Claudia (26 años) es la implacable CEO de Índigo Gastronómica, un imperio culinario de más de cien restaurantes. Para ella, el amor es una pésima inversión con retorno negativo; prefiere los negocios limpios y los encuentros carnales sin ataduras. Héctor (30 años) es el arrogante y codiciado líder de una constructora multimillonaria, un mujeriego empedernido convencido de que jamás sentará cabeza.
Ninguno imaginó que una fría traición familiar los encerraría en un crucero de lujo por las Bahamas. Tras una noche de alcohol, juego y choques de ego, despiertan con una resaca monumental y una farsa legal: están casados ante la ley internacional por un plan maquiavélico de sus padres.
Incomunicados en alta mar, firman una tregua para salvar sus acciones. Pero de regreso a la ciudad, la convivencia forzada en el ático, un rival desquiciado buscando venganza y un inesperado embarazo de esa noche salvaje destruirán todas sus reglas. ¿Podrá el orgullo resistir al deseo?
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CAPITULO 2. EL JUEGO DEL DEPREDADOR
El sol de la mañana siempre entra sin pedir permiso por los ventanales de mi ático. Es el único intruso al que le permito entrar a mi espacio personal sin pasar por un estricto filtro de seguridad. Me senté en el borde de la cama, pasando una mano por mi cabello desordenado, mientras el peso de la resaca de la noche anterior empezaba a golpear la parte trasera de mi cráneo. No era una resaca de alcohol; era resaca de aburrimiento.
A mi izquierda, las sábanas de seda egipcia se movieron levemente, revelando una melena rubia cuyo nombre tardé exactamente tres segundos en recordar. Vanesa. O tal vez Valeria. Qué más da. Era una modelo de pasarela que había conocido en la inauguración de un club VIP el viernes. Inteligente, hermosa, pero con esa molesta mirada que tienen todas después de pasar una noche conmigo: la mirada de quien cree que ha logrado domar al león.
Pobres ingenuas. Me llamo Héctor, tengo treinta años, y si hay algo que el mundo empresarial y las revistas del corazón saben de mí, es que soy un caso perdido. Un mujeriego empedernido. Un soltero codiciado incapaz de pasar más de dos semanas con la misma mujer. El amor, para mí, es como un contrato mal redactado: tiene demasiadas cláusulas restrictivas, penalizaciones por salida anticipada y cero beneficios tangibles. Prefiero el libre mercado. Un intercambio justo de placer, un par de noches divertidas, y una despedida cordial antes de que las cosas se pongan sentimentales.
Me levanté sin hacer ruido, me calcé unos pantalones deportivos y caminé hacia la cocina italiana de concepto abierto. Mientras la cafetera italiana goteaba un expreso doble cargado, miré la pantalla de mi teléfono. Doce mensajes de texto de diferentes mujeres. Tres correos urgentes de la junta directiva de mi empresa. Y una llamada perdida de mi padre a las siete de la mañana. Esa última era la única que realmente me importaba.
A mis treinta años, soy el CEO de la constructora e inmobiliaria de mi padre, una de las corporaciones más grandes del país. En el asfalto y las juntas de accionistas, soy un tiburón. Construyo rascacielos, negocio terrenos multimillonarios y hundo a la competencia antes del almuerzo. Pero mi padre cree que un hombre no está completo si no tiene una esposa trofeo colgada del brazo y un par de niños corriendo por el jardín. Es su maldita obsesión. Quiere que siente cabeza, y yo me niego rotundamente a meter la cabeza en la guillotina del matrimonio.
—¿Héctor? —la voz de la rubia (vamos a asumir que era Valeria) sonó desde la puerta de la cocina. Llevaba puesta una de mis camisas blancas, que le quedaba ridículamente grande. Intentó sonreír con timidez, buscando complicidad—. Buenos días, guapo. Pensé que me prepararías el desayuno.
Le di un sorbo a mi café negro, apoyándome en la encimera. Le dediqué mi mejor sonrisa de catálogo, esa que desarma a cualquiera, pero mantuve la distancia justa.
—Me encantaría, preciosa —mentí descaradamente—, pero mi chofer está abajo esperándome. Tengo una auditoría internacional en treinta minutos y mi asistente corta cabezas si llego tarde. Te dejé una tarjeta de transporte en la entrada por si necesitas pedir un auto. Siento tener que correr así.
El brillo de sus ojos se apagó un poco. Sabía perfectamente lo que significaba ese discurso. Era la sutil expulsión diplomática que usaba siempre.
Una hora después, el Héctor de la ropa deportiva había desaparecido. En su lugar, el espejo de mi oficina en el piso cuarenta de las Torres del Este reflejaba a un hombre impecable. Traje hecho a medida color gris marengo, corbata de seda azul oscuro y un reloj suizo que costaba lo mismo que un coche deportivo.
—Señor, su padre está en la línea uno. Dice que es urgente —anunció mi secretaria, una mujer de mediana edad que era la única que no caía ante mis encantos, afortunadamente.
Suspiré, acomodándome en mi sillón de piel negra, y presioné el botón del altavoz.
—Hola, papá. Si vas a decirme otra vez que la hija del senador es una buena opción para casarme, te ahorro el discurso. Es aburrida y tiene la personalidad de un ladrillo.
—Déjate de tonterías, Héctor —la voz grave e imponente de mi padre resonó en la oficina—. No te llamo para hablar de tus fiascos amorosos. Tenemos un problema con los terrenos del puerto. La competencia nos está pisando los talones y necesito que estés al cien por ciento.
—Siempre estoy al cien por ciento, lo sabes —respondí, enderezándome. Cuando se trataba de negocios, mi actitud cambiaba por completo.
—Lo sé. Por eso mismo te he preparado un descanso. Un viaje de negocios y placer a partes iguales. Mañana por la noche sale un crucero privado de empresarios de alto nivel. Quiero que vayas en representación de la empresa. Servirá para cerrar alianzas y, de paso, para que te relajes un poco de tanta vida nocturna.
Arqué una ceja. Mi padre ofreciéndome un crucero de lujo para "relajarme" sonaba tan sospechoso como un lobo ofreciéndose a cuidar el gallinero. Pero la idea de salir de la ciudad, alejarme de las tres últimas mujeres que insistían en que formalizáramos algo y, de paso, hacer contactos internacionales, no sonaba nada mal.
—¿Un crucero? —pregunté, tamborileando los dedos sobre el escritorio—. ¿Quién más va a asistir?
—Gente de nuestro nivel, Héctor. Empresarios influyentes, dueños de franquicias, el tipo de personas con las que nos conviene estar asociados. Tu billete de primera clase ya está emitido. No me dejes en ridículo y asiste.
—Está bien, papá. Acepto el trato. Iré a ese dichoso barco —dije con una sonrisa ladina—. Al fin y al cabo, nunca le digo que no a una buena fiesta en alta mar.
Colgué la llamada, sintiendo una extraña vibración de adrenalina en el pecho. Me giré hacia el ventanal, mirando los edificios de la ciudad. Imaginé el océano, los cócteles premium y la cantidad de mujeres hermosas y adineradas que seguramente estarían a bordo buscando un romance de verano. Para mí, el crucero era el escenario perfecto: un terreno de caza flotante donde nadie esperaba nada serio porque todos sabían que el viaje tenía una fecha de caducidad.
Lo que mi arrogancia no me permitió ver en ese momento fue el tono extrañamente satisfecho de mi padre al despedirse. No tenía la menor idea de que el viejo zorro ya había movido sus piezas en el tablero. No sabía que ese crucero no era un viaje de negocios, sino una jaula de oro flotante diseñada específicamente para atrapar al depredador. Y mucho menos imaginaba que mi peor pesadilla, y mi mayor obsesión, ya tenía su boleto comprado para el mismo viaje.
Felicitaciones escritora, muy bella novela. Una historia de pocos capítulos, pero excelente trama y narración.!! 🤗🍀😘🫶🌍🇦🇷🇦🇷🇦🇷👏👏👏👏