Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.
Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.
Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.
Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.
Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.
Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.
Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.
Victoria es su jefa.
La esposa de su jefe.
Una mujer prohibida.
Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.
Él comienza protegiéndola de peligros externos...
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Capitulo 18: La voz en la oscuridad
Victoria
El disparo retumbó por todo el pasillo.
Sentí que el cuerpo se me paralizaba.
Una mano me sujetó del brazo.
—Victoria... corre.
La voz volvió a susurrar junto a mi oído.
Pero no era Fernando.
No era Marcus.
Conocía esa voz.
La había escuchado cientos de veces durante mi infancia.
La había escuchado discutir con mi padre.
La había escuchado reír durante las cenas familiares.
La había escuchado decirme que todo estaría bien.
Era imposible.
—Nicholas...
—¡Corre!
Fernando apareció entre nosotros y la oscuridad.
—¡Victoria!
Me tomó de la mano y tiró de mí.
—¡Ahora!
Corrimos.
Otro disparo atravesó el pasillo.
Una bala impactó contra la pared.
Fernando me empujó dentro del antiguo despacho de mi padre y cerró la puerta.
—¿Estás herida?
Negué con la cabeza.
—No.
Fernando respiraba con dificultad.
—Quédate aquí.
—No.
—Victoria...
—¡Escuché a Nicholas!
Fernando se quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—La voz.
Lo miré.
—Era mi hermano.
Fernando apretó la mandíbula.
—Eso no puede ser.
—Lo escuché.
—Tu hermano está cautivo.
—Entonces escapó.
—O alguien está utilizando una grabación.
Sentí un escalofrío.
—No.
—¿Cómo puedes estar segura?
—Porque dijo mi nombre.
Fernando se quedó pensativo.
—Una grabación también podría hacerlo.
—Dijo algo que solo Nicholas me decía cuando éramos niños.
Fernando me miró.
—¿Qué cosa?
—Me llamó por mi segundo nombre.
Fernando frunció el ceño.
—¿Cuál es?
—Él era el único que lo utilizaba.
Silencio.
—¿Cuál?
Tragué saliva.
—Elena.
Fernando bajó lentamente el arma.
—Victoria Elena.
Asentí.
—Así me llamaba cuando tenía miedo.
Fernando miró hacia la puerta.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Si realmente era Nicholas...
Se acercó a la cerradura.
—...entonces alguien acaba de entrar a esta casa sin activar ninguna alarma.
***
Fernando
Abrí la puerta apenas unos centímetros.
El corredor estaba vacío.
No había nadie.
Ni Marcus.
Ni el hombre del reloj.
Ni siquiera un casquillo.
Demasiado limpio.
Demasiado perfecto.
—Esto es una trampa —murmuré.
Victoria salió detrás de mí.
—¿Dónde está Marcus?
—No lo sé.
—¿Y el hombre?
—Tampoco.
Recorrí el pasillo con la mirada.
Entonces lo vi.
Una pequeña mancha oscura en el suelo.
Me agaché.
Sangre.
Fresca.
—Alguien recibió el disparo.
Victoria se llevó una mano a la boca.
—¿Fernando?
—No es mía.
Seguí las gotas.
Llegaban hasta la escalera.
Bajaban.
Nos acercamos lentamente.
En el último escalón encontré algo.
Un reloj.
Metálico.
Con una pequeña marca roja.
Lo levanté.
Era idéntico al de Marcus.
Victoria lo observó.
—¿Es suyo?
—No necesariamente.
—Pero tú dijiste que Marcus llevaba uno.
—Sí.
Guardé el reloj.
Entonces mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Quién habla?
No hubo respuesta.
Solo respiración.
Después una voz.
—¿Encontraste la placa?
Mi cuerpo se tensó.
—¿Quién eres?
—La persona que puede explicarte por qué tu nombre aparece en la Operación 17-B.
Miré a Victoria.
—Habla.
—No aquí.
—¿Dónde?
—En el lugar donde empezó todo.
—¿Dónde?
Una pausa.
—El viejo centro de entrenamiento militar.
La llamada terminó.
Victoria me observaba.
—¿Qué quería?
No tuve tiempo de responder.
Una puerta se cerró violentamente en el piso superior.
Subimos.
El antiguo dormitorio de mi padre estaba abierto.
Entramos.
Los cajones estaban desordenados.
Los documentos, tirados por el suelo.
Pero nadie estaba allí.
Victoria caminó hasta el escritorio.
—Fernando...
Me acerqué.
Había una fotografía.
Una fotografía vieja.
La tomé.
Y sentí que el corazón se me detenía.
En ella aparecía un grupo de hombres vestidos con uniforme militar.
Yo estaba allí.
Más joven.
Mucho más joven.
A mi lado estaba Nicholas.
Y detrás de nosotros...
Daniel Cross.
Victoria tomó la fotografía.
—¿Daniel?
Asentí lentamente.
—No recuerdo esto.
—¿Nunca viste esta foto?
—No.
—¿Entonces por qué estás ahí?
No tenía respuesta.
Giré la fotografía.
Había una fecha.
14 de noviembre.
Y debajo:
OPERACIÓN 17-B — EQUIPO DE EXTRACCIÓN.
Victoria me miró.
—¿Extracción de quién?
Había algo escrito a mano.
Una sola palabra.
BENNETT.
Sentí un nudo en el estómago.
—Tu hermano.
Victoria retrocedió.
—Entonces tú lo conocías.
—No lo recuerdo.
—¡Pero estabas con él!
—Victoria...
—¡Estabas con mi hermano!
Su voz se quebró.
—Y me dijiste que no sabías nada.
—Porque realmente no lo sé.
—¿Cuánto de tu vida no recuerdas?
No respondí.
Porque aquella pregunta me golpeó más fuerte que cualquier bala.
***
Victoria
Quería creerle.
Dios, cuánto quería creerle.
Pero la fotografía estaba allí.
Fernando había estado con Nicholas.
Y Daniel.
Los tres juntos.
Antes de que mi hermano desapareciera.
Antes del accidente.
Antes de que mi vida se convirtiera en un laberinto.
—¿Por qué nunca me dijiste que conocías a Nicholas?
Fernando negó con la cabeza.
—Porque no lo sabía.
—¿Cómo puedes olvidar algo así?
—No lo sé.
—¿Qué te pasó?
Fernando apretó los puños.
—No lo sé.
Por primera vez vi miedo en sus ojos.
No el miedo que yo había visto tantas veces en Alexander.
Era diferente.
Era el miedo de alguien que acaba de descubrir que su propia memoria le está mintiendo.
—Fernando...
Él levantó la mirada.
—Hay algo que nunca te conté.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—¿Qué?
—Después de una misión, tuve un accidente.
—¿Cuándo?
—Poco antes de abandonar el ejército.
—¿Y?
—Me dijeron que sufrí un traumatismo.
Lo miré.
—¿Pérdida de memoria?
Asintió.
—Algunos recuerdos quedaron borrosos.
—¿Cuáles?
—Principalmente los relacionados con esa época.
Miré nuevamente la fotografía.
—La Operación 17-B.
—Sí.
—¿Y Nicholas?
—No recuerdo haberlo conocido.
—Pero él sí te recuerda.
Fernando guardó silencio.
Entonces escuchamos un ruido.
Algo cayó detrás de nosotros.
Nos giramos.
Un pequeño grabador había sido colocado sobre el escritorio.
Fernando lo tomó.
Había una luz roja parpadeando.
Presionó el botón.
La voz de Nicholas llenó la habitación.
—Si encontraron esto, significa que Fernando ya sabe lo de la operación.
Victoria sintió un escalofrío.
La grabación continuó.
—Victoria, quiero que escuches esto antes de tomar cualquier decisión.
Miré a Fernando.
—Fernando no es quien tú crees.
Él cerró los ojos.
—Pero tampoco es quien ellos quieren que creas.
Abrí los ojos.
La grabación siguió.
—Él no recuerda porque se aseguraron de que no recordara.
Fernando se acercó al grabador.
—¿Quiénes?
La voz de Nicholas respondió como si estuviera frente a nosotros.
—El Círculo.
El silencio fue absoluto.
—Ellos utilizaron a Fernando.
Mi respiración se detuvo.
—Lo enviaron a aquella operación para sacarme de allí.
Fernando abrió los ojos.
—¿Para salvarte?
—No.
La grabación hizo una pausa.
—Para capturarme.
Fernando retrocedió.
Yo sentí que las piernas me temblaban.
Nicholas continuó:
—Fernando recibió una orden.
Otra pausa.
—Y la cumplió.
El grabador emitió un pequeño chasquido.
Después, la última frase:
—Pero cuando descubrió quién era la persona que debía entregar...
La grabación terminó.
Fernando se quedó mirando el aparato.
—¿Quién? —susurré.
No hubo respuesta.
Solo silencio.
Entonces escuchamos tres golpes en la puerta.
Toc.
Toc.
Toc.
Fernando levantó el arma.
—Quédate detrás de mí.
Los golpes volvieron a sonar.
Toc.
Toc.
Toc.
Una voz habló desde el otro lado.
—Fernando.
Era Nicholas.
—Sé que estás ahí.
Fernando apuntó hacia la puerta.
—¿Cómo sé que eres tú?
Silencio.
Después la voz respondió:
—Porque solo tú recuerdas lo que pasó aquella noche.
Fernando palideció.
—Yo no recuerdo nada.
La respuesta llegó inmediatamente.
—Eso es lo que ellos querían.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Y antes de que pudiéramos ver quién estaba detrás...
La voz susurró:
—Fernando, tú fuiste quien me entregó al Círculo.
La puerta terminó de abrirse.
Y el hombre que apareció frente a nosotros no era Nicholas.
Era Alexander Blackwood.