Valeria pensó que su vida se había terminado el día que su padre la obligó a casarse por negocios. El acuerdo familiar era absoluto: debía unirse a Ismael, el heredero de 24 años de la hacienda vecina, un hombre frío al que apenas conocía. Lo que Valeria no imagina es que Ismael odia esa tradición tanto como ella y esconde un secreto: ha construido una empresa millonaria en la ciudad y planea vender las tierras familiares para liberarlos a ambos.
Obligados a mudarse a la gran ciudad para mantener las apariencias, tendrán que convivir bajo el mismo techo compartiendo sábanas, mentiras y roces eléctricos. Pero cuando el juego de actuar como la pareja perfecta empieza a derretirse bajo el calor de las aguas termales de la costa y el asfalto urbano, las frías reglas de su sociedad financiera saltan por los aires. ¿Podrán conseguir la libertad sin perder el corazón en el intento? Una historia de amor forzado, secretos y superación.
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CAPITULO 8. PERDIDA ENTRE GIGANTES DE CEMENTO
El despertador sonó antes de que los primeros rayos de sol lograran colarse por los rascacielos de la ciudad. Desde mi cama, escuché los pasos rápidos de Ismael por el pasillo, el murmullo de la cafetera y el sonido de las hojas de los informes financieros al guardarse en su maletín. Unos minutos después de las siete y media, la puerta principal se cerró con un clic. Se habían marchado a la oficina. El apartamento se quedó sumido en un silencio absoluto, un silencio muy diferente al de la hacienda; aquí no había cantos de pájaros ni el ruido del viento entre las hojas de la viña, solo el zumbido distante y constante del tráfico de la gran ciudad.
Me levanté, me duché y me vestí con unos vaqueros cómodos y una camiseta sencilla. Al mirarme en el espejo del baño, me di cuenta de que ya no tenía encima la presión de mi madre persiguiéndome con catálogos de flores, pero en su lugar había aparecido una extraña inquietud. ¿Qué se suponía que debía hacer yo ahora? No quería ser una planta decorativa en el piso de Ismael. Recordé mi promesa silenciosa de volverme fuerte para sacar a Aarón de los viñedos de mi padre, y comprendí que el primer paso era perderle el miedo al asfalto.
Tomé las llaves del piso, mi teléfono móvil y salí dispuesta a explorar el barrio.
Al principio, la experiencia fue emocionante. Caminé por la avenida principal, maravillada por la altura de los edificios que parecían tocar el cielo y el colorido de los escaparates de las tiendas. Sin embargo, a medida que me alejaba un par de calles de la zona residencial, el entorno empezó a cambiar. Las calles se volvieron más estrechas, el ritmo de la gente era frenético y las avenidas comenzaron a cruzarse en diagonal, rompiendo la estructura cuadriculada que Ismael me había mostrado desde el coche.
Decidí sacar el teléfono móvil para consultar el mapa digital y orientarme, pero al encender la pantalla, el corazón se me dio un vuelco. La batería estaba en el dos por ciento. Intenté buscar la dirección del apartamento a toda prisa, pero antes de que la aplicación terminara de cargar la ruta, la pantalla se quedó completamente en negro. El aparato había muerto.
Un frío repentino me recorrió la espina dorsal. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que no tenía la menor idea de dónde estaba. Los carteles de las tiendas me resultaban completamente desconocidos, el ruido de los cláxones de los coches me aturdía y la marea de desconocidos pasaba a mi lado empujándome sin mirarme. En mi pueblo, si te perdías, solo tenías que buscar la colina de los viñedos para saber dónde estaba el norte; aquí, las paredes de hormigón te tapaban el cielo por completo.
Caminé a ciegas durante casi una hora, sintiendo que el pánico me cerraba la garganta. Intenté preguntarle a una mujer que caminaba de prisa con un café en la mano, pero ni siquiera se detuvo; me esquivó murmurando algo sobre llegar tarde al trabajo. Me sentía pequeña, insignificante y estúpida. Había creído que era una mujer madura lista para la libertad, y la ciudad me estaba demostrando que seguía siendo una niña asustada del campo. El miedo a terminar en un callejón peligroso o a no poder regresar jamás al piso me hizo refugiarme en el portal de un edificio de oficinas, abrazándome a mí misma mientras intentaba contener las lágrimas de impotencia.
Mientras tanto, en el centro financiero, Ismael se encontraba en mitad de una de las reuniones más importantes de la semana. Héctor exponía con brillantez los términos legales del nuevo contrato ante el director de la firma tecnológica, mientras Ismael analizaba los balances en su tableta. De pronto, un aviso parpadeó en su pantalla personal: el localizador de seguridad que compartía con el teléfono de Valeria indicaba que el dispositivo de ella se había apagado repentinamente en una zona comercial ajena a su barrio de residencia habitual.
Ismael se tensó en su silla. Trató de llamarla, pero saltó el buzón de voz de inmediato. Conociendo el nulo sentido de la orientación de Valeria en un entorno urbano, su mente matemática calculó el riesgo al instante. Se levantó de la mesa de juntas de un golpe, interrumpiendo a Héctor y dejando sorprendidos a los ejecutivos.
—Disculpen las molestias, señores —dijo Ismael con una voz gélida pero firme, cerrando su tableta—. Ha surgido una emergencia familiar de fuerza mayor que requiere mi presencia inmediata. Héctor se encargará de ultimar los detalles del balance por hoy.
Sin esperar respuesta, Ismael salió de la sala a grandes zancadas, se subió a su coche y condujo a toda velocidad guiándose por la última ubicación registrada del teléfono de Valeria. Sabía perfectamente lo hostil que podía llegar a ser la capital para alguien que acababa de salir de un entorno rural aislado.
Yo seguía apoyada en la pared de piedra del portal, con la vista clavada en mis zapatos y mordiéndome el labio inferior para no llorar, cuando un par de zapatos oscuros y relucientes se detuvieron justo delante de mí. Levanté la cabeza con el corazón latiéndome en las orejas.
Ismael estaba allí. Iba con el traje de la oficina, pero tenía la respiración ligeramente agitada y la frente perlada de sudor, como si hubiera estado corriendo. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos, me recorrieron de arriba abajo con una mezcla de absoluto alivio y severidad contenida.
—Valeria —pronunció mi nombre con un suspiro profundo, dando un paso hacia mí—. ¿Qué demonios ha pasado? Tu teléfono se apagó de golpe y llevas más de una hora dando vueltas por una zona que no conoces.
Al ver su rostro familiar y protector en mitad de aquel océano de extraños, no pude contenerlo más. El muro de orgullo que había levantado se derrumbó por completo y un par de lágrimas rebeldes rodaron por mis mejillas.
—Me quedé sin batería... —confesé con la voz rota, limpiándome la cara rápidamente—. Intenté regresar al apartamento, pero todas las calles me parecen exactamente iguales y nadie se paraba a escucharme. Me sentí tan inútil, Ismael... Pensé que nunca encontraría el camino de vuelta.
Ismael suavizó la mirada al ver mi fragilidad. Se acercó un poco más y, de una manera sorprendentemente cálida que no me esperaba de él, me colocó una mano firme en el hombro, transmitiéndome una seguridad inmediata que logró calmar el temblor de mi pecho.
—Tranquila. Ya pasó. Estás a salvo conmigo —me aseguró con una voz pausada y reconfortante—. La ciudad puede ser un monstruo despiadado si intentas domarlo sola el primer día. Vámonos a casa.
Me guio con delicadeza hacia su coche, abriéndome la puerta del copiloto como el caballero que era. Durante el trayecto de regreso al piso, los dos guardamos silencio, pero ya no era un silencio incómodo, sino el de dos personas que empezaban a comprender la gravedad de la situación y la necesidad mutua de protegerse en este nuevo mundo. La gran urbe nos había dado nuestro primer aviso, pero yo estaba decidida a que no fuera el último.