Camila lo tenía todo y usó su crueldad para doblegar a Máximiliano, un becado que se negaba a rendirse ante su vanidad.
Años después, la vida los reencuentra en la empresa de su padre, donde él trabaja y ha ganado posición, mientras ella carga con la culpa y un secreto explosivo que él desconoce.
Atrapados entre el rencor del pasado, el dolor y una atracción ineludible, ambos descubrirán que el deseo puede ser tan peligroso como la venganza.
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Capítulo 8: Grietas en la fachada
^^^ (Narrado por Camila)^^^
Los días posteriores al incidente de la mochila en el salón de clases transcurrieron con una extraña y pesada quietud en el Saint Mary’s Academy. A simple vista, mi vida seguía siendo la misma coreografía perfecta de siempre: las risas en las bancas del patio, las conversaciones superficiales sobre marcas de ropa y las cenas exclusivas con Mateo y sus amigos del equipo de fútbol. Sin embargo, por dentro, algo se había roto y se negaba a encajar de nuevo.
Cada vez que cruzaba los pasillos y veía a Máximiliano de lejos —caminando con los hombros rectos, enfundado en su uniforme raído y con esa expresión de férrea determinación—, una punzada incómoda se instalaba en la boca de mi estómago. Yo había dado el visto bueno indirecto a la broma pesada de Mateo. Había querido verlo humillado, quería que su armadura de indiferencia se derrumbara para demostrarme a mí misma que él era tan vulnerable como cualquier otro becado que se cruzaba en nuestro camino. Pero cuando lo vi tirar sus libros arruinados al contenedor de basura sin derramar una sola lágrima, sin bajar la cabeza ni mostrar un ápice de debilidad, no sentí la satisfacción que esperaba. Sentí una vergüenza sorda, profunda y completamente ajena a mí.
—Oye, Camila, ¿te pasa algo? Estás muy callada hoy —me preguntó Vanessa mientras nos retocábamos el maquillaje frente al gran espejo del baño, interrumpiendo mis oscuros pensamientos—. Desde lo del becado andas como distraída. ¿Acaso te da lástima el chico ese?
—¿Lástima yo? Por favor, Vane, no digas tonterías —le contesté de inmediato, endureciendo el tono de voz y soltando una risa fingida que sonó hueca incluso para mis propios oídos—. Me da exactamente igual lo que le pase. Solo estoy cansada por los entrenamientos de porristas, eso es todo.
—Más te vale —terció Mateo, apareciendo en la entrada del pasillo para unirse a nosotras y rodeándome la cintura con un brazo pesado y posesivo—. Ese tipo de gente no entiende de buenas maneras. Si no los pones en su lugar desde el principio, se creen con derecho a respirar nuestro mismo aire. Hiciste bien en ignorarlo, mi amor. Esos muertos de hambre solo sirven para estorbar.
Las palabras de Mateo, que antes me habrían parecido normales o incluso halagadoras por la forma en que defendía nuestro estatus, esa tarde me sonaron extrañamente vacías, casi repulsivas. Me aparté sutilmente de su abrazo con el pretexto de buscar las llaves en el bolso, sintiendo una repentina claustrofobia en medio de aquel grupo que celebraba la crueldad como si fuera un deporte de élite. ¿En qué momento nos habíamos vuelto tan insensibles? ¿Por qué la dignidad de un chico que solo intentaba salir adelante nos molestaba tanto?
Intenté sacudirme esos pensamientos durante las clases de la tarde, pero la imagen de los ojos intensos de Máximiliano no se apartaba de mi mente. Recordé la tarde en la biblioteca municipal, cuando hablamos de los poetas románticos y la libertad a través del dolor. En ese momento me había dicho que yo no sabía nada de la vida real, y por primera vez tuve la aterradora sospecha de que tenía razón. Mi vida era un escaparate brillante, una obra de teatro permanente donde interpretar el papel de la niña rica intocable era una obligación de la que no podía escapar, bajo la estricta mirada de unos padres que medían el éxito en apellidos y cuentas bancarias.
Esa noche, incapaz de conciliar el sueño, me levanté de la cama pasada la medianoche. Caminé de puntillas por los pasillos oscuros de mi casa hasta llegar al ventanal del segundo piso que daba al jardín trasero. La luna brillaba en lo alto, fría y solitaria, iluminando los árboles que se mecían con el viento de la madrugada.
Abrí un poco la ventana para dejar entrar el aire fresco, sintiendo cómo la brisa me helaba la piel. Me abracé a mí misma, maldiciendo en silencio a Máximiliano por haberse metido en mi cabeza de esa manera tan subrepticia. Él no tenía derecho a hacer que me cuestionara todo. Él era el intruso, el becado, la pieza desentonada en mi mundo perfecto. Y sin embargo, mientras miraba hacia la oscuridad de la noche, una verdad amarga comenzó a abrirse paso en mi conciencia: el verdadero prisionero de esa historia no era él por su pobreza, sino yo por mi vanidad.
Si las cosas seguían así, sabía que terminaría haciendo una locura. La tensión entre nosotros ya no era una simple guerra de indiferencia; se había transformado en una fuerza magnética, oscura y peligrosa, que amenazaba con arrastrarnos a ambos hacia un punto de no retorno. Y lo que más me aterraba no era su odio, sino la certeza absurda de que, de tanto intentar destruirlo, yo era la única que estaba terminando con el alma hecha trizas.
Se gradúan de la secundaria como a los 17.
En el tercero año de la universidad van a la fiesta osea de 20 años y sale panzona la Camila, más los 9 meses de panza son 21 años. Retoma la universidad y sale de 23 años. Llega a la oficina. Osea el niño anda de 2 años para 3 y ellos sobre los 24 años.
Algo así 👀👀👀👀👀
Como le va a decir bastarfo al nieto