Ella murió a manos de su propia hermana. Pero el destino le dio una segunda oportunidad: despertó en el cuerpo de una mujer inteligente, carismática y casada con el hombre más poderoso y deseado. El mismo hombre por el que siempre había sentido admiración.
Todo parece un sueño hecho realidad. Hasta que descubre que el "amor del pasado" de su esposo no es otra que su asesina.
Ahora, atrapada en un matrimonio que cree una farsa, solo quiere una cosa: el divorcio y la libertad para vengarse. Pero su esposo, frío e implacable con el mundo, se convierte en un muro de fuego cuando ella pronuncia la palabra "Divorcio".
Él no piensa soltarla. Ella no piensa quedarse.
Y entre la venganza, los secretos y un deseo que ninguno de los dos puede controlar, comienza una guerra de poder donde el amor se disfraza de odio... y la verdad podría ser el arma más peligrosa de todas.
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Capítulo 17: la Verdad es agridulce
El auto se detuvo frente a la mansión. Alessandra bajó con un desgano que le pesaba en cada movimiento. Sus piernas se movían por inercia, como si el cuerpo funcionara solo mientras su mente estaba en otro lugar. Entró a la casa sin mirar a Clara, que la saludó desde la cocina. Subió las escaleras con pasos lentos, pesados, como si cada escalón le costara un esfuerzo enorme.
Llegó a la habitación. Se sentó en el borde de la cama y se quedó allí, mirando la nada.
No quería creer en lo que había visto. No quería aceptar que todo lo que había construido en su mente, las pequeñas esperanzas, los momentos de conexión, los gestos de Dante... todo era una ilusión.
Pero tampoco podía ser estúpida.
Había escuchado las palabras de Fernanda. Había visto el silencio de Dante. Había sentido en su piel la verdad que ambos intentaban ocultar.
Era un reemplazo.
Una sonrisa amarga se formó en sus labios mientras sus ojos recorrieron la habitación. La cama donde dormían juntos. La mesita de noche de él. El armario donde guardaba sus cosas.
Y entonces, algo la impulsó a levantarse. Un impulso que no podía controlar, una necesidad de saber la verdad completa, de confirmar lo que ya sospechaba.
Caminó hacia la mesita de noche de Dante. Abrió el cajón con manos temblorosas. No sabía qué esperaba encontrar. Quizás nada. Quizás solo una confirmación de que estaba loca.
Pero lo que encontró fue peor que cualquier confirmación.
Una caja. Y al sacarlo, una serie de fotos cayeron al suelo.
Cayeron una tras otra, como un eco de la verdad que no quería aceptar. Alessandra se quedó paralizada un momento, mirando las imágenes esparcidas en el suelo. Luego, lentamente, se agachó y las tomó.
Todas eran de Fernanda.
Una foto de ella en un aeropuerto. Otra en una calle de París, con un café en la mano. Otra en un museo, mirando un cuadro. Otra en una terraza, riendo con alguien. Y en cada una, una fecha escrita al reverso. Fechas que coincidían con los años que Fernanda había estado en el extranjero.
Dante había estado pendiente de ella todo ese tiempo.
Alessandra sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Pero no lloró. En lugar de eso, una sonrisa se formó en sus labios. Una sonrisa irónica, dolorosa, que no llegaba a sus ojos.
—Esto tiene que ser una broma—murmuró, pasando los dedos por una de las fotos—. Porque.
No era un reemplazo. Era peor que eso. Era un consuelo. Una muleta. Algo para llenar el vacío que Fernanda había dejado mientras él la esperaba.
Y ella, estúpida, había empezado a creer que algo podía ser diferente.
Se quedó allí, sentada en el suelo, con las fotos en las manos. Las lágrimas amenazaban con caer, pero ella las contuvo. No iba a llorar por un hombre que nunca la había amado. No iba a derramar ni una lágrima por alguien que la había usado como un consuelo.
—Qué patética soy —susurró, y la sonrisa en sus labios se hizo más ancha—. Qué ridícula.
Recogió las fotos lentamente, una por una. Las ordenó con cuidado, como si estuviera manejando algo frágil. Las volvió a poner dentro del diario y lo cerró. Lo colocó de nuevo en el cajón, exactamente como lo había encontrado.
Actuó como si nada hubiera pasado.
Se levantó, se quitó el vestido y se metió en la ducha. El agua caliente corrió por su cuerpo, pero no logró calentar el frío que sentía en el pecho. Se quedó allí, bajo el chorro, con los ojos cerrados y la mente en blanco.
Cuando salió, se puso la ropa de dormir y se acostó. Miró el techo un momento, sintiendo el peso de la verdad sobre su pecho.
Y entonces, escuchó el motor del auto detenerse afuera.
Dante había llegado.
Escuchó su voz en la entrada, despidiéndose de su madre. Luego, sus pasos en las escaleras. Luego, la puerta de la habitación abriéndose.
Alessandra cerró los ojos y fingió estar dormida.
Sintió que él se acercaba a la cama. Sintió su peso al sentarse en el borde. Sintió su mirada sobre ella, evaluándola, como siempre hacía.
—¿Alessandra? —susurró, con voz baja.
Ella no respondió. No se movió.
Dante suspiró. Se levantó y se fue al baño. El sonido de la ducha corriendo llenó la habitación.
Alessandra abrió los ojos y miró la oscuridad. Sus dedos se aferraron a la sábana con fuerza.
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El sol de la mañana se filtraba a través de las cortinas cuando Alessandra abrió los ojos. Había dormido mal. O mejor dicho, apenas había dormido. Pasó la noche dando vueltas en la cama, sintiendo el calor del cuerpo de Dante a su lado, escuchando su respiración profunda y regular mientras él dormía plácidamente.
No podía dormir. No podía dejar de pensar.
Se levantó antes de que él despertara. Se duchó, se vistió con ropa cómoda y bajó al comedor con el cabello aún húmedo y la mirada fija en algún punto lejano.
Clara ya había preparado el desayuno. La mesa estaba puesta con fruta fresca, pan recién horneado, café y jugo. El aroma invadía la casa, pero Alessandra apenas lo notó.
Se sentó en su lugar habitual y tomó una taza de café. No tenía hambre. Solo quería llenar el vacío en su estómago con algo caliente.
—Buenos días, hija —dijo una voz alegre desde la entrada.
Alessandra levantó la vista y vio a Elisa entrar con una sonrisa radiante. Llevaba un vestido color crema y un bolso grande, como siempre. Parecía estar de buen humor.
—Suegra—respondió Alessandra, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Buenos días. ¿Qué la trae por aquí tan temprano?
—Quería verte —dijo Elisa, sentándose frente a ella—. Ayer te fuiste tan rápido de la fiesta que no pude despedirme bien. ¿Te sientes mejor?
—Sí, mucho mejor —mintió Alessandra, tomando un sorbo de café—. Solo estaba cansada. El evento fue agotador.
Elisa la miró con atención. Sus ojos, siempre tan perspicaces, parecían buscar algo en el rostro de su nuera. Pero no dijo nada. Solo sonrió y pidió un café a Clara.
—¿Y Dante? —preguntó, cambiando de tema—. ¿Ya se levantó?
—Debe estar por bajar —respondió Alessandra, con indiferencia.
Como si la hubieran invocado, Dante apareció en la escalera. Llevaba un traje gris claro, el cabello aún húmedo de la ducha, y una expresión seria que se suavizó apenas al ver a su madre en la mesa.
—Mamá —dijo, acercándose para darle un beso en la mejilla—. ¿Qué haces aquí tan temprano?
—Quería ver a mi nuera —respondió Elisa, con un tono que pretendía ser casual—. Ayer se fue tan rápido que no pude hablar con ella.
Dante asintió y se sentó en su lugar habitual, junto a Alessandra. Clara colocó un plato frente a él con tostadas y mermelada. Él tomó su café y comenzó a desayunar en silencio.
El silencio se instaló en la mesa.
Elisa intentó mantener la conversación, hablando del clima, de las flores del jardín, de algún vecino que había remodelado su casa. Pero Alessandra solo asentía de vez en cuando, sin realmente escuchar.
Y Dante, sentado a su lado, comenzó a notarlo.
Su esposa no lo miraba. No le sonreía. No hacía ningún comentario sobre el desayuno o sobre la noche anterior. Simplemente se mantenía allí, distante, como si estuviera en otro lugar.
Él pensó que quizás solo estaba de mal humor. Había dormido mal, tal vez. O tenía algún problema. No le dio mayor importancia.
Cuando terminó de desayunar, Dante se levantó y se acercó a ella. Su intención era darle un beso de despedida, Se inclinó hacia ella, pero Alessandra se movió antes de que sus labios tocaran su mejilla.
—Voy tarde —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Tengo que salir.
Dante se quedó con el beso en el aire, su cuerpo inclinado hacia ella, su rostro a centímetros del de ella. Por un momento, no supo qué hacer. Sus brazos quedaron suspendidos, su expresión se congeló en una mezcla de sorpresa y desconcierto.
Alessandra ya estaba de pie, alejándose hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó él, recuperándose.
—Tengo cosas que hacer —respondió ella, sin mirar atrás—. No te preocupes. Volveré más tarde.
Salió de la casa sin decir más, subiéndose al auto que ya la esperaba. El motor arrancó y el vehículo se perdió por el camino de entrada, dejando una nube de polvo en el aire.
Dante se quedó en el umbral de la puerta, con la mirada fija en el auto que se alejaba. Su rostro era una máscara de confusión.
Elisa se levantó de la mesa y caminó hacia él. Su mirada era seria, sus brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Qué le hiciste? —preguntó, con un tono que no admitía evasivas.
Dante se giró hacia ella, sorprendido.
—¿Yo? Nada. Solo se levantó de mal humor.
—No es de mal humor, Dante. Está enojada. Y no es difícil darse cuenta. ¿Qué pasó anoche?
—No pasó nada —dijo él, con un tono defensivo—. Llegué, ella estaba dormida. No hablamos.
—¿Estás seguro?
—Mamá, no sé qué quieres que te diga. No sé qué le pasa.
Elisa lo miró largamente. Sus ojos lo evaluaban, buscando la verdad detrás de sus palabras. Luego, suspiró con cansancio.
—Eso es lo que quiero saber, Dante —dijo, con voz firme—. ¿Qué le hiciste? Porque esa mujer no está de mal humor. Parece molesta. Y no es difícil verlo.
Dante apretó la mandíbula. No respondió. Solo se giró y subió a su auto, donde Nicolás lo esperaba al volante.
—Vámonos —dijo, con voz cortante.
El auto arrancó y salió del camino de entrada. Dante miró por la ventanilla, pensando en la sonrisa fría de Alessandra. En la forma en que se había apartado de su beso. En la distancia que había puesto entre ellos.
No sabía qué había hecho. No sabía por qué ella estaba así.
Pero algo en su pecho se movió. Un presentimiento. Una incomodidad que no lograba sacudirse.
Algo había pasado. Y él iba a descubrir qué era.
por que dejó así de rápido dieran con ella la descubrirán que ella es la dueña de esa agencia
será que ése viejo sabe que Fernanda mato a Ana y por eso no quiso investigaciónes.!!?? 😱
Alessandra mal interpretó todo o no puede que el todavía sienta algo por la zorra esa