Luna lo perdió todo: su fortuna, su hogar y, sobre todo, a la familia que amaba. Y todo por obsesionarse con el hombre equivocado. Cuando ya no le quedaba nada, cerró los ojos convencida de que era el final...
Pero despertó tres años en el pasado.
Su familia vive. Su casa sigue en pie. Y esta vez Luna conoce cada golpe que le tiene reservado el destino. Con los recuerdos de una vida que no piensa repetir, se propone una sola cosa: cambiarlo todo. Alejarse del heredero frío y cruel que arruinó su existencia, proteger a los suyos y, por fin, vivir para ella misma.
El problema es que el destino no se deja corregir tan fácil. Julián, el hombre que juró olvidar, ya no la mira como antes. Un pretendiente inesperado le ofrece la ternura que nunca tuvo. Y en las sombras, viejos rencores y secretos de familia empiezan a moverse... porque no es la única que sabe lo que aún no ha pasado.
Entre fiestas de alta sociedad, imperios familiares, traiciones que cortan el aliento y un amor que se niega a morir, Luna descubrirá que una segunda oportunidad no se recibe: se pelea.
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Trauma
Por fin llegaron frente a la casa de Luna.
—Por fin llegamos —dijo ella, aliviada.
Se bajó despacio de la moto de Sebastián y le devolvió la chaqueta que él le había prestado antes.
—Gracias, Sebastián, aquí tienes tu chaqueta.
Sebastián le echó una mirada rápida a la prenda.
—Quédatela —dijo, y volvió a encender la moto para irse de allí enseguida, dejando a Luna mirándolo desconcertada.
Luna se quedó observando la chaqueta que todavía tenía en las manos.
—No lo entiendo —murmuró mientras caminaba hacia la puerta de su casa—. A veces es amable, a veces frío, y siempre tan misterioso.
La puerta se abrió con un clic.
David soltó un suspiro de alivio al ver a Luna parada frente a él.
—Por fin llegó mi hija a casa —dijo, con la cara todavía tensa por la preocupación.
—¿Eh? ¿Cómo que estás en casa, papá? ¿No te habíamos llevado al aeropuerto esta mañana? —era evidente que a Luna la sorprendía encontrarlo allí.
—Todavía no me quedaba tranquilo dejándolos a los dos solos aquí, y menos con tu hermano, que no es capaz de cuidar de mi niña.
Y tenía razón: Bruno no sabía cuidarla; andaba demasiado ocupado con sus propios asuntos.
Luna puso los ojos en blanco con fastidio.
—Papá, ya estoy grande, no necesito que me anden vigilando. Y en cuanto a lo de Bruno, yo sé cuidarme sola —respondió a las palabras absurdas de su padre. Oye, ya era una adulta, tenía diecinueve años, no era ninguna bebé.
—¿De dónde vienes que llegas tan tarde? ¿Y si te secuestran? —preguntó David, y ella se quedó callada. Luna lo miró con cierta duda. ¿Debía decirle la verdad? Le daba miedo que se enojara, porque se había saltado las clases y se había ido lejos, a la playa, para despejarse. Si le contaba lo que había pasado, Sebastián podía terminar recibiendo el regaño de su padre.
—Estaba haciendo un trabajo, sí, un trabajo. Resulta que en la Facultad de Artes dejan un montón de tareas. Y además, ¿quién iba a querer secuestrar a una vieja como yo? —dijo, un poco molesta por lo sobreprotector que era su padre.
—Uno nunca sabe. Eres hija de gente adinerada, seguro hay muchos secuestradores detrás de ti —otra vez las palabras de su padre la exasperaron. Por favor, ya era una adulta y no era tan fácil que alguien la secuestrara.
—Papá, se te olvida que sé defensa personal —Luna pasó de largo junto a su padre, que seguía parado frente a la puerta.
David la siguió unos pasos por detrás.
—Ah, cierto, se me había olvidado —se dio una palmadita suave en la frente. Le había enseñado a su hija varias técnicas de defensa personal desde pequeña. Y no solo a Luna, también a Bruno.
Los pasos de Luna se detuvieron frente a la mesa del comedor. Entrecerró los ojos hacia su hermano, que estaba comiendo algo que le resultaba demasiado familiar.
—¡ESE ES MI PUDÍN! —gritó con fuerza, y Bruno pegó un salto y se quedó de piedra al ver la cara de furia de su hermana.
—Después te lo repongo —dijo con voz lastimera. Luna caminó rápido hacia el refrigerador y lo abrió.
Los ojos se le abrieron como platos al ver que su reserva del pudín favorito se había acabado por completo, sin dejar ni uno. Respiró hondo y giró sobre sus talones.
Pero no había nadie.
Luna paseó la mirada por todos lados. ¿A dónde se había ido su hermano? Maldición.
—¡AAARGH, TE VAS A ENTERAR, BRUNO! —gritó, furiosa.
Mientras tanto, en otra parte, Bruno y su padre corrían a trompicones, con la respiración entrecortada.
Los dos se detuvieron por fin al llegar a la parte de atrás de la casa.
—Qué miedo, en serio —dijo Bruno, todavía jadeando.
David lo mismo. Por Dios, su hija era tan temible como su madre.
Bruno miró a su padre con recelo.
—Fuiste tú el que se acabó el pudín de Luna, ¿verdad? Yo solo me comí uno hace rato, todavía quedaban tres.
David tragó saliva a la fuerza y esbozó una sonrisita.
—Solo probé uno, y como estaba rico, agarré más. Pensé que era de tu mamá.
Bruno no pudo más que negar con la cabeza al oír la excusa.
—Papá, tú sabes que mamá está reduciendo el azúcar, así que es imposible que guarde dulces en el refrigerador.
Tenía razón. Durante todo ese año, su esposa había reducido a propósito los alimentos con mucha azúcar y grasa, para no enfermarse, decía.
Sí, pues. ¿Cómo se le había olvidado?
—¿Y qué hacemos para que Luna no se siga enojando? —preguntó David, que ya se había sentado en una silla de atrás, igual que Bruno. Los dos estaban perdidos y hasta asustados después de ver la reacción de Luna.
—¿La casamos con Julián?
La cara de Bruno se volvió inexpresiva.
—Papá, ¿no oíste que Luna no quiere casarse con Julián? —dijo enseguida.
David se quedó callado. Pero si antes esa niña insistía tanto en que la comprometieran con Julián, hasta le había pedido que hablara con Gustavo para que Julián fuera su prometido.
¿Por qué ahora Luna parecía odiar a ese muchacho? ¿Qué habría hecho Julián para que los sentimientos de Luna cambiaran así, del amor al odio?
—No entiendo a Luna, no sé por qué de repente odia a Julián —murmuró David, y Bruno asintió. Pensaba exactamente lo mismo que su padre.
Los dos se quedaron callados, dándole vueltas al asunto, a qué habría hecho que Luna cambiara tanto.
Sebastián estacionó la moto en la cochera de la casa. Enseguida se quitó el casco que todavía llevaba puesto.
—¿Acabas de llegar, mijo? —una mujer hermosa, aunque de aspecto ya mayor, salió a recibir a su hijo, al que llevaba esperando desde el mediodía.
—¿Por qué saliste, mamá? ¿Y si te pasa algo? —el tono de Sebastián sonaba lleno de preocupación. Con rapidez sostuvo aquel cuerpo frágil y lo ayudó a entrar.
—¿Cómo van tus estudios? —le preguntó ella. Sebastián se quedó callado y luego sonrió apenas.
—Como siempre.
Una mujer lloraba en medio de la oscuridad. El cuerpo le dolía, sobre todo el vientre; desde el mediodía no había comido nada.
La puerta se abrió con un clic.
Un hombre entrado en años abrió la puerta, entró y dejó un plato con comida para su hija.
—Come esto y ponte a pensar en un plan para conseguir a Julián —dijo Ramiro, y a Karina le dieron náuseas. De haber sabido que su destino iba a ser este, habría preferido vivir una vida sencilla junto a su madre.
Así era la verdadera cara de Ramiro: por fuera parecía un hombre bueno y de trato suave, pero por dentro...
Hasta el mismo diablo se inclinaba ante ese hombre.
—Papá, no quiero —dijo con un hilo de voz, pero enseguida se arrepintió, porque después de eso su padre, sin piedad, la agarró del pelo y le estrelló la cabeza contra la pared.
Un golpe seco.
La sangre empezó a correr despacio desde la herida abierta en la sien de Karina. La mujer permaneció callada, con la cabeza gacha.
—Si no puedes obedecer todas mis órdenes, voy a vender tu cuerpo a algún hombre rico por ahí.
El cuerpo de Karina se estremeció de miedo al instante. El trauma profundo que arrastraba desde hacía tiempo no le dejaba la mente en paz.
Uno tras otro, los recuerdos de cuando había sido abusada por alguien empezaron a aflorar en su cabeza. No lo soportaba, odiaba que le tocaran el cuerpo sin permiso.
Ramiro, al notar los gestos extraños de su hija, se marchó enseguida de allí, dejando a Karina, que empezaba a hacerse daño a sí misma.
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