«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 20: Más allá del papel
El estruendo provocado por la declaración de Nolan continuó vibrando en las paredes del vestíbulo incluso después de que las pesadas puertas dobles se cerraran, dejando atrás el caos de los reporteros. En las pantallas de televisión de todo el país, los analistas financieros ya interrumpían sus programaciones: la caída en picada de las acciones de Cross Enterprises se había detenido en seco y, en un giro sin precedentes, los gráficos comenzaban a teñirse de un verde ascendente. El mercado, voluble y sediento de estabilidad, adoraba la idea de un heredero dinástico. El contraataque había sido quirúrgico, destructivo y perfecto.
Vanessa y Richard, desde su trinchera de mentiras, contemplaban la pantalla con el champán amargándose en sus gargantas. La bomba que habían lanzado no solo no había destruido a Nolan Cross, sino que él la había tomado en el aire para cimentar su legado y enterrar cualquier sospecha de fraude legal.
Sin embargo, dentro de la mansión, la verdadera tormenta apenas comenzaba.
Nolan avanzó por el pasillo del ala oeste con paso firme, desabrochando el botón central de su saco de esmoquin. Su rostro había recuperado esa máscara imperturbable de control absoluto, pero la rigidez de sus hombros delataba que la adrenalina del tablero aún corría por sus venas. Dayana lo seguía un paso por detrás, con el corazón golpeándole las costillas y la mente sumergida en un estado de shock absoluto. Las palabras «estamos esperando al heredero legítimo» se repetían en su cabeza como un eco ensordecedor.
Entraron al despacho privado. Sebastián se limitó a hacer una discreta reverencia desde el pasillo y tiró de las puertas, dejándolos completamente solos en el santuario de caoba y cristal.
Dayana se detuvo en el centro de la habitación, abrazándose a sí misma sobre su traje sastre blanco. El contraste entre la pureza de su ropa y la densa complejidad de la situación la hacía sentir flotando en el vacío.
—Fue una jugada maestra —consiguió decir, con la voz apenas superior a un susurro, rompiendo el denso silencio— La prensa se quedó sin argumentos. Sebastián me mostró los gráficos antes de entrar; las acciones se están recuperando a una velocidad ridícula. Tu junta directiva no tendrá forma de exigir tu dimisión ahora.
Nolan no respondió de inmediato. Caminó hacia el mueble bar de madera oscura, se sirvió dos dedos de whisky puro y bebió un sorbo lento, manteniendo la mirada fija en el horizonte líquido del vaso.
—Te lo aseguré, Dayana. Yo no pierdo en mi propio terreno —respondió con su frío barítono.
—Pero... ¿un embarazo? —Dayana dio un paso hacia él, con los ojos castaños abiertos de par en par, buscando desesperadamente una grieta de frialdad corporativa en su mirada— Usar mi desmayo del desayuno y los análisis del doctor Evans para inventar algo tan masivo... Nolan, pusiste una fecha de caducidad biológica a nuestra farsa. ¿Qué haremos en unos meses cuando el mundo exija ver a ese bebé? ¿Cómo pretendes sostener una mentira de ese calibre ante la junta reguladora?
Ella dio otro paso, deteniéndose a escasos metros de él. La confusión y la vulnerabilidad la hacían lucir imponente en su dignidad, pero desesperada por respuestas.
—Dímelo, Nolan. Necesito saberlo —exigió, con la respiración agitada— Esa defensa tan posesiva en el estrado, el abrazo frente a los flashes, la mentira del bebé... ¿todo fue solo una brillante actuación corporativa? ¿Otro movimiento brillante de crisis management para salvar tu imperio?
Nolan dejó el vaso de cristal sobre la mesa con una lentitud que helaba la sangre. El tintineo sordo del vidrio contra la madera pareció marcar el fin de una era. El magnate se giró lentamente hacia ella, y la tormenta gris de sus ojos, esa que había intentado sofocar la noche anterior en la penumbra, regresó con una fuerza devastadora, desprovista de contratos, de acciones y de escudos de acero.
Nolan cierra la puerta con llave, el clic del pestillo resonando como una sentencia definitiva en la inmensidad del despacho. Camina lentamente hacia ella, cada paso felino reduciendo el aire entre sus cuerpos, hasta que la acorrala con firmeza contra la pared de madera tallada. Sin darle espacio para huir, Nolan levanta la barbilla de Dayana con dos dedos enguantados, obligándola a sostenerle una mirada de una intensidad devoradora que le cortó el aliento, mientras su voz, baja, ronca y cargada de una verdad irrevocable, dicta las líneas que darían cierre al primer acto de su historia:
—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.
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