"Él fue mi primer amor y yo el suyo, estuvimos juntos en nuestros peores y mejores momentos, sin embargo ahora me estaba cambiando por alguien más joven."
Karla nunca estuvo preparada para descubrir la infidelidad del hombre que consideraba el amor de su vida, y mucho menos para ser echada a la calle tras una vida entera de entrega. Por si fuera poco, el desprecio de sus propios hijos —al no encajar en su ideal de madre— termina de destrozar su mundo. Con el corazón roto y la vida en ruinas, Karla se encuentra en un punto de no retorno: dejar que el dolor la consuma o reunir las fuerzas para sanar y reconstruirse desde cero.
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Lloraste de nuevo
Me tragué mis lágrimas y decidí marcharme. El pastel que sostenía en las manos se sentía como una piedra caliente que me recordaba todo el desamor que estaba recibiendo.
— No puedes llorar, Karla. No lo hagas. Ya lloraste suficiente. No puedes seguir haciéndolo. Aunque duela, aunque te queme... no lo hagas. No llores. No llores.
Aunque me dije eso a mí misma, la desolación que sentí en mi interior al saberme odiada y despreciada por mis hijos no tenía comparación. Sin más, me dirigí hacia el parque más cercano y me senté en un columpio. Algunos niños estaban jugando a mi alrededor; escuchar sus risas y su alegría me recordó de inmediato a los míos.
— Señora, ¿su hijo cumple años? —me preguntó un pequeño luego de un rato.
— No —le respondí con suavidad.
— ¿Entonces para quién es ese pastel? ¿Acaso lo compró porque sacó una buena nota? Yo quisiera una madre como usted —dijo con emoción, haciendo que sintiera una presión enorme en el corazón.
— Sí... —respondí mientras intentaba hacer el ademán de una sonrisa.
Como había empezado a oscurecer, decidí que era hora de marcharme. Recogí el pastel mientras pensaba qué hacer con él. Ni siquiera tuve que pensarlo dos veces: en cuanto vi un bote de basura, lo tiré sin dudar, exactamente igual a como mis sentimientos acababan de ser desechados.
Cuando regresé a casa, Regina estaba preparando la cena. Al verme llegar, dejó de lado la espátula.
— Lloraste de nuevo —más que una pregunta, fue una afirmación—. Fuiste a ver a tus hijos y tal parece que las cosas no salieron bien. Dime, Karlita, ¿qué fue lo que pasó?
Suspiré mientras me desahogaba:
— Es una tontería. Sabía que las cosas tal vez no saldrían como esperaba, y así fue. Ni siquiera quisieron verme. Tal parece que las mentiras que su padre les dijo sobre mí hicieron que hasta les diera asco verme.
Regina se quedó pensativa ante mi explicación antes de decir con suavidad algo que me dejó reflexionando:
— ¿Ellos te lo dijeron de frente? ¿Tuviste la oportunidad de verlos a los ojos?
— No...
— Entonces, ¿no has pensado en la posibilidad de que sean Armando y Cristel los que no permiten que los veas? Piénsalo, Karla. Tú has criado a esos niños. Puede ser que en un principio se hayan hecho una idea equivocada por las cosas que escucharon de Armando; sin embargo, no son tontos ni ingenuos, y con el pasar de los días habrán tenido tiempo suficiente para pensar. Puede que en este mismo momento te estén extrañando. Tú eres su madre, y eso nadie te lo puede quitar.
Me mordí el labio con nerviosismo.
— ¿Tú crees?
— No lo sé —respondió Regina—, pero tienes el derecho de verlos, ya sea que te extrañen o no. Es tu derecho, Karla.
— Pero esa mujer sonaba tan segura de que ellos no me querían ver... En fin. Si lo que dices es cierto, trataré de acercarme a ellos el día que vayan al picnic escolar. Y si tienes razón, si compruebo que no son felices a su lado, entonces denunciaré a Armando.
Regina sacudió la cabeza como si algo le hubiera parecido irónicamente gracioso.
— De algo estoy segura, Karla: y es que no van a ser felices a su lado. Armando nunca fue un buen padre. Solo se encargaba de darles dinero, jamás los acompañó a un evento escolar ni los ayudó a hacer la tarea. Vas a ver que todo este show que armó se le va a desbaratar. Cuando caiga el telón, volverá a ser el mismo hombre irresponsable de siempre.
— No quiero que los niños sufran —le dije—. No deberían estar pasando por esto, ni estar en medio de esta disputa.
— Pero lo están, Karla. Vamos, date un baño, que hice unos ricos pimientos rellenos. No te sientas triste; primero habla directamente con los niños y luego decides qué hacer.
Sonreí ante sus palabras y me dirigí al baño a lavar mis penas y mis amarguras.
Cuando salí, la comida ya estaba servida. Regina sonrió en cuanto me vio, haciendo que me acercara a ella para darle un abrazo apretado.
— Gracias por ser mi voz de la conciencia, gracias por estar a mi lado y brindarme refugio en tu hogar. No sabes lo mucho que lo aprecio.
Regina me dio un par de palmadas en la espalda a modo de consuelo.
— No tienes nada que agradecer, Karla. Tal como dijeron los chicos, somos una familia. Y la familia está para apoyarse.
— Sí... Haría lo mismo por ti si estuvieras en mi situación.
— Por suerte para ti, no creo que tengas que hacerlo. Mi marido falleció hace veinte años.
Guardé silencio ante la mención del esposo de Regina. Sabía muy bien que, a pesar del tiempo, ella lo seguía amando como el primer día. Se habían conocido en el colegio y se casaron al graduarse, pero tras tres años de un matrimonio maravilloso, él falleció en un accidente automovilístico.
— Desde el cielo, él vela por tu felicidad —susurré.
— Lo sé.
Mientras me sentaba a comer las delicias que preparaba Regina, mi teléfono comenzó a sonar.
En la pantalla brillaba un nombre que me congeló la sangre: era mi madre.
Armando y Cristel que quieren ahora 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓❓
Ahora llegará acompañada de Johan y Armando se agarrará de allí veremos qué pasará en la fiscalía.
Karla lo mejor que te ha pasado es haber salido de ese parásito bueno para nada tienes ahora a tus hijos, a Johan que te está conquistando y de paso te ganas la lotería mejor imposible.
Karla se acaba de ganar la lotería ya tiene el dinero para montar su propio taller, comprar una casa y darle una buena vida a sus hijos.