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BAJO UN CIELO ROTO

BAJO UN CIELO ROTO

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 7 NO QUIERO PERDERLO

Lucía pasó la noche mirando el techo.

No consiguió dormir.

Cada vez que cerraba los ojos escuchaba nuevamente la voz de Mateo.

“Si te la cuento, vas a estar en peligro.”

Aquella frase había quedado atrapada en su cabeza.

No importaba cuánto intentara reemplazarla con otro pensamiento.

No podía.

Cerraba los ojos.

La escuchaba.

Abría los ojos.

Seguía escuchándola.

Se levantó cerca de las tres de la madrugada y fue hasta la cocina.

La casa estaba completamente silenciosa.

No había televisores encendidos.

No había voces.

No se escuchaban automóviles.

Solo el ruido del refrigerador.

Lucía abrió la puerta y tomó un vaso de agua.

Se apoyó en la mesa.

Miró hacia la ventana.

La calle estaba oscura.

Por unos segundos recordó el automóvil que Mateo había mencionado.

No sabía si realmente alguien la vigilaba.

No sabía si aquel automóvil que había visto desde su habitación existía o si simplemente había sido otra coincidencia.

Quería pensar que era una coincidencia.

Necesitaba que fuera una coincidencia.

Porque si no lo era, todo cambiaba.

No estaba preparada para que todo cambiara.

Todavía no.

Volvió a su habitación.

Se sentó en la cama.

Tomó el teléfono.

Abrió la conversación con Mateo.

Había docenas de mensajes.

Fotos.

Audios.

Frases.

Recuerdos.

“Buenos días, amor.”

“¿Ya llegaste?”

“Te extraño.”

“No olvides comprar pan.”

“Hoy hace frío.”

“Mira esto.”

Miles de pequeñas cosas.

Una vida entera escrita en palabras sencillas.

Lucía comenzó a deslizar la pantalla hacia abajo.

Hasta llegar al principio de la conversación.

El primer mensaje.

“¿Ya cerraron la papelería?”

Ella sonrió sin querer.

Recordaba perfectamente aquella tarde.

Era extraño.

Seis años podían convertirse en una conversación interminable.

Se quedó mirando los primeros mensajes.

Pensó en la joven que había sido entonces.

Con veintiún años.

Sin miedo.

Sin sospechas.

Sin imaginar que algún día revisaría aquellas conversaciones tratando de descubrir si había señales que había ignorado.

Lucía cerró los ojos.

—¿Dónde cambió todo? —susurró.

No encontró respuesta.

A las seis de la mañana se levantó.

No había dormido más de dos horas.

Se duchó.

Se vistió.

Preparó café.

Teresa entró en la cocina y la miró inmediatamente.

—No dormiste.

Lucía intentó sonreír.

—Sí dormí.

—No.

—Un poco.

Teresa se acercó.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Lucía.

Ella evitó la mirada.

—Discutí con Mateo.

Teresa dejó la taza.

—¿Por qué?

Lucía dudó.

Durante unos segundos quiso contarle todo.

La fotografía.

Las transferencias.

La mujer.

La llamada.

La frase sobre el peligro.

Pero algo la detuvo.

No quería que su madre tuviera miedo.

No quería preocuparla.

Y, sobre todo, todavía no sabía qué era verdad.

—Problemas de trabajo —dijo finalmente.

Teresa la observó.

—¿Solo eso?

—Sí.

Su madre no pareció convencida.

Pero no insistió.

—Come algo.

—No tengo hambre.

—Precisamente por eso.

Lucía se sentó.

Teresa le puso un plato delante.

—No puedes resolver tus problemas con el estómago vacío.

Lucía sonrió débilmente.

—Siempre tienes una frase.

—Y tú siempre tienes problemas.

—No tantos.

Teresa se sentó frente a ella.

—¿Lo amas?

Lucía levantó la mirada.

—Sí.

—¿Mucho?

—Sí.

—Entonces piensa antes de tomar cualquier decisión.

Lucía frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que una discusión no significa que todo se terminó.

—No estamos terminando.

—Entonces ¿qué ocurre?

Lucía bajó la mirada.

—No sé.

Teresa suspiró.

—A veces dos personas pueden quererse y aun así hacerse daño.

Aquella frase le dolió.

—¿Crees que Mateo me está haciendo daño?

Teresa tardó en responder.

—No conozco lo que pasa entre ustedes.

—Pero...

—Solo te digo que no tienes que sacrificarte por nadie.

Lucía permaneció callada.

—Ni siquiera por mí —añadió Teresa.

Lucía la miró.

Su madre tomó su mano.

—Quiero que te cases porque quieres, no porque tengas miedo de perder seis años.

La frase la acompañó durante todo el día.

En la oficina, Lucía cometió tres errores.

No eran graves.

Pero nunca cometía tantos.

Se equivocó en una cifra.

Envió un documento al correo equivocado.

Y olvidó una llamada.

Claudia se acercó.

—¿Estás bien?

—Sí.

—No pareces.

Lucía sonrió.

—Dormí mal.

—¿Problemas con Mateo?

Lucía levantó la cabeza.

—¿Por qué lo dices?

—Porque llevas dos días mirando el teléfono cada treinta segundos.

Lucía soltó una pequeña risa.

—No es tan evidente.

—Sí lo es.

Claudia se sentó a su lado.

—¿Pasó algo?

Lucía miró hacia la puerta.

Luego bajó la voz.

—Creo que Mateo me oculta algo.

Claudia dejó de sonreír.

—¿Algo importante?

—No sé.

—¿Otra mujer?

Lucía guardó silencio.

—Puede ser.

—¿Lo viste?

—No exactamente.

—Entonces ¿qué tienes?

Lucía pensó antes de responder.

—Una fotografía.

Le mostró la imagen.

Claudia la observó.

—¿Ella es Valentina?

—Sí.

—¿Están juntos?

—No parece.

Claudia amplió la fotografía.

—¿Dónde fue esto?

—En una actividad de la empresa.

—¿Y por qué te preocupa?

—Porque él dijo que ese día estaba enfermo.

Claudia volvió a mirar.

—¿Eso es todo?

—No.

Lucía le contó sobre las transferencias.

No mencionó cada detalle.

Solo lo suficiente.

Claudia se quedó seria.

—Eso sí es raro.

—Lo sé.

—¿Y qué te dijo él?

—Que no hay nada entre ellos.

—¿Le crees?

Lucía tardó.

—Quiero creerle.

Claudia la miró.

—Eso no es lo mismo.

Lucía bajó los ojos.

—Lo amo.

—Ya lo sé.

—No quiero tirar seis años a la basura.

Claudia negó con la cabeza.

—No confundas seis años con una obligación.

Lucía levantó la mirada.

—¿Qué quieres decir?

—Que si él hizo algo malo, el tiempo que estuvieron juntos no lo convierte en algo correcto.

Lucía se quedó callada.

Era una verdad sencilla.

Y precisamente por eso dolía.

A las once y veinte, llegó un mensaje.

De Mateo.

“Podemos hablar?”

Lucía lo leyó varias veces.

No respondió.

Un minuto después llegó otro.

“Por favor.”

Ella escribió:

“¿Dónde?”

La respuesta llegó inmediatamente.

“En el parque donde nos conocimos.”

Lucía sintió una punzada.

El parque.

Habían estado allí durante su primera cita.

Habían regresado cientos de veces.

Habían celebrado aniversarios.

Habían tomado fotografías.

Era uno de los lugares más importantes de su relación.

Y precisamente por eso entendió la elección.

Mateo quería hablar en un lugar que todavía significara algo para ella.

Lucía no sabía si eso era bueno o malo.

Aceptó.

A las seis de la tarde, llegó al parque.

Mateo ya estaba allí.

Sentado en una banca.

Parecía cansado.

Cuando la vio, se puso de pie.

—Gracias por venir.

Lucía mantuvo cierta distancia.

—Habla.

Mateo respiró.

—No quiero que terminemos.

—Yo tampoco.

—Entonces escúchame.

—Estoy escuchando.

Mateo miró hacia los árboles.

—He cometido errores.

—Eso ya lo sé.

—Pero no te he engañado.

Lucía sintió un golpe en el pecho.

—¿Y Valentina?

—Es complicado.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque lo es.

—Explícamelo.

Mateo guardó silencio.

—No puedo decirte todo todavía.

Lucía cerró los ojos.

—Otra vez.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque si sabes ciertas cosas...

—¿Estaré en peligro?

Mateo bajó la mirada.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Es verdad?

Mateo no respondió inmediatamente.

—Necesito protegerte.

—No puedes protegerme si no sé de qué.

—Confía en mí.

Lucía se rio.

Una risa amarga.

—¿Otra vez esa frase?

—Porque es verdad.

—No.

—Lucía.

—La confianza no funciona así.

—¿Cómo funciona?

—Si yo te doy mi confianza, tú no puedes pedirme que cierre los ojos.

Mateo parecía desesperado.

—No quiero perderte.

Lucía lo miró.

—Yo tampoco quiero perderte.

—Entonces quédate.

—¿Y qué hago con las mentiras?

—Dame tiempo.

—¿Cuánto?

—No mucho.

—Eso me dices siempre.

Mateo bajó la cabeza.

Lucía sintió lágrimas en los ojos.

—Quiero que vuelvas a ser el hombre con el que me enamoré.

Él la miró.

—Sigo siendo ese hombre.

—No.

—Sí.

—No sé quién eres.

Mateo se acercó.

—Soy el hombre que te ama.

Lucía lloró.

—Entonces dime la verdad.

Mateo permaneció inmóvil.

—No puedo.

—Entonces no sabes cuánto duele.

Él extendió la mano.

Ella retrocedió.

No porque dejara de amarlo.

Sino porque estaba herida.

—Necesito tiempo.

—Te lo daré.

—No.

Mateo la miró.

—¿Qué quieres decir?

—Tú necesitas tiempo.

—Sí.

—Yo necesito respuestas.

Silencio.

—Y no sé cuánto tiempo puedo seguir esperando.

Mateo tragó saliva.

—No me abandones.

Lucía sintió que algo dentro de ella se quebraba.

Porque él no le había pedido que lo perdonara.

Ni siquiera le había explicado qué había hecho.

Solo le pidió que no se fuera.

Y una parte de Lucía quería hacerlo.

Quería abrazarlo.

Quería decirle que todo estaría bien.

Quería volver a la casa.

Preparar la cena.

Hablar de la boda.

Fingir que nada había ocurrido.

Pero otra parte, más pequeña, más racional, le decía que no podía seguir así.

—Necesito pensar —dijo.

Mateo asintió.

—Está bien.

—No me llames esta noche.

Él pareció dolido.

—Está bien.

Lucía comenzó a alejarse.

—Lucía.

Ella se detuvo.

—Te amo.

No respondió.

Siguió caminando.

Mientras regresaba a casa, Lucía lloró.

No quería hacerlo.

Pero no pudo evitarlo.

Las personas que pasan por una ruptura suelen hablar del dolor de dejar de amar.

Lucía descubrió algo diferente.

El dolor no era haber dejado de amar.

Era seguir amando a alguien en quien ya no sabías si podías confiar.

Era mirar un recuerdo hermoso y preguntarte si había sido real.

Era recordar un beso y preguntarte si, mientras te besaban, estaban pensando en otra persona.

Era mirar una promesa y preguntarte cuánto tiempo habían pensado en romperla.

Era terrible.

Porque el amor no desaparece al mismo tiempo que la confianza.

A veces el amor se queda.

Y eso hace mucho más difícil marcharse.

Al llegar a casa, Lucía encontró a Diego en la sala.

—¿Estás llorando?

Ella se limpió rápidamente la cara.

—No.

—Sí.

—Estoy cansada.

Diego dejó el teléfono.

—¿Pasó algo con Mateo?

Lucía no respondió.

Él se levantó.

—Puedes hablar conmigo.

Ella sonrió.

—Gracias.

—En serio.

—Lo sé.

Diego la miró unos segundos.

—¿Te engañó?

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque pareces como si alguien te hubiera roto el corazón.

Ella bajó la mirada.

—No sé.

Diego guardó silencio.

—Si hizo algo, no significa que sea tu culpa.

Lucía sintió los ojos nuevamente llenarse de lágrimas.

—¿Por qué todos dicen cosas que yo no quiero escuchar?

—Porque quizá sabes que son verdad.

Lucía lo miró.

Diego la abrazó.

—No quiero verte así.

Ella apoyó la cabeza sobre el hombro de su hermano.

—Yo tampoco.

Más tarde, mientras Teresa preparaba la cena, Lucía entró a su habitación.

Sacó nuevamente el cuaderno azul.

Escribió:

“No sé si me engaña.”

Luego:

“No sé qué está ocultando.”

Después:

“Dice que me ama.”

Se quedó mirando las frases.

Y finalmente escribió:

“Yo todavía lo amo.”

Esa fue la frase que más le costó.

Porque era verdad.

Aunque todo estuviera cambiando.

Aunque existieran sospechas.

Aunque una fotografía hubiera abierto una puerta.

Aunque algo dentro de ella le dijera que debía alejarse.

Todavía lo amaba.

Y por eso no quería perderlo.

No quería perder los seis años.

No quería perder la boda.

No quería perder la casa que imaginaban.

No quería perder los domingos.

No quería perder las fotografías.

No quería perder los pequeños hábitos.

No quería perder la versión de sí misma que existía cuando estaba junto a él.

Porque, en algún punto, Lucía había cometido una confusión silenciosa.

Había comenzado a creer que perder a Mateo significaría perder también su futuro.

Todavía no entendía que el futuro no pertenecía a Mateo.

Le pertenecía a ella.

A las once de la noche, el teléfono vibró.

Lucía miró la pantalla.

Era un mensaje de un número desconocido.

No decía quién lo enviaba.

Solo una frase:

“Deja de hacer preguntas.”

Lucía sintió que la sangre se le enfriaba.

Miró el número.

No lo conocía.

Volvió a leer.

“No sabes en qué te estás metiendo.”

Sus manos comenzaron a temblar.

Tomó una captura.

No respondió.

Luego llegó un tercer mensaje.

“La boda no va a solucionar nada.”

Lucía se quedó inmóvil.

Aquella persona sabía de la boda.

No podía ser una coincidencia.

Apagó el teléfono.

Esperó unos segundos.

Volvió a encenderlo.

Los mensajes seguían allí.

Sacó una fotografía de la pantalla y la guardó.

Después se levantó y cerró con llave la puerta de su habitación.

Era la primera vez que lo hacía.

Mientras tanto, Mateo estaba sentado en su automóvil.

Había recibido un mensaje.

Lo abrió.

“Ella ya recibió el aviso.”

Mateo sintió miedo.

Respondió:

“Les dije que no.”

La respuesta fue inmediata.

“No decides tú.”

Mateo golpeó el volante.

—Malditos.

Su teléfono volvió a vibrar.

“Si ella sigue investigando, el siguiente aviso será para su familia.”

Mateo cerró los ojos.

Pensó en Teresa.

En Roberto.

En Diego.

Y luego en Lucía.

La mujer que amaba.

La mujer a la que había mentido.

La mujer que todavía esperaba encontrar una explicación.

Mateo respiró profundamente.

Marcó un número.

Nadie contestó.

Volvió a llamar.

Finalmente escuchó una voz.

—¿Qué quieres?

—Déjenla fuera de esto.

—Eso depende de ti.

—Voy a entregar lo que quieren.

—Demasiado tarde.

—¿Qué significa eso?

—Ya sabe demasiado.

Mateo sintió que el miedo se convertía en desesperación.

—No la toquen.

La voz respondió:

—Entonces haz lo que debiste hacer desde el principio.

La llamada terminó.

Mateo permaneció sentado.

No sabía qué hacer.

Por primera vez comprendió que su secreto no solo podía destruir su relación con Lucía.

Podía destruir la vida de ella.

A la mañana siguiente, Lucía despertó antes del despertador.

Había tomado una decisión.

No iba a romper con Mateo.

Todavía no.

No podía.

Pero tampoco seguiría ignorando lo que estaba ocurriendo.

Quería encontrar la verdad.

No para castigar a nadie.

No para convertirse en una persona desconfiada.

Solo quería saber qué estaba pasando.

Tomó una libreta nueva.

Escribió en la primera página:

LO QUE SÉ

Debajo hizo una lista.

1. Mateo tiene una deuda.

2. Existen transferencias desde mi cuenta que no reconozco.

3. Valentina está relacionada con él.

4. Mateo me ha mentido sobre algunos lugares y fechas.

5. Alguien sabe que estoy haciendo preguntas.

6. Alguien conoce los detalles de mi boda.

7. Mateo dijo que podría estar en peligro.

Lucía dejó el bolígrafo.

Luego escribió:

LO QUE NO SÉ

Y debajo:

¿Por qué?

Solo esas dos palabras.

Pero eran enormes.

Porque todavía faltaba la respuesta que podía cambiarlo todo.

Lucía no sabía que aquella búsqueda sería el comienzo de su transformación.

Todavía era una mujer que lloraba por un hombre.

Todavía esperaba que él le explicara todo.

Todavía quería salvar su relación.

Todavía quería casarse.

Todavía deseaba que todo volviera a ser como antes.

Pero algo había comenzado a cambiar.

Ya no quería simplemente creer.

Quería saber.

Esa tarde recibió una llamada de Mateo.

Esta vez contestó.

—Hola.

—Necesito verte.

—¿Por qué?

—Tengo algo que decirte.

Lucía sintió que el corazón se aceleraba.

—¿Qué?

—No puedo decirlo por teléfono.

—Entonces dime dónde.

—Mañana.

—No.

—¿Qué?

—Hoy.

Silencio.

Mateo respiró.

—Está bien.

—¿Dónde?

—En mi casa.

—No.

—¿Por qué?

—Quiero un lugar público.

Mateo permaneció callado.

—Está bien.

—A las siete.

—Sí.

Lucía colgó.

Se quedó mirando el teléfono.

Algo le decía que aquella conversación sería diferente.

Quizá Mateo finalmente hablaría.

Quizá le contaría la verdad.

Quizá todo tendría una explicación.

Quizá se trataba de una deuda.

Quizá Valentina no significaba nada.

Quizá la amenaza era una exageración.

Quizá...

Lucía se detuvo.

Había demasiados “quizá”.

Y ninguno era una respuesta.

A las siete de la noche se encontró nuevamente con Mateo.

Él llegó tarde.

Tenía el rostro pálido.

—¿Qué pasó? —preguntó Lucía.

Mateo miró a su alrededor.

—No aquí.

—Tú elegiste el lugar.

—Necesitamos irnos.

—¿A dónde?

—A un lugar tranquilo.

Lucía negó con la cabeza.

—No.

—Lucía.

—No voy a ir a ninguna parte contigo si no sé qué ocurre.

Mateo se quedó mirándola.

Después bajó la voz.

—Hay personas que están buscando unos documentos.

Lucía sintió que el corazón se detenía.

—¿Qué documentos?

—No puedo decirte.

—¿Dónde están?

—No lo sé.

—¿Qué tienen que ver conmigo?

Mateo guardó silencio.

Lucía sintió miedo.

—Mateo.

Él cerró los ojos.

—Hay cosas que hice.

—¿Qué cosas?

—Errores.

—Eso no es suficiente.

—Sé que te hice daño.

—No sabes cuánto.

Mateo miró hacia otro lado.

—Lo siento.

—¿Es Valentina?

—No.

—¿La engañaste?

Mateo tardó en responder.

Y esa demora fue suficiente.

Lucía sintió que el corazón se le rompía.

—Dime la verdad.

Él no dijo nada.

—¿Me engañaste?

Mateo bajó la mirada.

—Sí.

Una sola palabra.

Nada más.

Pero para Lucía fue como escuchar una explosión.

Se quedó completamente quieta.

No lloró inmediatamente.

No gritó.

Solo lo miró.

Seis años.

Una vida.

Una boda.

Una casa imaginada.

Todo parecía desaparecer en unos segundos.

—¿Desde cuándo?

Mateo cerró los ojos.

—Hace meses.

Lucía sintió náuseas.

—¿Con ella?

Mateo no respondió.

—¿Con Valentina?

—Sí.

Lucía retrocedió un paso.

Ahora sí lloró.

—¿Por qué?

—No sé.

—Eso no es una respuesta.

—No sé qué decir.

—Dime la verdad.

—Lo siento.

—No.

Lucía negó con la cabeza.

—No quiero que me digas que lo sientes.

—Lucía...

—Quiero saber por qué.

Mateo permaneció callado.

Ella se limpió las lágrimas.

—¿La amas?

—No.

—¿Entonces por qué?

—Fue un error.

Lucía soltó una risa rota.

—Un error no dura meses.

Mateo bajó la mirada.

—Tienes razón.

—¿La conocías antes?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Antes de ti.

Lucía se quedó inmóvil.

Aquella respuesta abrió una herida diferente.

—¿La conocías antes de conocerme?

—Sí.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—No.

Lucía se llevó una mano al rostro.

—¿Qué más no sé?

Mateo la miró.

No respondió.

—¿Qué más no sé?

—No puedo decirte.

—¡¿Qué más no sé?!

Varias personas comenzaron a mirar.

Lucía bajó la voz.

Mateo se acercó.

—Hay cosas mucho más graves que la infidelidad.

Ella sintió frío.

—¿Qué significa eso?

Mateo la miró directamente.

—Significa que deberías olvidarte de mí.

Lucía quedó paralizada.

—¿Qué?

—Olvida la boda.

—No.

—Aléjate de mí.

—No.

—Lucía, por favor.

—No voy a dejarte.

Mateo cerró los ojos.

—Tienes que hacerlo.

—¿Por qué?

Él la miró una última vez.

Y por primera vez, Lucía vio miedo verdadero en sus ojos.

—Porque si sigues conmigo, vas a morir.

Mateo se levantó.

Y se fue.

Lucía permaneció allí.

Sola.

Llorando.

Con el corazón destrozado.

Sin saber todavía que las últimas palabras que había escuchado de él no eran una amenaza.

Eran una advertencia.

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