Dinámica entre un Duque con doble personalidad (Alistair y Vane), el sanador dulce pero fuerte que lo cautiva
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La Doble Marea de la Seducción
Una ventisca voraz cubrió Cima Blanca con un manto de nieve casi impenetrable. La biblioteca privada del Gran Duque, con sus paredes cubiertas de tomos antiguos encuadernados en cuero y su chimenea de piedra esculpida encendida a toda potencia, se convirtió en el único refugio para la pareja real.
Alistair estaba sentado en la alfombra de terciopelo frente al fuego, vistiendo una camisa fina de lino blanco con el cuello desabrochado. Julian reposaba entre sus piernas, apoyando la espalda en el pecho del noble mientras leía en voz alta un poema de amor escrito en la lengua antigua del Norte.
La voz suave de Julian resonaba con una calidez arrulladora en la estancia.
—"...y aunque el frío eterno congele los picos de la montaña, en tus manos encontré la primavera que mi alma tanto ansiaba..." —recitó el chico, sonriendo antes de dejar el libro sobre la alfombra.
Alistair inclinó la cabeza, deslizando sus labios por la curva del cuello de Julian, dejando besos suaves como pétalos de rosa.
—Lees con tanta gracia, mi amor... —susurró Alistair, con sus ojos grises brillando con una devoción profunda y romántica.
El noble comenzó a desabrochar con paciencia infinita la túnica de Julian. No había prisa en sus movimientos; Alistair saboreaba cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Besó las clavículas de Julian, trazó con la lengua el contorno de sus pectorales y bajó hasta su vientre con una delicadeza casi sagrada.
—Alistair... —gemía Julian, con el corazón encendido por la ternura del momento.
Alistair lo recostó con cuidado sobre las alfombras y pieles acumuladas junto a la chimenea. Se colocó entre sus piernas y comenzó a amarlo con una paciencia exquisita. Cada estocada inicial de Alistair era lenta, profunda, cargada de un amor poético que hacía temblar el alma de Julian. El noble lo miraba fijamente a los ojos mientras lo embestía con rítmica suavidad, acariciando su rostro, susurrándole versos al oído y uniendo sus labios en besos húmedos y prolongados.
—Eres mi milagro, Julian... mi único pensamiento —murmuraba Alistair entre jadeos, incrementando la intensidad de sus movimientos al sentir cómo el cuerpo de Julian se apretaba a su alrededor.
El placer fue escalando en una marea dulce pero abrumadora. Julian arqueaba la espalda, entregándose a la dulzura de su señor, sintiendo que el clímax de Alistair estaba a punto de alcanzarlos a ambos.
Sin embargo, en el instante exacto en que Alistair soltó un suspiro profundo y derramó su primera ola de calor en el interior de Julian, la intensidad emocional y el pico de magia de sangre provocaron una transición repentina.
Los ojos grises de Alistair parpadearon violentamente, tornándose de un dorado sangriento e hipnótico en cuestión de segundos. La respiración pausada del noble se volvió un rugido grave y áspero.
Alistair había cedido el control absoluto a Vane en mitad del acto.
Julian abrió los ojos, jadeando por el clímax reciente, pero se encontró con la mirada depredadora del guerrero observándolo desde arriba.
—Alistair te dio su amor, pajarillo... —siseó Vane con una sonrisa maliciosa y dominante, agarrando las muñecas de Julian y sujetándolas con firmeza por encima de su cabeza contra el suelo—. Pero yo aún no he terminado contigo.
Antes de que Julian pudiera recuperar el aliento, Vane se retiró apenas un segundo solo para volver a hundirse en él con una fuerza y una velocidad arrolladoras.
Julian soltó un grito ahogado de placer puro, sintiendo la diferencia abismal en el ritmo. Vane no tenía la paciencia de Alistair; lo embestía con una pasión salvaje, feroz y posesiva que hacía retumbar la estancia. La transición sin pausa, pasando de la ternura más pura a la lujuria más desenfrenada, hizo que todos los sentidos de Julian estallaran.
—¡Vane! ¡Ah, ah! ¡Es demasiado! —suplicaba Julian, aunque sus caderas se elevaban instintivamente buscando el contacto brutal del guerrero.
—Nunca es demasiado para ti, pajarillo. Vas a recibir todo mi fuego —gruñó Vane, soltando sus muñecas para levantar las piernas de Julian sobre sus hombros, llegando aún más profundo con cada embestida implacable.
El sonido del fuego crepitando, los gemidos desinhibidos de Julian y el choque de sus cuerpos sumergieron la biblioteca en un frenesí erótico inolvidable. Vane lo reclamó hasta dejarlo sin aliento, llevándolo a un segundo clímax aún más violento antes de derramarse en su interior con un rugido de posesión absoluta.
Cuando Vane colapsó sobre Julian, besó su boca con una ferocidad satisfecha antes de acariciar suavemente su mejilla, dejando que la mirada dorada se suavizara poco a poco.
es mentira