Mi vida terminó con un susurro roto, traicionada por el hombre que amaba, y mi muerte fue solo el comienzo. Cuando abrí los ojos, el dolor de un pasado ajeno me golpeó, revelando una verdad brutal: no estaba en el cielo ni en el infierno, sino en el cuerpo de Bárbara Drax, una mujer hermosa, manipulable y suicida. Ahora, con una segunda oportunidad y la furia de dos almas, juro que los que tuvieron la osadía de usarnos pagarán por su crimen. El juego acaba de empezar, y esta vez, la reina soy yo.
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¿Barbi, te ayudo a bañar?
La primera luz del amanecer se filtraba tímidamente por las cortinas, pintando la habitación con un suave resplandor dorado.
Lucían, que había despertado hacía unos minutos, contenía una risa silenciosa. Bárbara dormía profundamente a su lado, acurrucada contra su cuerpo como un pequeño gatito. Su cabello revuelto caía sobre la almohada, y un ligero puchero se dibujaba en sus labios. Lucían no pudo evitar sonreír; se veía tan… tierna.
Se inclinó suavemente y depositó un delicado beso en la punta de su nariz.
—Mff— Bárbara emitió un pequeño gruñido, frunciendo el ceño adorablemente. Sus ojos, aún adormilados, se abrieron lentamente.
Tardó un momento en procesar dónde estaba y, sobre todo, cómo se sentía. Al ver la cercanía, lo abrazada que estaba al cálido cuerpo de Lucian, sus ojos se abrieron de par en par. Un sobresalto recorrió su cuerpo y, con un reflejo involuntario, intentó alejarse.
—¡Ah! —exclamó, con un ahogado jadeo.
El movimiento brusco la hizo perder el equilibrio. Sus piernas se enredaron en las sábanas y, por un instante, pareció que iba a terminar en el suelo con un estruendo. Sin embargo, en un acto reflejo, sus brazos se aferraron con fuerza al torso de Lucían, evitándole una caída deshonrosa.
Lucían, que había estado observándola con una mezcla de diversión y cariño, no pudo contenerse más.
—“JAJA”.— Su risa estalló, resonando por toda la habitación. Una risa contagiosa, profunda y sincera que la hizo sonreír a pesar de su bochorno.
—¿Estás bien, torbellino? —preguntó Lucían entre carcajadas, aún sosteniéndola firmemente. Su voz estaba teñida de diversión.
Barbara, se sonrojó hasta las orejas, intentó enderezarse mientras seguía aferrada a él.
—¡Claro que no estoy bien! ¡Casi me matas del susto! —replicó ella, golpeando su brazo con suavidad. Aunque intentaba sonar enfadada, una sonrisa bailaba en sus labios.
—¿Yo? ¿O tu instinto de huida mañanero? —bromeó Lucían, apretándola un poco más contra él. Olía a sueño, a vainilla y a ella, una combinación embriagadora.
—¡No es gracioso! —Aunque su tono era de protesta, ya no podía evitar reír con él. Sus ojos se encontraron, y la intimidad de la situación los envolvió.
—¿No? A mí me parece divertidísimo —dijo Lucían, con una ceja arqueada y una sonrisa juguetona. Su mirada bajó a sus labios, y el ambiente cambió, volviéndose más… eléctrico.
Bárbara sintió un cosquilleo en el estómago. La cercanía, el calor de su piel, el brillo travieso en sus ojos… todo era demasiado. Necesitaba un respiro.
Lucían, percibiendo el cambio en el aire, se acercó un poco más. Susurró, con un tono seductor que le puso los pelos de punta a Bárbara:
—¿Barbi, te ayudo a bañar?
La pregunta la tomó completamente por sorpresa. Su mente se quedó en blanco por un segundo, y luego una oleada de calor subió por su cuello. ¡Qué descarado!
—¡No, no! —exclamó Bárbara, separándose de Lucían con una rapidez asombrosa, casi volviéndose a caer.
Prácticamente salió disparada de la cama, tropezando con sus propios pies, pero logró alcanzar la puerta del baño en un tiempo récord, ka cerró de golpe tras de sí, dejando a Lucían riendo a carcajadas.
Desde el otro lado de la puerta, se escuchó la voz de Lucían, aún con rastros de risa:
—¡Tómate tu tiempo, de todos modos no tengo prisa!
Bárbara apoyó la espalda contra la puerta fría, el corazón latiéndole a mil por hora. Respiró hondo, intentando calmar el torbellino de emociones. Este hombre era… un peligro. Un delicioso y muy, muy coqueto peligro. Y a ella, para su propia sorpresa, no le disgustaba ni un poquito.