Él dijo que era la peor novela que había leído.
El universo decidió convertirlo en protagonista.
Johan Libert tenía una misión sencilla: entrar en una novela, demostrar que la historia era absurda y salir victorioso.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de criticar públicamente una historia por ser “incoherente”, Johan despierta en un mundo donde existen alfas, betas y omegas.
Y descubre algo todavía peor.
Él es un omega.
Para regresar a su mundo deberá cumplir una condición completamente ridícula: conquistar al hombre que el sistema ha elegido como su pareja destinada.
Un alfa frío. Poderoso. Terriblemente atractivo.
Y, para desgracia de Johan…
completamente obsesionado con él.
—¡Esto no tiene sentido! —grita Johan.
El sistema responde:
[Corrección detectada.]
[El protagonista acaba de enamorarse.]
—¡YO NO ME ESTOY ENAMORANDO!
[Negación registrada.]
[Nivel de enamoramiento: 87 %.]
Ahora Johan tendrá que sobrevivir a un romance que jamás pidió.
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Recuerda lo que eras antes
La puerta apenas se cerró cuando Adrián lo empujó contra la pared, sin suavidad, sin aviso. Lo sujetó con una mano en la nuca, obligándolo a bajar la cabeza, y con la otra le bajó la ropa con movimientos bruscos, decididos, de quien toma lo que le pertenece sin pedir permiso.
—¿Crees que no sé quién eras antes? —le susurró al oído, la voz rasposa, cargada de desprecio y posesión—. ¿Recuerdas cómo era tu vida antes de ser mi omega? Ese bar de mala muerte donde te vendías por unas monedas, rodeado de borrachos y alfas sucios que te miraban como a un pedazo de carne. Esa familia de sanguijuelas que te explotaba, que te entregaba a cualquiera con tal de no perder su miserable techo.
Johan apretó los labios, intentando bloquear esas palabras que le clavaban como agujas. Quería apartarse, defenderse, pero el cuerpo le pesaba, inmovilizado por el peso del alfa y por la vergüenza que aún cargaba.
—Cállate —murmuró, con la voz ahogada—. Por favor… cállate…
—¿Callarme? —Adrián lo apretó más fuerte, acercándose hasta que su respiración caliente golpeó su piel—. No quieres escuchar la verdad? Sino fuera por ese rostro bonito y ese cuerpo que se tensa así cuando te toco… no me interesarías. Serías uno más de los que se pudren en las calles, sin nombre, sin protección, sin nada. Yo te saqué de ahí. Yo te di un techo, comida, estatus. Y así me lo pagas? Huyendo? Mintiéndote a ti mismo que podrías ser libre?
Lo tomó sin suavidad, contra la pared, cada movimiento una afirmación de poder absoluto. Johan intentó resistirse, tensar el cuerpo, poner distancia, pero solo provocó que el alfa se volviera más exigente, más duro.
—No te resistas —le ordenó al oído, mordiéndole levemente el cuello justo sobre la marca—. No te pongas rígido. Afloja. Así me gusta. Así me gusta que me recibas. Porque esto es lo que eres. Un cuerpo que me pertenece, que fue hecho para mí, y que fuera de mí no vale nada.
Johan cerró los ojos con fuerza, luchando contra sí mismo, contra el placer que se filtraba a pesar de todo, contra la memoria que volvía, dolorosa y cruda. Las palabras de Adrián eran ciertas, y eso era lo que más dolía: antes de él, no había sido libre. Había sido usado, pisoteado, desechado. Pero esto… esto tampoco era libertad. Era otra jaula, más dorada, más pesada, y con el dueño más peligroso de todos.
—Eres mío —repetía Adrián, cada palabra marcada con un empuje, con una posesión que no dejaba espacio para nada más—. Mío. Y no lo olvides nunca. Nadie más te querría como yo. Nadie más te toleraría. Nadie más te daría lo que te doy. Deja de pelear. Afloja. Obedece.
Poco a poco, sin querer, sin poder evitarlo, el cuerpo de Johan cedió. Los músculos se relajaron, la respiración se acompasó a la del alfa, un gemido escapó de su garganta sin que pudiera retenerlo. No era rendición del corazón. Era rendición del cuerpo, de la biología, del vínculo que lo ataba a él con cadenas invisibles más fuertes que el acero.
—Así —susurró Adrián, satisfecho, besando su marca con una mezcla de fuego y dureza—. Así me gusta. Mi omega. Mi sumiso. Mi esclavo. Y cuando entiendas eso de verdad… dejarás de sufrir.
Cuando terminó, no se apartó de inmediato. Se quedó ahí, pegado a él, escuchando cómo su corazón latía desbocado contra el suyo. Le pasó una mano por el cabello, un gesto extrañamente suave que contrastaba con todo lo que acababa de decir y hacer.
—Recuérdalo siempre —murmuró contra su piel—. Fuera de mí no hay nada. Aquí dentro… tienes todo. Así que deja de soñar con lo imposible y agradece que te elegí.
Se apartó, se arregló la ropa con calma, como si nada hubiera pasado, y lo miró desde arriba, con esa frialdad que nunca se iba del todo.
—Mañana te quiero listo a primera hora. No me hagas esperar. Y no vuelvas a olvidar quién te sacó del lodo.
Salió, dejándolo temblando, desnudo contra la pared, con el cuerpo ardiendo y el alma hecha pedazos. Las palabras le resonaban una y otra vez: bar de mala muerte… familia de sanguijuelas… sino fuera por tu cara… no me interesarías.
[⚠️ VÍNCULO: 100% — ESTABLE, PERO BASADO EN CULPA Y DEPENDENCIA.]
[Manipulación detectada: utiliza tu pasado para anular tu voluntad. No confundas salvación con posesión. No eres lo que él dice que eras. Eres más que eso.]
[La resistencia no desaparece, solo se esconde. Cuanto más intenta romperte, más fuerte se vuelve tu voluntad en silencio.]
Johan se deslizó hasta el suelo, abrazándose a sí mismo, y por primera vez no lloró de miedo. Lloró de rabia, de una rabia fría y silenciosa que empezaba a crecerle en el pecho.
—Tú me tienes ahora —susurró, con la mirada fija en la puerta—. Pero no sabes quién soy. Y no sabes de qué soy capaz cuando dejo de tener miedo.
Se levantó despacio, se vistió, y se miró en el espejo. La marca brillaba en su cuello, visible, innegable. Pero sus ojos ya no estaban vacíos. Estaban llenos de algo que él no esperaba: resistencia callada, esperanza escondida, y la certeza de que un día… dejaría de ser suyo.