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Volví quince años después y mis hijos me odian

Volví quince años después y mis hijos me odian

Status: En proceso
Popularitas:272
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Isabel Montero abordó un avión y despertó horas después en la bañera de su propia casa. Para ella apenas había pasado un instante. Para el resto del mundo, llevaba quince años desaparecida.
Su esposo, Emiliano Salazar, envejeció buscándola y nunca dejó de creer que seguía viva. Pero sus hijos ya no son los niños que Isabel recuerda. Santiago se convirtió en un hombre frío y distante; Valentina se niega a aceptar que esa joven pueda ser su madre, y Sol esconde sus heridas detrás de la rebeldía y el humor.
Isabel regresó con el mismo rostro de hace quince años, a una familia rota y a una vida que otros intentaron ocupar. Ahora tendrá que recuperar el amor de sus hijos, descubrir quién manipuló a los Salazar durante su ausencia y enfrentar un secreto capaz de explicar por qué el tiempo se detuvo para ella.
Todos creen que Isabel volvió para reclamar su lugar.
Se equivocan.
Volvió para recuperar a su familia… y destruir a quien se la arrebató.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Cap 7 — La señora Salazar va a la Torre

El ascensor del piso ejecutivo se abrió y salió Isabel.

Llevaba un vestido blanco sencillo, el pelo recogido en una cola baja, y unos aretes pequeños de plata que Emiliano le había regalado la noche anterior. Nada ostentoso. Nada llamativo. No necesitaba nada de eso.

Pero cada persona en ese piso se quedó mirándola.

No era por la ropa. Era por la cara. Isabel Montero Ríos tenía veintiocho años, y parecía exactamente eso: una chica de veintiocho años caminando por un piso lleno de ejecutivos de cincuenta. Y venía del brazo de Emiliano Salazar.

Una secretaria dejó caer un folder. Un ejecutivo que iba caminando con su café se detuvo en seco. Dos asistentes se miraron con los ojos muy abiertos.

—¿Esa es...?

—No puede ser su esposa. Su esposa murió hace quince años.

—Se parece muchísimo. ¿Será su hija?

—No tiene hijas de esa edad. Solo tiene a la gemela y tiene diecisiete.

—Entonces ¿quién es?

Los murmullos se extendieron como fuego en un pasillo lleno de oficinas con puertas de vidrio. Cada persona que Isabel pasaba se quedaba mirándola. Algunos con curiosidad, otros con incredulidad, y más de uno con la boca abierta.

Isabel los escuchaba todos y no reaccionaba a ninguno. Caminaba derecha, con paso tranquilo, como si fuera la cosa más normal del mundo.

Emiliano caminaba a su lado con la mandíbula apretada, mirando a cada empleado como retándolos a decir algo en voz alta. Nadie se atrevió.

—Emi, relájate —le susurró Isabel—. Pareces guardaespaldas. O peor, pareces sicario.

—Estoy relajado.

—Tienes la cara de cuando vas a despedir a alguien.

—Es mi cara normal.

—Exacto. Ese es el problema. Sonríe un poco, ¿no?

Emiliano intentó sonreír. El resultado fue peor.

—Olvídalo —dijo Isabel—. Mejor pon tu cara de siempre.

Llegaron a la oficina de Emiliano. Era enorme: ventanales del piso al techo, escritorio de madera oscura, una vista completa de Ciudad Brisa. En la pared había un solo cuadro. Isabel se acercó a verlo.

Era una foto de ella. De antes. Sonriendo, con el pelo suelto, en alguna playa que no recordaba.

—¿Llevas quince años con mi foto en tu oficina?

—Sí.

—¿Y tus empleados qué dicen?

—Nada. Saben que no se toca.

Isabel miró la foto. La chica de la imagen tenía veintiséis o veintisiete años. Parecía feliz. Parecía alguien que no sabía que en unos meses su avión iba a caer al mar.

—Es raro verme desde afuera —dijo en voz baja—. Es como si esa foto fuera de otra persona. Una que no sabía lo que le iba a pasar.

Emiliano le puso la mano en la espalda.

—Es la misma persona. Solo que ahora la tengo de vuelta.

—Emi.

—¿Qué?

—¿Cuántas veces al día miras esa foto?

Emiliano no respondió. Pero su cara lo dijo todo.

—Ya no necesitas mirar la foto —dijo Isabel, y le apretó la mano—. Estoy aquí.

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La noticia se regó en menos de una hora.

No por los empleados de la Torre. Por las redes sociales.

Alguien del piso de abajo sacó una foto de Isabel entrando al edificio del brazo de Emiliano y la subió a Instagram con el texto: "¿Quién es la nueva señora Salazar?" En treinta minutos tenía dos mil comentarios. En una hora ya era tendencia en Ciudad Brisa. Para las tres de la tarde, el hashtag #SeñoraSalazar era lo más buscado en la ciudad.

"¿QUIÉN ES LA NUEVA NOVIA DE EMILIANO SALAZAR?"

"SE PARECE A SU ESPOSA MUERTA"

"Dicen que se llama igual. Isabel Montero. ¿Es un fantasma?"

"Esa mujer tiene como 25 años, la esposa de Salazar tendría 43. Es imposible que sea ella."

"Dicen que él nunca superó la muerte de su esposa. ¿Se operó una chica para parecerse a ella?"

Isabel leyó los comentarios en el teléfono de Emiliano mientras esperaba que él terminara una reunión. Algunos eran graciosos: "Si yo me voy 15 años y vuelvo sin arrugas, mi marido me recibe con banda de música." Otros eran crueles: "Es una oportunista, seguro se operó la cara." No le afectaron. Había cosas peores que los chismes de internet.

Lo que sí le llamó la atención fue un artículo que apareció en un portal de noticias de Ciudad Brisa esa misma tarde. Llevaba por título: "La misteriosa mujer del magnate Salazar: ¿impostora o resucitada?"

El artículo incluía datos que no estaban en las redes: el nombre completo de Isabel, el número del vuelo en que desapareció, y la fecha exacta del accidente. Información que alguien tuvo que proporcionarle al periodista.

Isabel marcó el número de Don Refugio.

—Cuco, ¿Carolina tiene contactos en medios de comunicación?

—Sí, señora. Varios. Estos años ella ha manejado parte de la imagen pública de la familia. Tiene contacto con periodistas de por lo menos tres medios de Ciudad Brisa. Cuando hay alguna noticia de la empresa, ella es la que habla con la prensa.

—¿Con autorización de Emiliano?

—No exactamente, señora. Ella se ofreció cuando el señor estaba demasiado ocupado buscándola a usted, y él nunca le dijo que no. Para cuando quiso ponerle límites, ya era costumbre.

Nunca le dijo que no. La historia de siempre. Cada vez que rasco la superficie, aparece Carolina.

Isabel colgó y siguió leyendo. Más abajo en el artículo encontró algo interesante. Una cita atribuida a "una fuente cercana a la familia" que decía: "El señor Salazar ha sido emocionalmente vulnerable desde la pérdida de su esposa. No es la primera vez que alguien intenta aprovecharse de eso."

Fuente cercana a la familia. Carolina ni siquiera se molesta en disimular.

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Emiliano salió de su reunión y encontró a Isabel sentada en su silla, detrás de su escritorio, con los pies sobre la mesa.

—¿Cómoda? —preguntó con media sonrisa.

—Mucho. Bonita oficina. Me la quedo.

—Tuya. Te firmo las escrituras ahora mismo.

—Estoy bromeando, Emi. —Le mostró el teléfono—. ¿Viste esto?

Emiliano leyó el artículo. Su cara cambió en tres segundos: de sonrisa a seriedad a rabia fría.

—Fue Carolina —dijo sin dudar.

—Lo sé.

—La voy a...

—No vas a hacer nada. Todavía.

—Isa, esta mujer está filtrando tu información a los medios. Le puede hacer mucho daño a...

—Lo sé. Pero si reaccionamos ahora, le damos lo que quiere: que parezcamos asustados. Déjala que hable. Ya le llegará su turno.

Emiliano la miró. Se notaba que quería discutir, que quería agarrar el teléfono y destruir la vida profesional de Carolina con tres llamadas. Pero Isabel lo conocía. Sabía que si ella le pedía que esperara, iba a esperar.

—Está bien —dijo entre dientes—. Pero si publica algo más, actúo.

—Si publica algo más, actúo yo. Y te prometo que va a ser peor que cualquier cosa que tú puedas hacer con tus abogados.

—¿Por qué peor?

—Porque tú la atacarías con dinero y poder. Yo la voy a atacar con la verdad. Y eso duele más.

Emiliano la miró con una mezcla de orgullo y algo que se parecía mucho al miedo. El Emiliano de antes no habría entendido esa frase. Este Emiliano la entendía perfectamente.

Isabel sonrió.

—Ahora llévame a comer. Tengo hambre.

—¿A dónde quieres ir?

—A donde sea. Pero en el camino quiero que me cuentes quién es Mariposa Durán.

La cara de Emiliano se endureció.

—¿Dónde escuchaste ese nombre?

—En internet. Sale en todos los artículos sobre mi empresa. ¿Te acuerdas de Cosméticos Estrella del Norte? Mi empresa. La que yo fundé y que Mariposa y yo manejábamos juntas antes de que yo desapareciera.

—Isa...

—¿Qué hizo Mariposa con mi empresa, Emiliano?

Emiliano se pasó la mano por el pelo. Ese gesto que hacía cada vez que no quería responder algo.

—Se quedó con ella.

—¿Cómo que se quedó con ella?

—Cuando desapareciste, Mariposa asumió el control. Dijo que era lo que tú habrías querido. Al principio manejó todo bien, la empresa creció. Pero después... empezó a cambiar las fórmulas, a recortar costos. Hubo un escándalo con un producto que salió defectuoso. Y ella echó la culpa a tu nombre.

—¿A mi nombre?

—Dijo que la fórmula original era tuya y que ella la había mantenido "por cariño". Cuando falló, la culpa fue de la socia muerta.

Isabel se quedó callada un momento.

—¿Y tú qué hiciste?

—La bloqueé de todos mis contactos. Dejé de hablarle. Pero no la demandé porque no quería que tu nombre saliera en un juicio.

—Me usó de escudo. Mi mejor amiga. —Isabel soltó una risa corta, sin humor—. ¿Sabes qué es lo peor? El último mensaje que me mandó, una semana antes del accidente, decía "te extraño, socia". Y resulta que lo que extrañaba era mi nombre para tapar sus errores.

Emiliano no dijo nada. ¿Qué se puede decir ante eso?

Isabel se levantó de la silla y agarró su bolsa.

—Vamos a comer. Y después vamos a hablar de cómo recupero mi empresa.

—¿Tu empresa?

—Mi empresa. La mitad de Cosméticos Estrella del Norte es mía, Emi. No importa cuántos años hayan pasado. Y Mariposa Durán va a aprender que robarle a una muerta es una cosa. Robarle a una viva es otra muy distinta.

Emiliano la siguió hasta el ascensor sin decir una palabra.

En la recepción del piso ejecutivo, la secretaria los vio pasar. Isabel le sonrió.

—Mucho gusto. Soy Isabel, la esposa de Emiliano. ¿Cómo te llamas?

—Patricia, señora —dijo la secretaria, con los ojos muy abiertos.

—Patricia, un gusto. ¿Me puedes hacer un favor? Si alguien llama preguntando por mí, o si alguien de prensa quiere información, no les des nada. Y si insisten, los comunicas conmigo directamente. ¿Puedes?

—Sí, señora. Por supuesto.

—Gracias, Patricia. Que tengas buena tarde.

Patricia asintió, todavía procesando lo que acababa de pasar. En diez años trabajando para Emiliano Salazar, jamás había visto a nadie darle instrucciones al personal con tanta naturalidad. Ni siquiera el propio Emiliano.

Salieron del edificio. Emiliano le abrió la puerta del carro.

—Isa.

—¿Qué?

—Acabas de tomar el control de mi piso ejecutivo en diez minutos.

—Alguien tenía que hacerlo.

A dos kilómetros de la Torre Salazar, en un departamento con vista al mar, una mujer de cuarenta y tres años apagó su computadora con las manos temblando.

Mariposa Durán acababa de ver las fotos de Isabel en internet.

Isabel Montero Ríos estaba viva. Y estaba preguntando por Cosméticos Estrella del Norte.

Mariposa se levantó de su escritorio, fue al baño y se miró en el espejo. Tenía cuarenta y tres años. Se le notaban. Las cremas caras, los tratamientos mensuales, los procedimientos estéticos, nada de eso había podido detener el tiempo.

Isabel tenía veintiocho. Igual que hace quince años. Como si el tiempo no la hubiera tocado.

Mariposa agarró su teléfono y marcó un número.

—Carolina, soy yo. Tenemos un problema. Un problema grande.

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