Fabiana Camargo es una joven trabajadora, responsable y muy afectuosa, Aunque es un imán para meterle en problemas y meter la pata. Una accidente lo cambia todo, pone su ya frágil mundo patas arriba.
Lo peor de todo esto es que tiene enemigos terroríficos y resulta que la esposa, esa esposa es ella.
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Cap. 12 No… Lucian, cariño
Quince minutos después, Carmen irrumpía en el apartado como un comando de operaciones especiales, con jeans, una sudadera y una bolsa de donde sacó dos cafés extrafuertes. Su mirada escrutó a Fabiana, que parecía un hilo a punto de romperse.
—Bien, dame todos los detalles —ordenó, entregándole un café. —Desde el principio. Y no te saltes nada, ni lo del "beso de despedida" que provocó el accidente.
Mientras Fabiana hablaba a toda velocidad, Carmen escuchaba, sorbiendo su café, su expresión pasando del horror al asombro y luego a una concentración feroz. Cuando Fabiana terminó, Carmen dejó su vaso con un golpe seco.
—Vale. Esto es un nivel de lío que ni en las telenovelas —reconoció—. Pero tiene solución temporal. La buena noticia es que él te cree. Eres su ancla. Eso es poder. La mala noticia es que ese poder viene con un marido de alto mantenimiento que quiere conocer a sus suegros imaginarios.
—¿Y qué hago? —preguntó Fabiana, desesperada.
—Lo que ya hiciste: redirigir. Lo del penthouse es buena idea. Es su territorio, lo controla, y no hay padres reales por medio. Pero necesitamos una historia de cubrirles las espaldas a tus padres. —Carmen se frotó la sien, pensando a toda velocidad. —Les diremos… que tu jefe, agradecido por tus cuidados, te ha dado un bono espectacular y un permiso para que te ocupes de ellos a tiempo completo, pero que para eso necesitas estar disponible en su residencia por si surge una emergencia. Algo así. Lo comprarán porque quieren creer que estás triunfando.
—¿Y cuándo quiera conocer "su casa", la nuestra con mis padres?
—Ahí entra el arte de la posposición —dijo Carmen, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —"Amor, con lo frágil que está tu salud, mejor esperamos". "Cariño, están remodelando el baño, es un caos". "Mi vida, justo ahora tienen visitas de familia lejana". Le vamos dando largas hasta que recupere la memoria… o hasta que nos descubran, lo que ocurra primero.
Fabiana la miró, sintiendo cómo el plan, aunque frágil, le daba un atisbo de control.
—¿Y tú? ¿Me ayudarás?
Carmen la tomó de la mano.
—Hasta el final, preciosa. Alguien tiene que ser el cerebro operativo en este desastre de comedia romántica. Ahora, ve con tu "esposo". Yo me encargo de llamar a tus padres y sembrar la semilla del "bono espectacular". Mañana, cuando le den el alta, el escenario estará listo. Suerte. Vas a necesitar un océano.
El plan estaba hecho. Todo, meticulosamente programado por Carmen, quien había sembrado en sus padres la historia del "bono espectacular" y la "asistencia residencial" con la destreza de una agente secreta. El día del alta había llegado.
Cuando Lucian, vestido con un traje informal que le había llevado su asistente personal (la real, no Fabiana), subía a su auto, el chofer de siempre —Ernesto, el mismo del accidente—, vio a Fabiana y, por puro hábito de años, la saludó con la confianza de siempre.
—Fabiana, ¡qué bueno verte bien! —dijo con una sonrisa franca, aliviado de verla entera después de todo el drama.
Fue entonces cuando vio la mirada de su jefe.
No era una mirada fría. Era algo mucho peor: una mirada de posesión absoluta, mezclada con un destello de peligro silencioso. El aire dentro del coche se tornó gélido.
—Ernesto —la voz de Lucian cortó como una cuchilla—. La señora Borbón. Es mi esposa. No te permito esas… confianzas.
El pobre Ernesto sintió que su cerebro hacía un cortocircuito. Parpadeó, miró a Fabiana (que parecía querer abrir la puerta y lanzarse en marcha), luego a su jefe (cuyos ojos no cedían ni un milímetro), y tragó saliva. ¿Señora? ¿Esposa? ¿Pero si esta es la señorita Camargo, la asistente que siempre regañaba?
—P-perdón, señor. Señora Borbón —logró balbucear, sudando frío.
Lucian asintió, satisfecho, y se acomodó en el asiento, tomando la mano de Fabiana.
—Vamos a casa primero. Después iremos al penthouse —anunció, como si fuera la secuencia lógica del día. —Quiero saludar a mis suegros.
En ese momento, Fabiana sintió que el mundo se desvanecía. Un zumbido llenó sus oídos. ¡No! ¡El plan era ir directamente al penthouse! ¡Carmen no los esperaba hoy!
—No… Lucian, cariño —improvisó, con una voz que le temblaba como una hoja—. Ellos, bueno… tienen cita médica hoy. Justo ahora. Están fuera.
Ernesto, desde el asiento delantero, estaba pálido como la ceniza. *Había escuchado los rumores de que su jefe tenía "lagunas de memoria". Pero esto… esto no eran lagunas. Esto era un planeta paralelo completo, con sus propias leyes, su propia historia y una Fabiana convertida en reina consorte.
—Ernesto —la voz de Lucian sonó de nuevo, esta vez con una paciencia mortal—. A la casa de los señores Camargo. No lo diré de nuevo.
El tono no admitía discusión. Era el tono que usaba para despedir a gerentes. El pobre chofer asintió, aterrorizado. Claro que sabía dónde vivía Fabiana. Lucian le había pedido incontables veces que la llevara a su casa después de jornadas agotadoras. Pero nunca, en sus peores pesadillas, había imaginado conducir *a* Lucian Borbón hasta esa casa para que saludara a los padres de su asistente como a sus suegros.
Y así fue. El auto de lujo, una burbuja de realidad distorsionada, se dirigió imparable hacia el pequeño y modesto departamento de los Camargo, llevando en su interior a un hombre que creía ir a reunirse con su familia política, y a una mujer que preferiría enfrentarse a un león suelto antes que a esa escena.
El Mercedes negro parecía un ovni estacionado frente al modesto edificio. Ernesto apagó el motor y se quedó inmóvil, rezando por volverse invisible.
Lucian salió con una elegancia natural, pero sin esa frialdad imponente de la oficina. Se ajustó la chaqueta con un gesto sencillo y extendió la mano para ayudar a Fabiana a salir, con una sonrisa pequeña y privada sólo para ella. Su mirada escrutó la fachada, no con desdén, sino con una curiosidad afectuosa, como quien ve su propio hogar después de un viaje.
—Es acogedora —murmuró, y el tono era genuino. —Se extraña el aire de casa.