi garganta no dolía tanto como la mirada de mi propio hijo.

Frente a mí, con la túnica imperial empapada en sangre fresca y la espada goteando sobre el mármol, Cassian ya no era el niño de mirada dulce que alguna vez buscó mi mano. A sus veinte años, se había convertido en la bestia implacable que yo misma forjé a fuerza de golpes, exigencias y castigos.

—¿Es esto lo que querías, madre? —me preguntó, con una sonrisa rota que no alcanzaba sus ojos muertos—. ¿Estás feliz ahora? Míralo tú misma... soy el nuevo Emperador. Asesiné a mis hermanos como me ordenaste. Acabé con el duque que torturó a Rosalind hasta arrojarla al vacío desde el balcón norte. Ya no queda nadie en el trono, solo yo. Dime... ¿por fin estás orgullosa de mí?

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Capítulo 20: El nido en llamas

El estruendo de unas puertas abriéndose de golpe destrozó la calma del despacho de la Emperatriz. Las tazas de porcelana sobre la mesa vibraron cuando Marta y un oficial de la guardia solar irrumpieron jadeando, pálidos por la carrera.

—¡Su Majestad Imperial! ¡Noble Consorte! —gritó el oficial, cayendo de rodillas con la respiración entrecortada—. ¡Los príncipes en el patio de armas! ¡El Primer Príncipe Cedric y el Segundo Príncipe Gilbert se trenzaron a golpes!

Eleanor se puso de pie de un salto, derramando el té caliente sobre sus mangas de seda sin pestañear siquiera.

—¿Qué dices? —exigió la Emperatriz, con la voz temblorosa de horror—. ¿Cedric? ¿Dónde está mi hijo?

—¡Y Su Alteza Rosalind y el Príncipe Cassian están heridos en la enfermería imperial! —añadió Marta con la voz rota—. ¡El Príncipe Gilbert empujó a la princesa contra las piedras y el Príncipe Cedric intervino para defenderlos!

Sentí cómo un rayo de fuego puro me quemaba el pecho.

«Gilbert se atrevió a tocar a mi hija. Se atrevió a empujar a Cassian».

Eleanor y yo salimos del Palacio Solar a paso veloz, seguidas por una docena de caballeros de la guardia solar y los veteranos acorazados de mi padre que custodiaban mis espaldas.

Al llegar a la galería exterior de la enfermería imperial, el olor a alcohol medicinal, vinagre y ungüentos inundaba el corredor. La puerta de la sala de curaciones se abrió de golpe con violencia.

De allí salió la Consorte Celestial Theresa.

Tenía las mangas de su casaca manchadas con la sangre de su hijo y en la mano sostenía un paño empapado en tintura roja. Sus ojos oscuros estaban desorbitados por una rabia salvaje tras haber visto el rostro destrozado de Gilbert. Al divisarnos en el corredor, avanzó como una fiera herida.

—¡Miserables víboras! —rugió Theresa, señalándonos con el paño ensangrentado temblando de cólera—. ¡Miren lo que hicieron sus engendros! ¡Vengan y miren la cara de mi hijo!

Nos encontramos en medio del pasillo de mármol. El aire se volvió tan denso que los propios guardias contuvieron la respiración.

—¡Cierra esa boca inmunda, Theresa! —le espeté, dando dos zancadas feroces hasta quedar a escasos centímetros de su rostro—. ¡Tu salvaje empujó a mi hija de doce años contra la grava y arrojó a Cassian al suelo! ¡Si le dejó una sola cicatriz a Rosalind en las manos, te juro que ni tu padre ni todo el ejército del sur podrán salvarte de mí!

—¡¿Tus cachorros de porcelana?! —bramó Theresa, con las venas del cuello a punto de estallar—. ¡Tu hija solo tiene unos raspones de nada! ¡Acabo de sostenerle la cabeza a Gilbert mientras el médico le acomodaba la mandíbula dislocada! ¡Tiene un diente roto, el ojo cerrado por la hinchazón y la cara desfigurada! ¡Tu bastardo cobarde provocó la pelea y el mocoso de Eleanor intentó asesinarlo en la arena!

—¡Mides tus palabras antes de nombrar al Primer Príncipe, concubina insolente! —intervino la Emperatriz Eleanor con una voz tan gélida y letal que cortó los gritos en seco.

Eleanor dio un paso al frente con los ojos encendidos en veneno puro:

—Gilbert levantó una espada de entrenamiento con plomo contra el heredero legítimo de este imperio —siseó Eleanor con desprecio absoluto—. Cedric sangra del labio y tiene los nudillos en carne viva porque tuvo que defender a sus hermanos menores de un bruto sin modales. ¡Agradece a los cielos que Gilbert siga respirando, porque si mi hijo hubiera desenvainado acero real, tu familia entera estaría en el cadalso por intento de magnicidio!

—¡A mí no me amenaces con el cadalso, Eleanor! —Theresa llevó la mano al pomo de su daga de cinto, perdiendo el juicio por completo—. ¡Mi familia sostiene las fronteras del sur y las provisiones del ejército imperial! ¡Si tocan a mi hijo, las divisiones del sur no dudarán en pedir cuentas a este palacio!

—¡Mientes! —cortó una voz infantil, clara y cortante como el hielo.

La puerta lateral de la enfermería se abrió. Rosalind salió al pasillo con las palmas de las manos vendadas y manchas de polvo aún en su vestido. Detrás de ella venía Cassian, temblando pero con el mentón levantado, aferrándose al brazo de su hermana.

—¡Tu hijo no se estaba defendiendo, Consorte Theresa! —acusó Rosalind, plantándose frente a la consorte mayor sin bajar la mirada—. Gilbert nos insultó. Me llamó salvaje de ultramar y le gritó a Cassian que su familia se encargaría de reventarlo a golpes en el lodo del sur. ¡Y luego me arrojó al suelo con sus dos manos!

—¡Cállate, mocosa insolente! —gritó Theresa, dando un paso agresivo hacia la niña.

Antes de que yo pudiera abalanzarme sobre ella, un golpe seco de botas metálicas resonó en el umbral.

Cedric apareció en el pasillo. Tenía el labio partido goteando sangre fresca, el uniforme de montar desgarrado en el hombro y un vendaje improvisado en la muñeca derecha. Pese al dolor evidente, sus ojos celestes despedían una furia regia. Se interpuso de un salto entre Theresa y los niños, bloqueándole el paso con su propio cuerpo.

—¡Atrévete a dar un solo paso más hacia mi hermana, Consorte Theresa! —rugió Cedric, con una voz imponente de futuro emperador que hizo retroceder a los soldados sureños—. Si Gilbert está sangrando adentro, es porque yo mismo le rompí la cara por cobarde. ¡Y si vuelve a ponerles una mano encima, no usaré una espada de madera la próxima vez!

Desde la sala de curaciones, tambaleándose y sosteniéndose contra el marco de la puerta, apareció Gilbert. Tenía la mitad de la cara hinchada y deforme, vendajes en la sien y saliva con sangre en la barbilla.

—¡Maldito seas, Cedric! —balbuceó Gilbert con furia ciega, señalándolo con un dedo tembloroso—. ¡Defiendes a los hijos de una ramera! ¡En cinco años no vas a poder salvar a nadie, y tú tampoco vas a ser coronado! ¡Mi abuelo los aplastará a todos!

—¡Gilbert, cállate! —rugió Theresa, mientras intentaba sostener a su hijo ensangrentado.

—¡No me callo! —gritaba Gilbert fuera de sí, forcejeando con los enfermeros que intentaban meterlo a la sala.

—¡Hermano Gilbert, detente por favor! —suplicó Cassian con la voz quebrada por el llanto, dando un paso adelante con los brazos abiertos—. ¡No sigan peleando! ¡No queremos que nadie muera!

—¡Apártate de mi vista, rata cobarde! —le escupió Gilbert, intentando abalanzarse hacia Cassian.

El sonido metálico de quince espadas desenvainándose al unísono retumbó por todo el corredor.

Los soldados veteranos de Rosental que me protegían dieron un paso al frente con el acero desenvainado y los ojos fijos en el cuello de Gilbert. Los caballeros de la guardia solar alzaron sus alabardas contra los guardias del sur, y los hombres de Theresa desenfundaron sus espadas cortas con gritos de guerra.

—¡Atrás todos o los degüello aquí mismo! —gritó el capitán de Rosental.

—¡Protejan al Primer Príncipe! —bramó el comandante solar.

Los gritos de los guardias, el llanto de Cassian, las maldiciones de Gilbert y los chillidos de las damas crearon un pandemonio infernal en el pasillo. Estábamos a medio segundo de que la sangre corriera por el suelo de mármol.

En medio de semejante caos, un aplauso suave y rítmico resonó desde el fondo de la galería.

—Bravo... Qué deleite de espectáculo. Jamás creí que el linaje imperial fuera tan pintoresco.

Las voces se ahogaron de golpe. Las espadas titubearon en el aire.

Avanzando con una lentitud grácil sobre la alfombra de terciopelo, apareció la Consorte Livia. Lucía un vestido vaporoso de gasa carmesí bordado con mariposas de oro, el abanico de plumas desplegado y una sonrisa dulce y emponzoñada en sus labios carnosos.

Y de su mano caminaba un niño de seis años.

Era el pequeño Príncipe Elian, el Quinto Príncipe del imperio. El niño vestía una túnica de satén blanco inmaculado, sin una sola mancha de polvo ni gota de sudor, con el cabello castaño perfectamente peinado y sosteniendo en sus manos una dulce manzana caramelizada.

Livia acarició la cabeza de su hijo con ternura fingida, paseando su mirada divertida por nuestras ropas desgarradas, las caras cubiertas de sangre de Cedric y Gilbert, y las espadas desenvainadas entre nosotras.

—Mira eso, mi dulce Elian —ronroneó Livia, agachándose apenas hacia su pequeño para que todos escucháramos cada sílaba—. Mira en qué se convierten los hijos de las consortes que no saben gobernar sus pasiones. Monstruos ensangrentados, niñas gritonas y soldados a punto de matarse como perros en una plaza de mercado.

El pequeño Elian miró a sus hermanos mayores con una risita inocente y mordió su manzana.

—¡Livia, lárgate con tu bastardo de aquí antes de que te corte la lengua! —escupió Theresa, temblando de rabia con la daga todavía en la mano.

Livia no se inmutó. Cerró el abanico de golpe con un chasquido coqueto y clavó sus ojos almendrados en Eleanor, en Theresa y en mí.

—¿Cortarme la lengua, querida Theresa? ¿Con esas manos manchadas con la sangre de tu propio hijo derrotado? Qué lástima me das.

Livia dio dos pasos al frente, interponiéndose entre las tres con un descaro que helaba la sangre.

—Sigan gritando. Sigan desenvainando espadas en los pasillos públicos. Me parece maravilloso. En este momento, Su Majestad Imperial está en su despacho tratando de calmar el dolor de cabeza que ustedes le provocaron con sus escándalos.

Una sonrisa victoriosa y cruel iluminó el rostro de la joven consorte.

—Y adivinen a quién llamó para que lo consuele. Elian y yo íbamos de camino a merendar con su padre. Qué afortunado es mi pequeño... mientras los príncipes mayores se desfiguran la cara y demuestran no ser más que bestias violentas y asustadas, el único hijo que no le causa dolores de cabeza al Emperador es el mío.

Livia tomó a Elian de la mano y miró a Cedric con lástima fingida.

—Disfruten de sus vendajes y sus acusaciones, damas mías. Nosotras nos vamos con Kaelen. Después de todo, el favor del Emperador no se gana con sangre en la arena... sino con sonrisas en la alcoba.

La muchacha soltó una risa cantarina, dio media vuelta y caminó hacia los aposentos imperiales llevando a su hijo de blanco, dejando tras de sí un silencio espeso, humillante y cargado de una nueva y peligrosa amenaza.

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minjoon
quede 👁👄👁👏
marcela Gimenez
muy buena historia gracias
Marlucha💋
Así que andar con cuidado Emperador porque son dos contra uno!
Marlucha💋
Pensé que la ejecutaria! y con todo y familia!
Pao Suarez
me encantó, gracias autora
Arely Castañeda
ameeee desde el principio al final
Arely Castañeda
😭😭😭😭😭
Arely Castañeda
por fin es libreeeeee🥰
Arely Castañeda
ameeee
por fin es libre y Kaelen por fin murio
Arely Castañeda
me va a dar un infarto
Arely Castañeda
me dolió sus palabras
se la mujer libre que yo no puedo ser 😭😭😭
Arely Castañeda
perdón pero que se muera el desgraciado de KAELEN asi Cedric será nombrando emperador y su mamá lo ayudara
jajaja como dicen muerto el perro se acabó la rabia 🤭
Arely Castañeda
maldita teresa pero ya valiste 🤭
Arely Castañeda
ame esta capitulo
y tómala maldito emperador por fin Cassian puede ser libre
Arely Castañeda
me da tanto coraje pobre Cassian pero me alegra que ese miedo que tenia se esta diluyendo y creo que el mismo emperador no mandara a cassian
Tania 🇨🇴✈️
Hola espero que les guste está nueva historia, como a mí me gustó escribirla
Marlucha💋: Saludos Autora!, hasta ahora esta interesante 💖
total 1 replies
Adaly Cruz cruz
👏👏👏👏👏
Tania
Me encantooo
Liseth
Inicio, fuete me gusta
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