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LA SOMBRA DEL ECLIPSE INFINITO

LA SOMBRA DEL ECLIPSE INFINITO

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Fantasía LGBT / Romance
Popularitas:392
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Un imperio donde la magia proviene de los cuerpos celestes. Quienes nacen bajo el Sol controlan la materia; quienes nacen bajo la Luna, la mente. Cada milenio ocurre un Eclipse de Sangre que otorga poder divino a quien realice un sacrificio real.

NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Las Cenizas de Oakhaven

​Las ruinas de la Capilla del Cenit se alzaban sobre una colina rocosa a dos leguas de las cenizas de Oakhaven. Era un antiguo santuario dedicado a las deidades solares que había sido abandonado hacía más de un siglo, cuando la Inquisición centralizó el culto en la Capital Radiante. Los arcos de piedra estaban cubiertos de hiedra silvestre y las vidrieras de colores yatos y quebrados dejaban entrar la luz pálida de la luna llena.

​Vespera von Haze caminaba sola entre las columnas derruidas. Había ordenado a su escuadrón de la Inquisición que acampara en la falda de la montaña con el pretexto de peinar el perímetro en busca de rastros del ejército rebelde. Sin embargo, en el fondo de su alma, la Inquisidora sabía que estaba realizando una búsqueda personal, una que rayaba en la traición al Imperio.

​Sostenía la empuñadura de su estoque con la mano derecha, mientras que en la izquierda llevaba un farol de cuarzo que proyectaba una luz blanca y fría sobre las losas cubiertas de musgo.

​—Sé que estás aquí —dijo Vespera. Su voz, firme y cortante como una hoja de afeitar, resonó en el altar derruido—. Las huellas de tus botas en el barro del sendero no eran de un animal salvaje. Sal de las sombras, Klen.

​Un silencio pesado se apoderó de la capilla durante unos segundos. Solo el croar lejanos de las ranas y el silbido del viento nocturno entre los pilares rotos respondieron a su llamado.

​De pronto, un crujido de piedras a su izquierda la hizo girar con la velocidad de un felino. Vespera desenvainó su estoque de luz solidificada, canalizando su magia solar en una fracción de segundo. La hoja blanca brilló con la intensidad de un relámpago, iluminando la nave central.

​A cinco pasos de ella, apoyado con indolencia contra la base de una estatua descabezada de la Diosa Madre, Klen la observaba.

​No llevaba la guadaña en la mano; el arma descansaba contra el altar a varios metros de distancia. Vestía una camisa de lana gruesa con el cuello abierto, pantalones de cuero gastado y una capa de paño pardo. A la luz de la magia solar de Vespera, sus facciones maduras, esculpidas por el trabajo duro y el sol de los campos, lucían una calma exasperante.

​—Sigues teniendo los mismos reflejos que cuando tenías trece años —dijo Klen con su voz profunda, serena y terrenal—. Aunque ahora usas una espada de luz en lugar de una vara de madera.

​Vespera no bajó la guardia. Apuntó con la punta incandescente de su estoque directamente a la garganta del líder rebelde.

​—Un solo movimiento en falso y atravesaré tu cuello antes de que puedas dar un paso —amenazó ella, aunque sus dedos apretaban la empuñadura con una fuerza desmedida para ocultar un leve temblor—. Debería ejecutarte aquí mismo. Eres el enemigo número uno de la Santa Inquisición en el sector norte. Tu cabeza vale diez mil coronas de oro.

​Klen no se inmutó. En lugar de mostrar miedo o preparar una posición de defensa, dio un paso adelante, acercándose a la hoja incandescente. La punta del estoque tocó la piel de su garganta, quemando ligeramente la parte superior de su cuello, pero el campesino no parpadeó.

​—Si hubieras querido matarme, Vespera, no habrías venido sola a estas ruinas —dijo Klen, mirando fijamente los ojos grises de la mujer—. Habrías enviado a cincuenta caballeros a quemar la colina entera. Pero viniste sin tu escolta. Viniste a buscar al chico que te curó la herida de la pierna con compresas de tomillo cuando los lobos te acorralaron.

​—¡Aquel chico no era un traidor a la corona! —exclamó Vespera, y por primera vez, la máscara de frialdad e invulnerabilidad de la Gran Inquisidora se resquebrajó, dejando al descubierto una grieta de dolor y rabia reprimida—. ¡Aquel chico era un campesino inocente! ¡Ahora te has convertido en un cabecilla de insurgentes que destruye los suministros del Imperio y pone en jaque la paz del reino!

​—¿La paz del reino? —Klen dejó escapar una risa amarga, dando otro paso adelante que obligó a Vespera a retroceder levemente la espada para no decapitarlo voluntariamente—. ¿Llamas paz a ver cómo los cobradores de diezmos le quitan la última hogaza de pan a las madres en invierno? ¿Llamas orden divino a mandar a niños de diez años a morir de silicosis en las minas de obsidiana del Archiduque porque no nacieron con la estrella del Sol ni de la Luna?

​—¡Es la ley cosmológica! —replicó ella, apretando los dientes—. Quienes nacen sin magia carecen del flujo divino para gobernar. Sin la jerarquía de las castas celestes, el mundo se hundiría en el caos.

​—El mundo ya está en el caos, Vespera —dijo Klen con una devoción feroz, acortando la distancia entre ellos hasta que su pecho rozó la guardia del estoque de la Inquisidora—. Solo que tú vives en un palacio de mármol blanco donde el olor a sangre no llega porque lo cubren con incienso sagrado.

​Con un movimiento rápido que no buscaba atacar, Klen agarró la muñeca de Vespera con su mano grande y callosa. Vespera intentó canalizar un chispazo de fuego solar para quemarle la mano, pero la mirada del hombre la congeló por completo. Había tanta tristeza, tanto calor humano y una atracción tan cruda en esos ojos verdes que la magia de la Inquisidora se extinguió en la hoja del estoque, dejando la capilla en una penumbra dorada bañada únicamente por la luz de la luna.

​—Suéltame... —murmuró Vespera, aunque la orden carecía de la fuerza que solía imponer en el tribunal.

​—No —respondió Klen.

​En lugar de soltarla, la empujó suavemente hacia atrás hasta que la espalda de la mujer chocó contra una de las gruesas columnas de piedra de la capilla. El estoque cayó al suelo con un tintineo metálico. Klen colocó sus dos manos en la pared, a cada lado de la cabeza de Vespera, atrapándola en un marco de músculo, calor y sombra.

​Vespera respiraba agitadamente. Podía oler el aroma a pino, tierra mojada y cuero que emanaba de Klen, un olor tan radicalmente distinto al de los nobles perfumados de la capital que le producía un vértigo desconocido. La Gran Inquisidora, la mujer antes de la cual reyes y duques se arrodillaban, estaba acorralada por un paria condenado a la horca.

​—Inquisidora... —susurró Klen, inclinándose tanto que su frente casi rozó la de ella—. Si crees que soy un monstruo, saca la daga de tu cinto y clávamela en el corazón. Estás a distancia perfecta. Hazlo por tu Emperador.

​Vespera bajó la mano hacia el pomo de su daga de combate. Sus dedos tocaron el frío metal. Todo su entrenamiento, diez años de dogma, el juramento prestado ante los altares de la Inquisición le exigían matar al líder de la rebelión. Era su deber divino.

​Sin embargo, sus dedos no desenvainaron la hoja. En lugar de eso, la mano de Vespera subió despacio, temblando, hasta posarse en el pecho de Klen, sintiendo el latido sordo, fuerte y acelerado del corazón del hombre.

​—Eres un idiota, Klen —dijo ella, con las lágrimas bordeando sus pestañas de seda negra—. Si el tribunal descubre esto, nos quemarán a los dos en la misma pira.

​—Que lo intenten —respondió Klen con una ferocidad suave.

​Su mano derecha dejó la piedra de la columna y se posó en la mejilla de Vespera, acunando su rostro con una ternura que la hizo estremecer. Los dedos toscos del campesino acariciaron la piel suave de la Inquisidora, delineando la línea de su mandíbula.

​Vespera cerró los ojos un segundo, rindiéndose involuntariamente al contacto. Durante quince años, nadie la había tocado sin miedo o reverencia. Solo este hombre la veía como una mujer real, no como el instrumento ejecutor del Imperio.

​Cuando abrió los ojos, los labios de Klen estaban a un milímetro de los suyos. El aire entre ambos ardía con una pasión desesperada, alimentada por el peligro, la culpa y un deseo que había madurado en secreto durante más de una década.

​—Vete de Oakhaven al amanecer —pidió Vespera en un susurro febril, clavando las uñas en la camisa de Klen—. Mi regimiento tiene órdenes de purificar la zona mañana por la tarde. No podré contener a las tropas si los encuentran.

​—No me iré, Vespera —dijo Klen, rozando la comisura de sus labios con los suyos en un beso tortuosamente lento que hizo que la mujer ahogara un suspiro—. Esta tierra es de mi gente. Pero si vuelves a perseguirme... me aseguraré de que tengas que capturarme tú misma.

​El contacto de sus labios fue breve, casi un castigo de lo tentador que resultó, antes de que Klen se apartara bruscamente.

​Tomó su guadaña del altar con un movimiento ágil y saltó por una de las vidrieras rotas de la capilla, desapareciendo en la espesura del bosque de pinos como un fantasma de la noche.

​Vespera se dejó deslizar de espaldas contra la columna hasta quedar sentada en el suelo frío. Se tocó los labios con las puntas de los dedos; aún sentía el calor y el gusto de Klen en ellos. Alzó la vista hacia el cielo nocturno, donde la Luna empezaba a mostrar un tenue halo rojizo en sus bordes, el primer aviso del Eclipse de Sangre que se avecinaba.

​La Gran Inquisidora recogió su estoque del suelo, sabiendo que su lealtad al trono había muerto en esa capilla en ruinas.

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MARIA ZANCHES PEREZ
bien ya te perdone 🥰🥰🥰🥰
MARIA ZANCHES PEREZ
rayos ya me estaba enamorado de ti y sales con esto 😭😭😭
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