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Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Embarazo no planeado / Malentendidos / Dejar escapar al amor / Enfermizo / Completas
Popularitas:181.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Galaxy

Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.

Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:

—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.

Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.

Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:

—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!

¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.

Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.

NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14: Volver a oír

"¿Lo guardas todavía?"

Valentina nunca le contestó esa pregunta. Le quitó el anillo de los dedos, se lo guardó en el puño y le dijo que se le hacía tarde para llevar a Dulce al Colegio. Pero los dos sabían que el silencio había sido una respuesta. Y durante los días que siguieron, entre ellos quedó algo nuevo, tenso y frágil, como un hielo delgado que ninguno se atrevía a pisar.

Después, todo lo demás dejó de importar, porque llegó el doctor Wesson.

Llegó de un vuelo de doce horas, canoso, de manos enormes y ojos amables, con un traductor que no le hizo falta porque hablaba un español lento y correcto aprendido en años de congresos. Revisó a Dulce en el Hospital Ángeles durante dos días: estudios, una cabina insonorizada, audiometrías, una tomografía. Y al final se quitó los lentes y dijo lo que Valentina llevaba cinco años soñando oír.

—Es operable. —Lo dijo con cuidado, sin prometer milagros, pero sin esconder la esperanza—. La niña tiene una malformación en el oído medio, de un tipo que sí se corrige con cirugía. No le puedo garantizar el cien por ciento. Pero hay muy buenas probabilidades de que Dulce escuche. De verdad. Sin aparato.

Valentina tuvo que sentarse. Maximiliano, de pie a su lado, no dijo nada, pero ella lo oyó soltar despacio el aire que llevaba aguantando.

La cirugía fue tres días después.

Dulce entró al quirófano más valiente que todos los adultos juntos, abrazando su conejo de peluche, con una bata diminuta y un gorro de papel que le quedaba grande. Antes de que se la llevaran, le hizo una seña a su mamá, la de "te quiero" que habían inventado entre las dos para cuando no se podían oír: el puño en el pecho, dos golpecitos. Valentina se la devolvió con la garganta cerrada. Después las puertas del quirófano se tragaron a su hija, y empezó la espera.

Fueron cuatro horas. Cuatro horas en una sala fría, con Camila a un lado apretándole la mano y Maximiliano al otro, de pie, sin sentarse ni una vez. Él, que firmaba contratos de millones sin pestañear, no dejaba de mirar la puerta por la que había entrado la niña. Cada vez que pasaba una enfermera, se ponía rígido. Caminaba, se sentaba, se volvía a parar. En un momento, sin darse cuenta, murmuró:

—¿Por qué tarda tanto?

—Las cirugías de oído son delicadas, señor Argüello —dijo Camila, y lo miró de reojo, con esa cara suya de quien sabe demasiado—. Es normal. Aunque cualquiera diría que se preocupa usted como si fuera su hija.

Maximiliano no contestó. Pero no dejó de mirar la puerta.

En un momento, Camila fue por café, y se quedaron los dos solos en la sala fría. Valentina tenía las manos entrelazadas tan fuerte que los nudillos se le habían puesto blancos. Sin decir nada, Maximiliano se sentó por fin, en la silla de junto, y al cabo de un rato habló, con la vista en el suelo.

—Va a salir bien. —No sonó como una orden ni como un favor. Sonó como un hombre tratando de convencerse a sí mismo—. Wesson es el mejor que hay. Le pagué por ser el mejor. No le va a fallar a esa niña.

—¿Por qué le importa tanto? —preguntó Valentina, en voz muy baja, sin mirarlo—. Es la hija de la mujer que usted desprecia. La "carga". El "estorbo". Lo dijo usted mismo, en su coche. ¿Se acuerda?

Maximiliano tardó en contestar.

—Me acuerdo —dijo al fin—. Dije muchas estupideces en ese coche. —Apretó las manos entre las rodillas—. Esa niña le contesta a un magnate a los cinco años. Le ofrece treinta y dos pesos a un hombre que tiene millones para no deberle nada. Aprendió a oír el mundo después que los demás y aun así no le tiene miedo a nada. —Hizo una pausa—. No sé por qué me importa. Pero me importa. Y nunca debí llamarla estorbo.

Valentina cerró los ojos. Porque era lo más cerca que él había estado de la verdad sin saberlo, y porque el secreto se le subió hasta los dientes, y tuvo que apretarlos para que no se le saliera por ahí, por las lágrimas.

El doctor Wesson salió por fin, todavía con el gorro quirúrgico, y se bajó el cubrebocas con una sonrisa cansada.

—Salió muy bien. Mejor de lo que esperaba. —Le puso una mano en el hombro a Valentina—. Ahora hay que esperar a que cicatrice. En unos días le quitamos los vendajes y sabremos cuánto recuperó. Pero soy optimista, señora. Muy optimista.

Valentina se echó a llorar ahí mismo, sin poder contenerse más, y Camila la abrazó. Maximiliano se dio la vuelta hacia la ventana, de espaldas a todos, y se quedó así un rato largo, con los hombros muy rectos y las manos en los bolsillos, fingiendo mirar el estacionamiento.

Los días de recuperación los pasaron en la Casa de la Lluvia, porque Maximiliano lo ordenó y porque, esta vez, Valentina no tuvo fuerzas para discutir un lugar tibio y limpio donde su hija pudiera sanar.

Fueron días extraños, suspendidos. Dulce, con la cabeza vendada, se aburría y se quejaba con señas de que no podía oír "ni tantito". Y Maximiliano, el magnate que vivía pegado al teléfono, empezó a llegar temprano. Le armaba rompecabezas en la alfombra. Le aguantaba partidas enteras de "gato" en una libreta, dejándose ganar con una torpeza demasiado evidente. Una tarde Valentina lo encontró sentado en el suelo del cuarto de la niña, con el saco quitado y la corbata floja, dibujándole monitos espantosos que Dulce corregía sin piedad. Se quedó en la puerta sin que la vieran, con el corazón apretado, mirando a ese hombre que no sabía que estaba jugando con su propia hija, y al que la propia hija había elegido, por instinto, sin saber tampoco nada. La sangre llamaba en silencio, debajo de todo, y ninguno de los dos lo oía. Solo ella, que lo sabía, podía verlo, y le partía el alma.

Y llegó el día de los vendajes.

El doctor Wesson le retiró las gasas a Dulce con una paciencia infinita, capa por capa, en la sala de la casa, con la luz de la tarde entrando por los ventanales. Valentina se arrodilló frente a su hija. Maximiliano se quedó de pie, un poco atrás, conteniendo la respiración igual que ella.

—Dulce —dijo el doctor, con suavidad, sin que la niña le viera la boca, a propósito—. Dulce, ¿me escuchas?

La niña se quedó muy quieta. Frunció el ceño. Ladeó la cabeza, como buscando algo en el aire.

Y de pronto abrió mucho los ojos.

Volteó hacia el doctor. Volteó hacia la ventana, donde un pájaro cantaba en el jardín. Volteó hacia la fuente, cuyo chapoteo oía por primera vez en su vida sin un aparato de plástico de por medio. Se llevó las dos manitas a las orejas, asombrada, como si el mundo entero acabara de encenderse de golpe.

Después buscó a su madre. Y con una voz que le tembló de pura maravilla, dijo:

—¿Mami? —Y luego, más fuerte, riéndose y llorando al mismo tiempo—: ¡Mamá! ¡Mamá, ya te oigo! ¡Te oigo!

—Sí, mi amor —sollozó Valentina, tomándole la cara con las dos manos—. Aquí estoy. Esta es mi voz. Esta es la voz de tu mamá.

—Es bonita —dijo Dulce, maravillada, tocándole los labios con los deditos como había hecho toda su vida, solo que ahora ya no le hacía falta—. Tu voz es bonita, mami. Más bonita de lo que yo me la imaginaba.

Y eso terminó de romper a Valentina. La abrazó y las dos se deshicieron en llanto, mecidas en el suelo de la sala, mientras Dulce iba nombrando cada sonido nuevo —el pájaro, la fuente, el reloj de pared, su propia risa— y repetía "te oigo, te oigo, mami" como si fuera la palabra más grande del idioma. El doctor Wesson se quitó los lentes y se frotó los ojos. Camila lloraba sin disimulo en el sillón.

Y atrás, de pie, solo, Maximiliano Argüello tenía la cara mojada y no se molestaba en limpiársela. Miraba a esa niña que no era suya —que él creía que no era suya— gritar que ya oía, y algo en su pecho se rompía y se rehacía al mismo tiempo, sin que él entendiera por qué le dolía tanto, por qué le importaba tanto, por qué sentía que ese grito de alegría le pertenecía de una manera que no tenía derecho a sentir.

Esa noche, ya bañada, ya en pijama, con los oídos nuevos descubriendo cada ruido de la casa, Dulce no se quería dormir. Quería oírlo todo. El agua, el viento, los grillos, la voz de su mamá cantándole bajito.

Maximiliano entró a darle las buenas noches —se había acostumbrado, sin admitirlo, a hacerlo cada noche—. Se sentó en la orilla de la cama.

—Hora de dormir, niña que ya oye —dijo, con una torpeza nueva, casi tímida.

Dulce lo miró. Lo miró largo, con esos ojos enormes que ahora, además, oían. Y dijo, despacio, con toda la claridad de su voz recién estrenada, la primera frase larga y entera que pronunciaba en su vida sin que le faltara un solo sonido:

—Señor Max. Yo pensé un deseo cuando me quitaron las vendas. —Se abrazó las rodillas, muy seria—. Mis amigas del Colegio todas tienen papá que las recoge. Yo no. El mío está de viaje y nunca llega. —Lo miró directo a los ojos—. Así que pedí que usted sea mi papá. De verdad. Para siempre. ¿Se puede pedir eso, señor Max?

Maximiliano se quedó de piedra.

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Elisa Betancurt
🤣🤣🤣🤣🤣
Zaira
no se que orgullo pues fue ella la que lo dejó cuando el cayo en crisis h se caso con otro ahora que espera.
Elisa Betancurt
😭😭😭😭😭
JZulay
ay... de malas !!! 🙊
Yanira Mendoza
Otra cosa que no me queda clara fue que paso en el Lago ☺️
Yanira Mendoza
No entendí si tienen 20 años separados y cuando concibieron a la niña. Misterioooo
Grimanesa Mucha Urbano
no mi gusta mujeres débiles y tontas que se dejan manipular odio ese personaje
Marisol Ayala Gonzalez
que horror,tan.estipida esta mujer.
di la verdad de una y ya....
Claudia Oroná
Ese hombre vale oro y la quiere bien,no como el otro idiota y estupido que odia y le quita a su hija y hace sufrir a la niña por unos celos estupidoss Es tan poco hombre Maximiliano!!!!!!
Lala González
la maestra de piano es ella, no? aquí como que se revuelven mucho
Claudia Oroná
y ella que estúpida o acaso no lo conoce a ese Bruno?
Blanca Ramos
muy buena
Norma Libran
me gustó muchos
Jacinta Gomez
que bonita hija que habla con su madre en todo momento
Jacinta Gomez
al fin llego la felicidad
meidi aguiar
amiga te felicito excelente historia aunque me hizo llorar mucho espero disfrutar de muchas más de tus historias
Jacinta Gomez
es muy triste la historia
Jacinta Gomez
espero que no salga resultados negativos
Jacinta Gomez
hojala que pronto se descubra verdad
Jacinta Gomez
el egoísmo reina en esta historia y no hay nada sentimiento ms
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