Aurora Rivas solo quería sobrevivir aquella noche.
Traicionada por su prometido, drogada por su propia familia y perseguida en un hotel de lujo, terminó en brazos de Damian Montero, el hombre más poderoso de la Ciudad de México… y el Alfa de la manada más antigua.
Para Aurora fue una noche que debía olvidar.
Para Damian, fue el despertar de su lobo.
Ella huyó antes del amanecer sin saber que la mordida que dejó en su hombro no era una simple marca, sino el lugar exacto donde una Luna reclama a su Alfa.
Semanas después, Aurora descubre que está embarazada.
No de un bebé.
De cuatro.
Ahora la familia que quiso destruirla quiere arrebatarle lo único que le queda, mientras la manada Montero empieza a inclinarse ante una humana que jamás pidió ser reina.
Aurora no sabe que nació Luna.
Damian sí.
Y esta vez, el Alfa no va a dejar escapar a su pareja destinada.
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Capítulo 7
Capítulo 007: ¡Esta casa era de los Luna!
Aurora entró a la casa Rivas con el celular encendido dentro del bolsillo.
No estaba grabando.
Todavía.
Primero necesitaba saber hasta dónde pensaban llegar.
El recibidor olía a flores caras y a cera para pisos. Patricia siempre mandaba encerar la casa cuando esperaba visitas importantes, como si el brillo pudiera borrar lo que pasaba adentro.
Ricardo Rivas estaba de pie en la sala.
No sentado.
De pie.
Eso significaba que quería actuar como juez.
Llevaba camisa azul, reloj de oro y la cara roja de furia. Mariana estaba en el sofá con un pañuelo en la mano, los ojos hinchados de tanto fingir llanto. Felipe Herrera se encontraba junto a ella, muy correcto, muy limpio, con el gesto preocupado de un hombre que ya había elegido a quién creer antes de escuchar.
Aurora cerró la puerta detrás de sí.
Patricia se quedó a un lado, lista para llorar cuando le tocara.
—Mira nada más —dijo Ricardo—. La señorita por fin se digna a venir.
Aurora no respondió.
Ricardo señaló la mesa de centro.
Sobre el vidrio había varias capturas impresas: la foto del hotel, comentarios de Facebook, el video editado de la cachetada.
Nada del video completo.
Por supuesto.
—¿Qué tienes que decir?
Aurora miró las hojas.
—Que gastaste tinta en basura.
El golpe llegó antes de que terminara de hablar.
Ricardo le pegó con el dorso de la mano, y el anillo le rozó el pómulo. Aurora retrocedió un paso y sintió el sabor metálico en la boca otra vez.
Patricia soltó un grito.
—¡Ricardo!
Pero no se movió.
Mariana se tapó la boca.
Felipe frunció el ceño, más incómodo por la escena que por el golpe.
Aurora se llevó una mano a la mejilla.
Le ardía.
Más que el golpe, le ardió reconocer lo acostumbrada que estaba a esa casa midiendo el amor con amenazas.
Ricardo respiraba fuerte.
—No me faltes al respeto en mi casa.
Aurora bajó la mano.
—Tu casa.
Ricardo entrecerró los ojos.
—¿Qué dijiste?
Aurora no repitió.
Todavía no.
Patricia se acercó a Ricardo y le tocó el brazo.
—Amor, cálmate. No vale la pena que te alteres. Ella está confundida.
—No estoy confundida —dijo Aurora.
Mariana soltó un sollozo.
—Aurora, por favor. Ya nos hiciste suficiente daño.
Aurora la miró.
La hermana menor llevaba un conjunto color crema, pulsera de perlas y el cabello perfectamente ondulado. Parecía una víctima de catálogo.
—¿Yo?
—Esa publicación nos está destruyendo —dijo Mariana—. Todos creen que nuestra familia...
—¿Nuestra?
Mariana apretó el pañuelo.
—Papá no ha dormido por tu culpa. Felipe está humillado. Yo tuve que cerrar mis redes porque tus amigas me están atacando.
Aurora soltó una risa corta.
—Te drogaron a ti, entonces.
Mariana palideció apenas.
Ricardo golpeó la mesa con la palma.
—¡Basta!
—No, papá. No basta. Felipe me dio la copa. Mariana estaba ahí. Bruno me siguió por el pasillo. Y ahora mágicamente hay una foto tomada justo en el momento perfecto para hacerme ver como una cualquiera.
Felipe levantó la cabeza.
—Cuidado con lo que insinuas.
Aurora lo miró por primera vez.
—¿Insinúo? ¿Quieres que sea más clara?
Felipe se puso rígido.
Era guapo de una forma cómoda, sin peligro. Camisa clara, zapatos caros, cabello bien peinado. Durante años, Ricardo lo había presentado como "un buen muchacho", "un buen partido", "un hombre conveniente".
Conveniente para todos menos para ella.
—Tú me diste esa copa —dijo Aurora—. La dejaste en mi mano y luego desapareciste.
—Era champaña.
—Entonces bébete tú la próxima.
Mariana se levantó.
—¡No le hables así!
Aurora giró hacia ella.
—¿Te preocupa Felipe? Qué raro. Pensé que solo lo usabas para ayudarme.
Mariana abrió los ojos, ofendida.
—No sé qué te pasa.
—Te pasa a ti. Estás tan acostumbrada a llorar y que todos corran a limpiarte la cara que se te olvidó ensayar mejor.
Patricia intervino, con voz dulce.
—Aurora, mi niña, estás lastimada y por eso dices cosas horribles.
Aurora sintió asco.
—No me digas mi niña.
—Yo te crié.
—Tú vendiste mi piano cuando tenía diez años porque decías que hacía demasiado ruido.
Patricia perdió un segundo la expresión.
Ricardo la miró.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Todo tiene que ver —dijo Aurora—. Mariana me empujó por las escaleras ese mismo año y Patricia dijo que yo me había caído por hacer berrinche. Mariana rompió las fotos de mi mamá y Patricia dijo que eran cosas viejas. Mariana me encerró en el cuarto de lavado y Patricia dijo que yo quería llamar la atención.
Mariana empezó a llorar de verdad o de rabia. Daba igual.
—¡Eso no es cierto!
Aurora sacó el celular nuevo del bolsillo.
Todos miraron el aparato.
Ricardo frunció el ceño.
—¿De dónde sacaste eso?
—Qué curioso que eso sea lo que te preocupa.
Felipe dio un paso.
—Aurora, no hagas un escándalo más grande.
—¿Más grande que drogar a tu prometida para entregársela a un matón?
Felipe se puso rojo.
Ricardo miró a Felipe.
—¿Prometida?
Aurora sonrió sin humor.
—¿No te avisaron? Mientras tú me vendías como alianza familiar, tu futuro yerno estaba abrazando a Mariana en el hotel.
Mariana se llevó una mano al pecho.
—¡Eso es mentira!
—Mírame.
Mariana se quedó quieta.
Aurora caminó hacia ella.
Felipe quiso ponerse en medio.
—No te acerques.
Aurora lo miró con una calma que no sentía.
—Quítate.
—Aurora...
—¿No eras mi prometido? ¿Y ahora abrazas a la mujer que me drogó?
Felipe no se movió.
Aurora levantó el celular.
—Di delante de la cámara que no me diste esa copa.
Felipe miró el teléfono.
Luego a Ricardo.
Luego a Mariana.
Ese segundo de duda fue más útil que una confesión.
Ricardo lo vio.
Su cara cambió.
—Felipe.
—Señor Rivas, yo...
Mariana lloró más fuerte.
—¡No puedo creer que le creas! ¡Siempre haces lo mismo, Aurora! Siempre quieres quitarme todo. A mi papá, mi casa, mi felicidad. Ahora también quieres arruinar mi reputación.
Aurora sintió que algo viejo se rompía.
Mi papá.
Mi casa.
Mariana lo decía como si hubiera nacido con derecho a todo.
Como si Aurora hubiera sido la invitada.
Como si Selene Luna nunca hubiera existido.
Aurora bajó el celular.
—Jura.
Mariana parpadeó.
—¿Qué?
—Jura que no fuiste tú.
Patricia dio un paso.
—Basta con esta ridiculez.
Aurora no la miró.
—Mírame y júramelo, Mariana. Jura por la Virgencita que no me tendiste una trampa. Jura por la tumba de mi madre que no sabías lo que Bruno iba a hacer.
Mariana abrió la boca.
No salió nada.
Ricardo la miró.
—Mariana.
—Papá, no voy a participar en sus locuras.
—Jura —repitió Aurora.
—¡No tengo que jurarle nada!
—Porque no puedes.
—Porque no quiero rebajarme a tu nivel.
Aurora se acercó un paso más.
—Mi nivel es estar de pie después de que intentaste destruirme. El tuyo es esconderte detrás de mamá y de Felipe porque sola no puedes ni mentir bien.
Mariana levantó la mano.
Aurora la atrapó en el aire.
El salón quedó congelado.
Aurora apretó la muñeca de Mariana lo suficiente para que ella soltara un quejido.
—No vuelvas a intentar tocarme.
Patricia corrió a separarlas.
—¡Suéltala! ¡Bestia!
Aurora soltó a Mariana y giró hacia Patricia.
—Bestia era lo que decías de mí cuando tenía ocho años y lloraba por mi mamá.
Patricia se quedó muda.
Ricardo dio un paso hacia Aurora.
—Ya basta.
—No. Ahora me toca a mí.
—Te estás olvidando de quién manda aquí.
Aurora miró alrededor.
La sala con cortinas caras.
El cuadro que Selene había comprado en San Ángel.
El piano que ya no estaba.
La vitrina donde Patricia puso porcelanas sobre el lugar donde antes Don Augusto guardaba muestras de fragancias.
Todo lo que habían cambiado para borrar a los Luna.
Pero las paredes seguían siendo las mismas.
Aurora levantó la voz.
—¡Esta casa era de los Luna!
Ricardo se quedó quieto.
Mariana dejó de llorar.
Patricia abrió mucho los ojos.
Aurora señaló el suelo bajo sus pies.
—Antes de que tú llegaras como un ladrón con traje barato, esta era la casa de mi madre. Esta sala era de Selene Luna. La empresa que usas para fingir que eres empresario era de mi familia. BellaRiva se construyó encima del nombre que robaste.
Ricardo palideció de rabia.
—Cállate.
—¿Por qué? ¿Te da miedo que Felipe se entere de que no te casaste con mi mamá por amor, sino por una empresa que nunca pudiste levantar solo?
—¡Aurora!
—¿O te da miedo que Mariana recuerde que todo lo que presume salió del apellido que tú me quitaste?
Ricardo levantó la mano.
Aurora no se movió.
—Pégame otra vez —dijo—. Pero hazlo frente a la cámara.
Ricardo vio el celular en su mano.
La bajó despacio.
Ese pequeño retroceso le supo a victoria.
Mariana lo notó y entró en pánico.
—Papá, ¿de verdad vas a escucharla? Ella es la que se fue con un hombre. Ella es la que golpeó a un compañero en la universidad. Ella es la que nos está avergonzando.
Aurora se volvió hacia Felipe.
—Y tú. ¿Vas a seguir fingiendo que eres mi prometido?
Felipe apretó los labios.
—Después de lo que hiciste, no sé qué somos.
Aurora soltó una risa.
—Qué conveniente.
—No puedes culparme por estar confundido.
—No, Felipe. Te culpo por ser cobarde.
Felipe dio un paso hacia ella.
—Cuidado.
—¿También me vas a golpear?
El rostro de Felipe se tensó.
Ricardo intervino:
—Basta. Vamos a resolver esto como familia.
Aurora lo miró.
La palabra familia le quedó tan falsa en la boca que casi sonó graciosa.
—Yo no tengo familia aquí.
Patricia se llevó el pañuelo a los ojos.
—Después de todo lo que hicimos por ti...
—¿Qué hicieron por mí? ¿Cambiarme el apellido? ¿Vender mis cosas? ¿Usar la clínica de mi bisabuelo como correa? ¿Dejar que Mariana me tratara como basura porque tú no soportabas ver la cara de Selene en mí?
Patricia bajó el pañuelo.
Por primera vez, su cara no tuvo lágrimas.
Tuvo odio.
—Tu madre no era una santa.
La temperatura de Aurora cambió.
—No hables de ella.
Patricia sonrió apenas.
—Selene también cometió errores. El primero fue tenerte.
Aurora cruzó la sala en dos pasos.
Ricardo la sujetó del brazo antes de que llegara a Patricia.
—¡Contrólate!
Aurora intentó soltarse.
—¡Suéltame!
Ricardo apretó más fuerte.
El dolor le subió por el brazo.
El celular casi se le cayó.
Felipe se acercó para ayudar a Ricardo a contenerla.
Mariana aprovechó el movimiento.
Sus dedos se engancharon en el cuello de la sudadera de Aurora y tiraron hacia abajo.
La tela cedió.
El hombro de Aurora quedó expuesto.
Y con él, las marcas que la noche del hotel había dejado en su piel.
Felipe se quedó mirando.
Ricardo también.
La sala se hundió en un silencio espeso.
Mariana soltó la tela con falsa sorpresa.
—Ay, Aurora...
Patricia fue la primera en hablar.
—Dios mío.
Felipe la miró como si acabara de descubrir un insulto personal.
—¿Quién te hizo eso?
Aurora se cubrió el hombro de golpe.
—No es asunto tuyo.
Ricardo respiró con dificultad.
—Así que era verdad.
—No.
—Llegas marcada como cualquiera y todavía te atreves a gritar en mi sala.
Aurora sintió que la rabia le nublaba la vista.
—No me llames cualquiera.
Felipe dio otro paso.
—¿Quién fue?
—Te dije que no es asunto tuyo.
—¡Ibas a casarte conmigo!
—Tú me drogaste.
—¡No digas estupideces!
El timbre sonó.
Nadie se movió.
Volvió a sonar.
Patricia miró a Mariana.
Mariana se limpió las lágrimas con lentitud. En sus ojos apareció algo que Aurora conocía demasiado bien.
Triunfo.
Patricia fue a abrir.
Aurora acomodó la sudadera sobre su hombro, respirando rápido.
La puerta se abrió.
Bruno Zavala estaba del otro lado.
Tenía el rostro golpeado, el labio partido y una sonrisa falsa pegada a la cara.
—Buenas noches —dijo—. Vine a hablar sobre lo que pasó en el hotel.
Mariana bajó la mirada para esconder su sonrisa.
Aurora sintió que el estómago se le revolvía.
La trampa todavía no terminaba.
El único de acero es el abuelo Esteban 😜
ud es querendona y alborotadora 🤭