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Una noche equivocada: el magnate se volvió adicto a mí

Una noche equivocada: el magnate se volvió adicto a mí

Status: Terminada
Genre:CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Amor a primera vista / Elección equivocada / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:205
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.

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Capítulo 13

Capítulo 13: ¿Todavía te gusta?

Afuera del restaurante, Roxana lo alcanzó.

—Damián. —Su voz temblaba de furia contenida—. ¿Una empleada? ¿Una muchacha de compras? ¿En serio?

—No es tu asunto, Roxana. —Damián ni la miró. Me acomodó el saco sobre los hombros con un cuidado que a ella debió saberle a puñalada—. Ando con ella. Punto.

—¿"Andas con ella"? —Roxana soltó una risa amarga—. Tú no andas con nadie, Damián. Tú usas y tiras. Diez años te conozco. ¿Y ahora resulta que una empleadita de compras te…?

—Diez años me conoces y no entendiste nada. —Por fin la miró, y fue una mirada de hielo que la hizo callar—. Buenas noches, Roxana.

La dejó plantada en la banqueta, con el vestido caro y la humillación puesta encima como una segunda capa, mientras me abría la puerta del auto y me acomodaba adentro como si yo fuera de cristal. El auto negro arrancó bajo las luces de la ciudad, y yo, hecha un ovillo en el asiento, con el corazón todavía en el restaurante junto a la silla vacía de Kevin, ni fuerzas tenía para preguntar quién era esa mujer ni por qué me miraba con tanto odio.

Debí preguntar. Debí ponerme lista, como decía Alondra. Pero esa noche solo me alcanzaba para el duelo.

Lo que yo no sabía —lo que Roxana rumiaba en la banqueta, mordiéndose el resentimiento— era la vieja historia.

Ella lo había conocido primero, hacía años, cuando Damián todavía era un hombre cálido, distinto. Pero él andaba entonces con otra, con Nadia Reyes, la novia de juventud con la que ambas familias daban por hecho que terminaría casándose. Roxana maniobró para separarlos, movió sus hilos, y logró alejar a Nadia. Solo que el remedio le salió peor: la traición terminó de cambiarle el carácter a Damián. Lo endureció. Lo enfrió. Del hombre cálido que ella había conocido quedó el témpano que todos llamaban el Verdugo.

Lo que Nadia le hizo a Damián —fugarse casi en la víspera de un compromiso que las dos familias daban por hecho, dejarlo plantado y en ridículo justo cuando él intentaba levantar uno de sus primeros negocios— fue la última piedra. Del hombre cálido que llegaba tarde a las juntas porque se paraba a ayudar a una señora con las bolsas, no quedó nada. En su lugar creció el otro, el de hielo, el que no repetía órdenes, el que resolvía todo con dinero y con poder porque había aprendido, a la mala, que el afecto se paga caro y siempre te lo cobran. El Verdugo.

Roxana había visto ese cambio de cerca. Y en vez de compadecerlo, lo aprovechó: un hombre así, sin corazón, era un hombre disponible. Llevaba diez años esperando el momento de ocupar ese lugar helado junto a él. Diez años puliendo su plan, aguantando humillaciones, haciéndose amante de un casado por despecho, perdiendo hasta un hijo. Y ahora, después de todo eso, el lugar se lo ganaba de un plumazo una muchacha de pueblo con los zapatos gastados que ni siquiera lo buscaba, que hasta lo mordía, que lo rechazaba.

La injusticia le supo a bilis.

Descargó su rabia esa misma noche, por teléfono, en la única que tenía a la mano.

—Eres una inútil, Brenda —le escupió a su sobrina—. Te di al hombre en bandeja de plata. Te metí de asistente, te puse a tiro, te lo dejé servido. Y tú, ¿qué hiciste? Te casaste con el gamer muerto de hambre. Ahora esa arrimada, esa don nadie, tiene lo que debía ser mío. ¿Sabes lo que me costó? No, no lo sabes. Tú no sabes nada de esperar diez años.

—————

Yo no quería estar sola con mi duelo.

Esa es la verdad fea que me confieso solo aquí. Kevin se había casado, se había ido, me había dejado con dos anillos y un vacío del tamaño de dos años, y yo no soportaba la idea de meterme a mi departamento y llorar sola frente a Alondra. Así que me fui con Damián. A su casa. Sabiendo lo que iba a pasar. Buscando, con toda la conciencia del mundo, que pasara.

—————

Apenas cerró la puerta, lo besé yo. Otra vez yo.

—No me preguntes nada —le dije contra la boca—. No hoy.

Y él no preguntó.

Me entendió. Entendió que yo estaba usando su cuerpo para tapar un hueco, y en lugar de ofenderse, me dio exactamente lo que le pedí. Me llevó a la recámara sin prisa esta vez, me fue quitando la ropa como quien desenvuelve algo que le pertenece, y con cada beso me fue borrando de la piel la despedida de Kevin, el traje, el anillo sobre el mantel, la música triste.

—Mírame —me ordenó, tomándome la barbilla, cuando yo tenía los ojos cerrados y las lágrimas corriendo—. A mí. Aquí no está nadie más.

Lo miré. Y me perdí en esos ojos negros mientras me hacía suya, despacio y hondo, con una atención que no dejaba lugar para el fantasma de nadie. Me sostuvo las manos contra la almohada, me marcó el cuello con la boca, me llevó al borde y me detuvo ahí, cruel y tierno a la vez, hasta que le rogué sin palabras, arqueada contra él, olvidada por fin de todo lo que dolía.

—Mi antojo —murmuró contra mi oído, ronco, cuando ya no quedaba distancia entre los dos—. Eso eres. Mi antojo. —Me apretó más—. No llores por ese muerto de hambre. Yo te satisfago. Yo. Lo que él no supo darte, te lo doy yo.

Y me lo dio. Toda la noche me lo dio, hasta dejarme sin lágrimas y sin fuerzas, dormida sobre su pecho, curada a medias de una herida con la medicina peligrosa de otro cuerpo.

Fue la primera vez que me llamó "mi antojo". No sería la última.

—————

Del otro lado de la ciudad, esa misma madrugada, otra mujer no dormía.

Brenda, con el acta de matrimonio en la mano, ya se había arrepentido. Apenas firmó, apenas ganó su pulso de orgullo, entendió lo que había perdido: a Kevin de verdad, para siempre, porque ganárselo así era no ganárselo nunca.

Se la aventó a la cara en su departamento, arrugada.

—¡No la quiero! ¡Rómpela! ¡No debimos casarnos!

Kevin la miró desde el sillón, con una frialdad de hielo que nadie le conocía, la misma que yo había visto crecer en él las últimas semanas.

—¿No es esto lo que querías, Brenda? —Su voz no subió ni un tono—. Toda la vida peleando por quitarme a quien tuviera a un lado. Primero Mimí. Luego Sofía. Tanto que hiciste por quedarte tú, por ser la única. Pues ya está. Ya te casaste conmigo. Ya me tienes. —Se levantó despacio y recogió el acta del piso, se la puso en la mano—. Guárdala. Es lo que querías, ¿no? —La miró a los ojos—. ¿Todavía te gusta?

Brenda se quedó de pie en medio de la sala, con el acta arrugada entre las manos temblorosas, entendiendo por fin la diferencia entre quitar y tener. Había ganado la guerra y perdido todo lo que la guerra era para. Kevin ya no la miraba con cariño de hermano, ni con deseo, ni con rabia siquiera. La miraba como se mira un mueble que a uno le tocó y no le gusta.

Y Roxana, del otro lado del teléfono, remató con su credo, el mismo que le había torcido la vida:

—Deja de llorar, Brenda. El amor es un cuento para pobres. Todo lo demás —el matrimonio, la lealtad, todo— se sostiene sobre dinero e interés. Aprende de una vez.

Brenda colgó. Se quedó sola, casada, con el acta en la mano y esas cuatro palabras de Kevin resonándole en la cabeza como una condena que ella misma se había buscado y firmado.

¿Todavía te gusta?

1
Ely Mercado
Kevin quiso otra torta ya mordida🙄
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