Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.
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CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 16
El tiempo se fracturó en la última milla del bosque.
El líder del Escuadrón de Exterminio no dudó. Su rostro, frío y pulido como una máscara de mármol, no reflejaba odio ni placer; solo la ejecución eficiente de una orden dada por el Pabellón del Juicio. La espada negra, cargada con un Qi estigio que corroía el aire mismo a su alrededor, comenzó su trayectoria descendente hacia el cuello de Daniel.
A tres metros de distancia, clavada al suelo por dos lanzas de hueso en los muslos, Lin ahogó un alarido mientras la sangre le manchaba la túnica. A su lado, Meili, golpeada y con la clavícula fracturada por la onda de choque previa, intentó arrastrarse sobre la hierba húmeda, estirando una mano temblorosa en un gesto inútil.
—¡Muere, gusano! —retumbó la voz del líder, seca, desprovista de resonancia humana.
Daniel no cerró los ojos. Su mente de catorce años, atrapada en un contenedor biológico de seis, registró la aceleración de la hoja con una precisión quirúrgica. No había Qi en sus meridianos. No había postura marcial. No había defensa posible. La nada física lo reclamaba.
Pero la anomalía de la Ciencia Negativa no era un poder que Daniel pudiera invocar como un hechizo; era un parásito topológico, una ecuación rota que se negaba a permitir el cese de su único anfitrión.
En el instante exacto en que el filo tocó el radio de tres milímetros sobre la piel del cuello de Daniel, la física local colapsó.
Lim f (d) \= Aniquilación d—>0
La distancia entre la espada metálica y la estructura celular de Daniel dejó de ser una variable real. Al cancelarse el espacio (d \= 0), el campo entrópico de la Ciencia Negativa saturó los átomos del metal con una carga invertida. La materia y la entropía negativa se superpusieron en un volumen nulo.
No hubo fuego. No hubo una explosión de luz como la de una técnica de cultivo.
La hoja de la espada no se rompió: sus enlaces moleculares sufrieron una fisión y fusión en cadena en cuestión de microsegundos. La reacción no se detuvo en el metal. Como una plaga subatómica descontrolada, la inversión de carga se propagó a través de la mano del líder, devorando sus huesos, su carne y el Qi demoníaco que circulaba por sus brazos.
—¿Q-Qué... es esto...? —logró formular el líder. Fue lo último que dijo. Su voz ni siquiera llegó a sonar a terror; fue una distorsión acústica ahogada.
Los átomos del líder y de los cuatro ejecutores que lo rodeaban se fusionaron en una microreacción atómica en cadena descontrolada. Sus estructuras biológicas fueron utilizadas como combustible para el colapso topológico.
—¡ATRAAAS! —rugió Meili con un instinto animal que superó el dolor de sus heridas.
Percibiendo la fluctuación de una energía que no pertenecía al orden natural del universo, Meili usó su mano sana para enganchar la túnica de Lin. Liberando una ráfaga desesperada de Qi residual por la planta de sus pies, ambas se impulsaron en un salto violentísimo hacia atrás, cubriéndose la cara con las mangas deshilachadas de sus túnicas, cerrando los ojos y sellando la boca para no respirar el aire ionizado.
La onda expansiva no fue térmica, sino cinética y cinética-espacial. La fuerza del golpe las empujó en el aire, haciéndolas rodar sobre el suelo húmedo a más de quince metros de distancia, levantando una nube de tierra y ramas rotas.
En el epicentro, la realidad se reestructuró.
Un círculo perfecto de diez metros de diámetro quedó grabado en el suelo. Dentro del radio, la tierra, las rocas y las raíces no estaban quemadas: la materia había sido reconfigurada a nivel atómico en un mineral negro opaco, absolutamente liso, que absorbía la luz en lugar de reflejarla. Los cinco miembros del escuadrón simplemente dejaron de existir. No quedaron huesos, no quedó sangre, no quedaron fragmentos de metal ni túnicas. Cero rastros biológicos.
El silencio que siguió fue absoluto, frío y pesado, roto solo por el olor a ozono y metal fundido.
En el centro del cráter liso, la figura diminuta de Daniel colapsó de frente contra el suelo de cristal negro.
—Agh... —un borbotón de sangre oscura brotó de su boca, manchando la superficie pulida.
La sobrecarga cognitiva fue brutal. El cerebro de seis años no estaba diseñado para procesar el flujo de datos atómicos que la anomalía había forzado para salvarle la vida. Una migraña lacerante, como si le estuvieran clavando agujas de hierro al rojo vivo directamente en el lóbulo frontal, le hizo perder la visión por completo. El mundo empezó a dar vueltas en un vértigo grotesco. Sintió que sus órganos internos sangraban por la vibración subatómica, y una hemorragia gástrica súbita le provocó una náusea tan intensa que se arqueó en seco sobre el suelo, convulsionando ligeramente antes de que la vista se le apagara por completo en un negror absoluto.
A quince metros, Lin y Meili se incorporaron con lentitud entre la humareda estéril.
Lin, respirando con dificultad y con la vista nublada por el dolor en sus muslos, bajó la manga de su rostro y observó el cráter con los ojos desorbitados. El aire en la zona de impacto estaba gélido, privado de cualquier rastro de Qi.
—El... el escuadrón de exterminio... —susurró Lin, temblando mientras intentaba ponerse de pie, apoyándose en un tronco destruido—. ¿Dónde están? ¿Qué técnica fue esa?
Meili no respondió de inmediato. Se sujetó el brazo fracturado, apretando los dientes mientras sus ojos fijos en el pequeño cuerpo inerte en el centro del cráter reflejaban un terror que nunca había sentido ante ningún maestro o líder de secta. No había rastro de Veneno de las Mil Sombras en ese agujero. Eso no era cultivo. Era la destrucción misma de la materia.
—Esa cosa... no es un niño —murmuró Meili en un hilo de voz, con la respiración agitada, antes de forzarse a avanzar rengueando hacia el centro del cráter—. Si nos quedamos aquí un segundo más, los ancianos de Hanyang sentirán la grieta espacial que esto provocó.
Llegando hasta Daniel, Meili se agachó. El cuerpo del niño estaba helado, goteando sangre por la nariz y los oídos, sumido en un coma profundo por el esfuerzo biológico. Con extremo cuidado, evitando tocar la tierra negra que aún emanaba una vibración extraña, cargó a Daniel en sus brazos, apretándolo contra su pecho golpeado.
Lin llegó a su lado, arrancando un trozo de su propia manga para hacer un vendaje rápido en la cabeza del pequeño.
—¿Sigue vivo? —preguntó Lin con la voz quebrada.
—Su corazón apenas late —respondió Meili, alzando la vista hacia la densa bruma que se extendía a unos pocos cientos de metros: el perímetro fronterizo del dominio del veneno—. La anomalía casi lo mata a él también. Muévete, Lin. Cruzaremos la frontera ahora, antes de que el mundo sepa lo que acaba de despertar.
Sin mirar atrás, con dos de ellas gravemente heridas y un niño inconsciente al borde de la falla multiorgánica, las herederas del Clan Dok-Gag se internaron en la bruma de los Valles Tóxicos, dejando tras de sí un cráter de silencio absoluto que la secta demoníaca jamás podría explicar.
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