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Capítulo 18
Capítulo 18: La caja bento
—Ven —repitió Sebastián.
Jenny se quedó parada junto a la cama, con la toalla apretada al cuello. La marca. Bajo la luz encendida, cualquier caricia terminaría en el cuello, y ahí estaba la prueba de Lucas, morada, imposible de explicar.
—Hoy no —dijo, y buscó a tientas la excusa—. No es día... no es mi día fértil.
—No me importa. —Sebastián se incorporó.
—De verdad estoy muerta del trabajo. —Retrocedió un paso—. La próxima, ¿sí? Hoy de verdad no quiero.
Él se detuvo. Algo se apagó en su gesto. Jenny esperó el reproche, el portazo, la retirada glacial de siempre. Pero Sebastián solo suspiró, se pasó la mano por el pelo y, en lugar de irse, apagó la luz.
—Entonces ven a dormir —dijo—. Hoy quiero dormir abrazándote. Nada más.
La atrajo bajo las cobijas y la rodeó con el brazo. Solo el abrazo. Su respiración se acompasó despacio contra la nuca de ella.
Jenny se quedó rígida, mirando la oscuridad. "El hombre es como un papalote", pensó. "Entre más jalas el hilo, más se aleja. Y en cuanto lo sueltas un poco, regresa solito." Toda la vida lo había perseguido —le había rogado atención, cariño, una noche de estas—, y había bastado con darle la espalda una semana para tenerlo ahora pegado a su cuerpo, respirándole en la nuca como si temiera que se le fuera de las manos. Qué ironía. Justo cuando dejó de quererlo con desesperación, él empezó a querer quedársela.
—Te noto rara estos días —murmuró él contra su pelo—. ¿Te aburriste de la ciudad? Podríamos irnos por ahí. Un viaje. Nunca hemos ido a ningún lado juntos, ni de luna de miel.
El collar de aquella luna de miel que no fue había sido, en su momento, otra compensación.
—Cuando termines tu trabajo —lo despachó ella.
Sebastián no insistió. Al rato, su respiración se hizo profunda.
Jenny tardó en dormirse, y cuando lo hizo, soñó.
Soñó que estaba en casa de Lucas, besándolo, con las manos de él enredadas en su pelo, y que la puerta se abría de golpe. Sebastián, que había vuelto por unos papeles olvidados, los miraba desde el umbral con una cara que ella no le conocía: no era rabia, era algo peor, una decepción tan honda que parecía haberlo vaciado por dentro. Luego todo se precipitaba, como en las pesadillas, sin transición. Los Fonseca quebraban de la noche a la mañana. Su padre la señalaba a gritos en la sala de la casa vieja: "Nos hundiste, nos hundiste a todos". La prensa la despedazaba en primeras planas, con su foto y un titular enorme. Los del sector la borraban. Y al final, una secretaria de traje gris, con la cara sin rasgos, le extendía sin mirarla un convenio de divorcio y una pluma. Firme aquí, señora. Firme aquí. Aquí.
Despertó de un tirón, empapada en sudor, con el corazón desbocado y la sábana pegada a la espalda. Tardó un segundo en reconocer su propia recámara. Junto a ella, Sebastián dormía de lado, la respiración pareja, ajeno a todo. Era de madrugada. Se llevó la mano al pecho y esperó a que el pulso bajara, pero no bajó. Se quedó con los ojos abiertos hasta que el cielo empezó a aclararse, entendiendo por fin, con el cuerpo y no solo con la cabeza, de qué tamaño era lo que arriesgaba. No era un desliz. Era una bomba con el reloj andando.
Al día siguiente, en el estudio, Ximena tenía permiso. Estaban solos ella y Lucas.
Él llegó con dos cafés. Le quitó de la mano el americano frío que ella se había servido y le puso en su lugar uno caliente.
—El frío te hace daño —dijo, sonriendo—. Hoy nomás somos tú y yo, Jenny. —Bajó la voz—. Podríamos seguir con lo del plátano de ayer, ¿no?
Jenny lo esquivó toda la mañana. La pesadilla seguía pegada a su piel como una segunda camisa mojada. Se escudó en la pantalla, en los pendientes, en revisar por tercera vez páginas que ya estaban bien, en cualquier cosa que la mantuviera lejos de la mesa de él. Cada vez que Lucas se levantaba por agua, ella se tensaba entera.
Y Lucas, cosa rarísima en él, no insistió. Ni un mensaje de la computadora, ni un roce al pasar, ni una de sus bromas de doble sentido. Se quedó dibujando en silencio, con la cabeza gacha y el lápiz corriendo suave sobre la tableta. Pero de vez en cuando levantaba la vista y la miraba, y por sus ojos cruzaba algo, una sombra oscura, quieta, indescifrable, que a Jenny le erizaba la nuca sin saber por qué. Había aprendido a temerle más a ese silencio que a sus provocaciones. Cuando Lucas hacía berrinche, sabía qué quería. Cuando se callaba así, no sabía qué estaba calculando.
Al mediodía se ofreció ella misma a bajar por la comida, con tal de salir de ahí.
En la planta baja del edificio había abierto hacía poco un restaurante japonés: Sushi Matsu. Entró. Detrás de la barra, un hombre limpiaba un cuchillo con movimientos pausados. Al verla, dejó todo.
—Buenas tardes —dijo, y sonrió. Se le hicieron dos hoyuelos. Tenía cara y voz de galán de telenovela clásica, de esos que ya no se ven—. ¿La atiendo yo? Soy el dueño. Mateo.
—Renata —dijo ella—. Voy a llevar comida para dos.
Mateo se tomó su tiempo. Le fue armando los platos con una parsimonia elegante, cortando el pescado en láminas parejas, y mientras tanto le fue platicando: del arroz, que él mismo avinagraba a mano; de la temporada del atún; de por qué ese barrio de la Condesa, con sus árboles y su gente creativa, le había gustado para abrir. Tenía una voz cálida, bien modulada, de las que dan ganas de seguir oyendo. Veinte minutos se le fueron a Jenny sin sentirlos, apoyada en la barra, contestándole a medias y sonriendo sin querer. Y cuando ella no veía, él le deslizaba en la charola una porción de más de erizo, otra de hueva de salmón, lo más caro de la carta.
—Se la echo de cortesía —dijo, con los hoyuelos—. Para que vuelva.
Le entregó la comida en una caja bento de madera, hermosa, con la marca del restaurante grabada al fuego y un número de serie tallado en la base.
—Esta me la regresa cuando termine —dijo Mateo, sosteniéndole la mirada un segundo de más—. Así tengo con qué volver a verla.
Jenny sonrió sin comprometerse y subió con la caja bajo el brazo.
Cuando abrió la puerta del estudio, se le cayó el alma.
Lucas estaba desplomado sobre el escritorio. Tenía las mejillas de un rojo antinatural, la mirada vidriosa, y temblaba.
—¡Lucas! —Corrió a tocarle la frente. Ardía—. Tienes fiebre. Te vas a tu casa, ahorita mismo.
—No quiero —murmuró él, aferrándose al borde de la mesa—. Me quedo contigo.
—Lucas.
—No.
—A la cuenta de tres recoges tus cosas —dijo Jenny, con el tono con que se habla a un niño terco—. Tres.
—Jenny...
—Dos.
—No seas mala.
—Uno.
Lucas puso los ojos en blanco, resopló como un chiquillo regañado y se levantó, arrastrando los pies, a guardar sus cosas. Al dar el primer paso, la pierna se le "dobló" y cayó de lado, justo contra el brazo de ella, que alcanzó a sostenerlo.
—Ay, me mareo —dijo contra su hombro, con los ojos cerrados y una debilidad perfectamente medida—. Llévame tú. En coche. No puedo solo.
Jenny suspiró. Cargó con él hasta el elevador. Ya adentro, mientras bajaban, se acordó de algo.
—Oye, ¿tienes medicina para la fiebre en tu casa? Si no, paramos a comprar.
Lucas, que iba recargado en la pared con los ojos entrecerrados, los abrió de golpe. Por ellos pasó un destello pícaro, despierto, nada febril.
—Sí tengo —murmuró bajito, muy bajito—. Sí tengo, Jenny.