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Yo No Te Amo Y Nunca Lo Haré?

Yo No Te Amo Y Nunca Lo Haré?

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Amor eterno
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: vicki hernandez

Una mujer que dice no ama a su esposo. Pero se queda cada día odia menos a su esposo y ve que pueden ser un matrimonio con amor

Un hombre enamorado de su esposa feliz de que su sueño se volvió realidad aunque sabe que su esposa lo odia fingiendo cuando hay invitados o salen como la pareja perfecta, pero luego se da cuenta que su esposa se empieza enamorar de él.

NovelToon tiene autorización de vicki hernandez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La fiesta de compromiso versión Luna

Luna

Después del desayuno, nuestras familias decidieron que no había tiempo que perder.

La boda estaba cada vez más cerca, el compromiso ya había sido anunciado y, según ellos, todo debía ser perfecto. No bastaba con que Thiago y yo estuviéramos comprometidos. También necesitábamos una celebración digna de las familias Del Monte y Bianchi.

Una fiesta elegante.

Una fiesta inolvidable.

Una fiesta en la que todos pudieran vernos como la pareja perfecta.

Aunque yo estuviera muriéndome por dentro.

La decisión final fue que la fiesta de compromiso se celebraría esa misma noche en la mansión de los padres de Thiago. Era una de las propiedades más grandes de la familia Del Monte, con jardines interminables, fuentes de mármol, enormes ventanales y una entrada tan imponente que parecía pertenecer a un palacio.

Todo estaba siendo preparado desde temprano.

Cuando llegamos, el lugar ya estaba completamente decorado. Había globos blancos y dorados por todas partes, arreglos florales sobre las mesas, luces colgando de los árboles y una enorme carpa instalada en el jardín principal. En el centro habían colocado unas letras gigantes con nuestras iniciales.

L & T.

Luna y Thiago.

Dos letras que, para todos, representaban amor.

Para mí, representaban una prisión.

Me quedé observando las iniciales durante varios segundos. Eran demasiado grandes, demasiado brillantes, demasiado perfectas. Como si quisieran gritarle al mundo que mi destino ya estaba decidido.

Que yo pertenecía a alguien.

Que pronto sería una Del Monte.

Que no importaba lo que sintiera.

—¿Qué te parece, princesa? —preguntó mi madre, acercándose a mí.

Giré lentamente la cabeza hacia ella.

—Ridículo.

Allegra frunció el ceño.

—Luna.

—¿Qué? —pregunté, mirando nuevamente la decoración—. Me preguntaste qué me parecía.

—No tienes que arruinarlo todo.

—Yo no arruiné nada, mamá. Yo ni siquiera quería esta fiesta.

Mi madre suspiró con impaciencia y me tomó del brazo para llevarme hacia el interior de la mansión. Allí, varias mujeres se encargaban de los últimos detalles, mientras otras revisaban las mesas, las flores y los lugares donde se sentarían los invitados.

Yo solo podía pensar en una cosa.

Quería irme.

Quería subir a un automóvil, alejarme de aquella casa y no volver a ver a ninguna de las dos familias durante mucho tiempo.

Pero no podía hacerlo.

No después de todo lo que Thiago había hecho.

No después de que hubiera convertido mi cumpleaños en el día en que mi vida dejó de pertenecerme.

No después de que hubiera anunciado frente a todos que me amaba desde los trece años y que ya no estaba dispuesto a ocultarlo.

Y mucho menos después de haberme puesto aquel anillo en el dedo sin darme la oportunidad de decir que no.

Mi madre me llevó hasta una de las habitaciones de invitados, donde mi vestido estaba preparado sobre la cama.

Era de color crema, largo, elegante y delicado. Tenía pequeños detalles dorados en la cintura y una falda que caía con suavidad hasta el suelo. Era, sin duda, un vestido hermoso.

Pero yo no quería usarlo.

No porque fuera feo.

Sino porque mi madre lo había escogido para mí.

Porque no era el vestido que yo habría elegido para celebrar algo que realmente quisiera.

Porque cada detalle de aquella noche había sido decidido por otras personas.

—Póntelo —ordenó mi madre.

—No quiero.

—Luna, por favor.

—¿Por qué tengo que usarlo?

—Porque es tu fiesta de compromiso.

—No es mi fiesta. Es la fiesta de Thiago.

Mi madre me miró con dureza.

—También es tuya.

—No.

La palabra salió de mi boca con tanta firmeza que incluso yo misma me sorprendí.

Allegra se acercó y tomó el vestido entre sus manos.

—Tu prometido está abajo. Todos están esperando que aparezcas.

—Que esperen.

—No puedes comportarte así.

—¿Y cómo quieres que me comporte? ¿Quieres que salte de felicidad? ¿Que grite que soy la mujer más afortunada del mundo? ¿Que le agradezca a Thiago por obligarme a casarme con él?

Mi madre se quedó en silencio.

Por un momento pensé que iba a discutir conmigo, pero solamente dejó el vestido sobre la cama y se acercó a mí.

—Luna, no estás entendiendo la situación.

—La entiendo perfectamente.

—Thiago te ama.

—Eso no significa que yo tenga que amarlo.

—Es un muchacho bueno.

—Era mi mejor amigo.

—Y ahora es tu prometido.

—Ese es el problema.

Mi madre bajó la voz.

—Sonríe esta noche, por favor.

—¿Por qué debo estar feliz, mamá?

—Porque ese muchacho te ama como un loco.

Solté una risa amarga.

—¿Y se han hecho la pregunta de si yo lo amo?

Allegra me observó como si hubiera dicho algo absurdo.

—No necesitamos hacernos esa pregunta. Todos sabemos que amas a Thiago.

—No lo amo.

—Luna…

—Lo odio.

Mi madre apartó la mirada.

—No digas eso.

—Tengo veintitrés años, mamá. Tengo un anillo que no quiero, una boda que nunca pedí y unas ganas enormes de salir corriendo de esta casa para no volver a verlos. ¿Y sabes qué es lo peor? Que todos actúan como si yo estuviera feliz.

—No tienes otra opción.

—Eso es exactamente lo que estoy diciendo.

Me quedé mirando mi reflejo en el espejo mientras mi madre me ayudaba a colocarme el vestido. El color crema hacía que mi piel se viera más clara y resaltaba mis ojos, pero no reconocía a la mujer que aparecía frente a mí.

Parecía una novia.

Parecía una mujer enamorada.

Parecía alguien que había elegido aquel camino.

No parecía yo.

Mi madre ajustó la tela alrededor de mi cintura y después me acomodó el cabello.

—Solo tienes que sonreír.

—Eso es lo único que todos me piden.

—Porque esta noche es importante.

—Para ustedes.

—Para ti también lo será algún día.

La miré a través del espejo.

—No me conoces tanto como crees.

Mi madre no respondió.

Cuando terminó de arreglarme, salió de la habitación para dejarme unos minutos a solas. Yo permanecí frente al espejo, observando el anillo que Thiago había colocado en mi dedo.

Lo giré lentamente.

El diamante reflejó la luz de la habitación.

Era hermoso.

Costoso.

Perfecto.

Y no significaba nada para mí.

Me lo quité durante unos segundos, pero después escuché unos pasos en el pasillo y volví a colocarlo.

No porque quisiera.

Sino porque sabía que alguien podía entrar en cualquier momento.

Cuando finalmente bajé, la mansión estaba llena de invitados. Había música suave, copas de champaña, camareros caminando de un lado a otro y conversaciones que se mezclaban en el aire.

Todos parecían emocionados.

Todos parecían felices.

Todos parecían estar celebrando una historia de amor que solamente existía en sus cabezas.

A unos diez metros de mí estaba Thiago.

Llevaba un traje negro impecable, una camisa blanca y una corbata oscura. Sostenía una copa en una mano mientras hablaba con sus tíos. Su postura era relajada y su rostro mostraba una felicidad que no había visto en él durante mucho tiempo.

Se veía feliz.

Muy feliz.

Como si no pudiera notar la mirada de odio que le estaba dedicando.

Como si no comprendiera que la mujer que estaba a punto de convertirse en su esposa no quería estar allí.

Y eso era lo que más me dolía.

Si aquel compromiso hubiera sido por un contrato, por dinero o para salvar la empresa de su padre, tal vez habría podido entenderlo.

Podría haber odiado al sistema.

A nuestras familias.

A las reglas de ese mundo.

Pero no había contratos.

No había una empresa que salvar.

No había una deuda que pagar.

Solo estaba Thiago Del Monte.

Mi exmejor amigo.

El niño que una vez me prometió que jamás me haría daño.

El hombre que había decidido cambiar nuestra amistad por una obsesión.

El mismo que se había arrodillado frente a todos en el salón principal durante mi cumpleaños y había pronunciado aquellas palabras que todavía seguían repitiéndose en mi cabeza.

“Te amo desde los trece años. Ya no puedo seguir callando lo que siento y no puedo ocultar más esta relación.”

Después de eso, todos habían celebrado.

Todos habían sonreído.

Todos habían aplaudido.

Y yo había tenido que aceptar el anillo porque no me habían dejado otra opción.

Ahora, meses después, todos brindaban por nuestra supuesta felicidad.

Yo solo quería arrancarme el anillo del dedo.

—Luna.

La voz de Thiago me sacó de mis pensamientos.

Él se acercó con una sonrisa y colocó una mano sobre mi cintura, como si tuviera derecho a tocarme. Como si no hubiera pasado nada. Como si todavía fuéramos los mejores amigos que se escondían debajo de las mesas durante las reuniones de nuestros padres.

—¿Todo bien? —preguntó—. Estás muy callada.

—No tengo ganas de hablar.

—Esa es mi chica.

Me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

El gesto fue suave.

Demasiado familiar.

Demasiado parecido al Thiago que yo conocía antes.

Le aparté la mano con brusquedad.

—No me toques.

La sonrisa de su rostro desapareció por un instante.

—Luna…

—¿Te acuerdas de cuando éramos mejores amigos? —lo interrumpí, hablando en voz baja para que solamente él pudiera escucharme—. ¿Te acuerdas de cuando me prometiste que nunca ibas a ser como ellos? ¿Cuando decías que jamás jugarías con mis sentimientos y que nunca me obligarías a cambiar?

Thiago apretó la mandíbula.

—Sí, me acuerdo.

—Eras mi mejor amigo. Mi hermano. Mi lugar seguro.

Su mirada cambió.

Por primera vez desde que había comenzado aquella noche, dejó de parecer un hombre feliz y se convirtió en el niño que yo recordaba. El niño de ojos verdes que corría conmigo por los jardines, que me defendía de mis hermanos y que me prestaba sus juguetes aunque odiara compartirlos.

—¿En qué momento decidiste cambiar nuestra amistad por algo donde no existe amor de mi parte? —pregunté.

La sonrisa de Thiago desapareció por completo.

—Yo no lo decidí.

—Claro que sí.

—No fue algo que planeé.

—Pero lo hiciste.

—Simplemente sucedió.

—No, Thiago. No sucedió. Tú lo permitiste. Tú decidiste que tus sentimientos eran más importantes que los míos.

Él miró hacia los invitados antes de volver a fijarse en mí.

—Te vi crecer.

—Yo también te vi crecer.

—Te vi llorar por hombres que no te merecían.

—Y tú eras mi amigo. Se suponía que debías consolarme, no utilizar mis heridas para decidir que yo debía estar contigo.

Thiago dio un paso más cerca.

—Te vi enamorarte de personas que nunca iban a cuidarte como yo podía hacerlo.

—Eso no te daba derecho a elegir por mí.

—No podía evitarlo.

—Siempre puedes evitar hacer daño.

Sus ojos se oscurecieron.

—Tal vez fui un idiota por no decirte lo que sentía antes.

—Fuiste un idiota por creer que decirlo ahora te daba derecho a obligarme.

—¿Y tú de verdad crees que yo podría quedarme mirando cómo te vas con alguien que ni siquiera es digno de pisar el suelo que tú pisas?

Sentí que el pecho se me apretaba.

—No vuelvas a hablar de Nicolás.

—Él no puede darte lo que yo te puedo dar.

—Yo no quiero lo que tú puedes darme.

—Todavía no.

Solté una risa seca.

—Eres insoportable.

—Y tú me has dicho varias veces que me odias.

Se inclinó hacia mi oído. Su voz fue apenas un susurro.

—Pero si me odiaras tanto como dices, no me habrías dejado ponerte ese anillo.

Lo miré con incredulidad.

—No tuve otra opción.

—Siempre tienes una opción.

—No cuando tú amenazas a las personas que quiero.

El rostro de Thiago se endureció.

—No sabes lo que dices.

—Lo sé perfectamente.

—Luna…

—No me llames así como si todavía fueras mi amigo.

Aquellas palabras parecieron golpearlo más que cualquier insulto.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

A nuestro alrededor, la música continuaba sonando. Los invitados reían. Las copas chocaban. Las familias se movían de un lado a otro, preparando el momento del brindis.

Nadie sabía que, en medio de aquella fiesta, nosotros estábamos destruyendo lo poco que quedaba de nuestra amistad.

O quizá nadie quería saberlo.

—No voy a arruinar esta noche —dijo Thiago finalmente.

—Ya la arruinaste desde el momento en que decidiste que yo no podía decir que no.

—Esta noche sonreirás.

—No puedes obligarme a sonreír.

Thiago me sostuvo la mirada.

—Puedo pedirte que lo hagas.

—Y yo puedo negarme.

—Luna.

—No me amenaces.

Su expresión cambió ligeramente. Por un instante, sus ojos verdes dejaron de mostrar al hombre posesivo que me había encerrado en aquella situación. Volví a ver al Thiago de mi infancia.

El que me miraba como si yo fuera su persona favorita.

El que una vez me había dicho que jamás permitiría que nadie me hiciera llorar.

Pero ese Thiago ya no existía.

O tal vez siempre había estado allí.

Tal vez solo había aprendido a esconderlo mejor.

Antes de que pudiera responder, los padres de ambas familias subieron al pequeño escenario instalado frente al jardín. La música bajó y todos los invitados comenzaron a acercarse.

Mi padre tomó una copa y sonrió hacia la multitud.

—Familia y amigos, muchas gracias por acompañarnos esta noche para celebrar el compromiso de mi hija Luna y Thiago Del Monte.

Los aplausos comenzaron de inmediato.

Yo mantuve el rostro inexpresivo.

—Estos dos jóvenes crecieron juntos —continuó Adriano Del Monte, tomando el micrófono después de mi padre—. Se conocieron siendo apenas unos niños. Compartieron juegos, secretos, travesuras y, con el paso de los años, construyeron una relación que todos admiramos.

Miré a Thiago.

Él no apartaba los ojos de mí.

—De mejores amigos a almas gemelas —dijo su padre con una sonrisa—. No podríamos estar más felices por ellos.

Los invitados aplaudieron con entusiasmo.

Mi estómago se revolvió.

Almas gemelas.

Qué palabra tan cruel.

Mi padre se acercó al micrófono.

—Yo también estoy muy feliz por mi princesa. Cuando Thiago me pidió la mano de mi hija, supe que estaba confiando en ella a un hombre digno de nuestra familia.

Apreté los dedos alrededor de mi copa.

¿Digno?

¿Un hombre digno era aquel que te quitaba la posibilidad de elegir?

¿Aquel que amenazaba a la persona que amabas?

¿Aquel que convertía tu vida en una condena y después esperaba que sonrieras?

—Thiago, Luna —dijo mi padre—, queremos que suban al escenario y compartan unas palabras con todos.

Thiago extendió su mano hacia mí.

La observé durante varios segundos.

No quería tomarla.

Pero todos nos estaban mirando.

Así que coloqué mi mano sobre la suya.

Su agarre fue firme, casi protector.

Yo lo sentí como una advertencia.

Subimos juntos al escenario.

La luz de las lámparas cayó sobre nosotros y escuché algunos murmullos emocionados entre los invitados. Para ellos, éramos una pareja perfecta. Para ellos, aquel momento era romántico.

Thiago se colocó frente al micrófono.

Entonces me miró.

No como el prometido posesivo que había decidido controlar mi vida.

Sino como mi mejor amigo.

Con esos ojos verdes que alguna vez me habían hecho sentir segura.

Con esa mirada que parecía decirme:

Confía en mí.

Y por unos segundos, contra mi voluntad, recordé al niño que había conocido debajo de una mesa.

Al pequeño Thiago que me había prestado su camión de bomberos.

Al chico que me llamaba Lulu.

Al amigo que me abrazaba cuando lloraba.

El recuerdo me dolió más que cualquier amenaza.

—No estaba preparado para esto —comenzó él—, pero cuando conocí a esta hermosa chica que llevaba un vestido rojo y dos coletas mal hechas, supe que era única.

Algunos invitados rieron.

Yo bajé la mirada.

—En aquel momento no sabía que esa niña se convertiría en la persona más importante de mi vida. Solo sabía que quería estar cerca de ella. Quería jugar con ella, protegerla y verla sonreír.

Mi garganta se cerró.

—Con los años, nuestra amistad se volvió más fuerte. Luna fue mi mejor amiga, mi compañera y mi lugar favorito. Nunca pensé que terminaría enamorándome de ella.

Thiago hizo una pausa.

—Pero cuando aceptó ser mi novia, seis meses después supe que ya no quería verla solamente como mi novia. Quería que fuera mi prometida. Después, mi esposa. Y algún día, la madre de mis hijos.

Los aplausos llenaron el jardín.

Yo sentí que el aire se volvía pesado.

No porque sus palabras fueran hermosas.

Sino porque hablaba de mi futuro como si ya le perteneciera.

Como si yo no tuviera derecho a decidir qué quería ser.

Como si mi vida fuera una historia que él podía escribir sin preguntarme.

Thiago giró el rostro hacia mí.

—Luna es la mujer que amo. Y sé que nuestro camino no ha sido sencillo, pero voy a hacer todo lo posible para que sea feliz a mi lado.

Por un instante, quise creerle.

Solo por un instante.

Muy en el fondo, una parte de mí recordó al niño que había sido mi refugio. Una parte de mí pensó que tal vez podía confiar nuevamente en él. Que quizá el Thiago que amaba como amigo todavía existía debajo de toda aquella obsesión.

Pero esa esperanza murió tan rápido como apareció.

Porque el hombre frente a mí seguía siendo el mismo que me había obligado a aceptar un anillo.

El mismo que había destruido mi relación con Nicolás.

El mismo que me había dicho que no podría escapar.

El mismo que esperaba que yo confundiera el miedo con amor.

Mi padre me entregó una copa.

—Luna, ¿quieres decir algo?

Todos me miraron.

Thiago también.

Sus ojos verdes seguían fijos en mí.

Yo tomé aire.

No podía gritar.

No podía decir la verdad.

No podía decirles a todos que no quería casarme.

No podía destruir a mi familia delante de los invitados.

Todavía no.

Así que levanté la copa y dibujé en mis labios una sonrisa perfecta.

Una sonrisa ensayada.

Una sonrisa falsa.

Una sonrisa que no llegaba a mis ojos.

—Por las almas gemelas —dije.

Todos repitieron la frase.

—¡Por las almas gemelas!

Las copas chocaron.

Thiago brindó conmigo y sus dedos rozaron los míos. Sentí que su corazón latía con fuerza, casi descontrolado.

Él estaba feliz.

Creía que aquella noche era el comienzo de nuestra vida juntos.

Yo sabía que era el comienzo de mi lucha.

Bebí un pequeño sorbo de champaña mientras los invitados continuaban aplaudiendo.

Nadie vio cómo mis dedos temblaban.

Nadie notó que mi sonrisa comenzaba a dolerme.

Nadie entendió que, detrás de aquella imagen perfecta, yo estaba contando los días para escapar.

Thiago se inclinó hacia mí.

—Gracias por hacerlo, Cerecita.

No lo miré.

—No lo hice por ti.

—Lo sé.

—Lo hice porque todos estaban mirando.

—Algún día no tendrás que fingir.

Finalmente giré el rostro hacia él.

—Nunca habrá un día en el que te ame.

Su sonrisa se volvió más pequeña, pero no desapareció.

—Eso ya lo veremos.

Lo odié.

Lo odié por su seguridad.

Por su paciencia.

Por la forma en que hablaba como si mi voluntad fuera solamente un obstáculo temporal.

Pero también odié la pequeña parte de mí que, por unos segundos, había querido creer que podía confiar en él.

La fiesta continuó durante horas.

Los invitados bailaron, brindaron y hablaron de la boda. Algunos se acercaron para felicitarnos. Otros me abrazaron y me dijeron lo afortunada que era. Varias mujeres comentaron lo hermoso que se veía el anillo.

Yo respondí con sonrisas.

Con palabras vacías.

Con gestos que no sentía.

Thiago permaneció a mi lado toda la noche, sosteniendo mi cintura, presentándome como su futura esposa y actuando como si nada hubiera cambiado entre nosotros.

Pero todo había cambiado.

Nuestra amistad había muerto.

Y aunque todos celebraban el comienzo de nuestro compromiso, yo sabía la verdad.

Había sobrevivido a aquella primera batalla.

Había conseguido mantener mi secreto.

Había logrado sonreír sin revelar cuánto lo odiaba.

Pero aquella no era la guerra.

La guerra apenas comenzaba.

Y algún día, Thiago Del Monte tendría que entender que podía obligarme a usar un vestido, a llevar un anillo y a sonreír frente a todos.

Pero jamás podría obligarme a amarlo.

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Graciela Maldonado
lo odia pero lo ama 🥰🥰
Graciela Maldonado
está muy interesante ya quiero saber el final 👏
Graciela Maldonado
🥰
Graciela Maldonado
es muy interesante muero por saberlo que viene después.
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