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La Alegría De Los Vesinos

La Alegría De Los Vesinos

Status: En proceso
Genre:Comedia
Popularitas:83
Nilai: 5
nombre de autor: Lohendy G

En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.

NovelToon tiene autorización de Lohendy G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El olvido

Amaneció un lunes de esos que parecen traer despiste en el aire. El sol brillaba como siempre, los pájaros cantaban en los árboles del patio, y en la calle de los Mangos nadie tenía la menor sospecha de lo que iba a ocurrir. Todo empezó muy temprano, cuando Don Beto regresó de comprar el pan y se detuvo frente a su puerta. Metió la mano en un bolsillo. Luego en el otro. Revisó el bolsillo del pecho. Sacó el pañuelo, el silbato de las asambleas, una moneda vieja… y nada de llaves. Se quedó mirando la cerradura, parpadeó un par de veces y dijo en voz baja:

—¡Válgame Dios! ¡Me dejé la llave adentro!

Estaba todavía pensando qué hacer, cuando vio llegar a doña Eustaquia cargando una canasta de verduras. Al verla detenerse frente a su puerta, mirarla, hurgar en su bolso y fruncir el ceño, Don Beto sintió un alivio mezclado con risa.

—¿También a usted le pasó, vecina? —le preguntó.

Doña Eustaquia se giró sorprendida:

—¡Pues sí! ¡No encuentro la llave por ningún lado! ¡Seguro la dejé sobre la mesa al salir tan de prisa!

No habían terminado de hablar cuando apareció la señorita Lidia, que regresaba de su clase de música. Llevaba las manos vacías, miraba su puerta con expresión de asombro y decía para sí misma:

—¡Qué extraño! Siempre la llevo colgada del bolso… hoy no está. ¡Se me olvidó adentro sin duda!

Y como si fuera una broma preparada, llegó el Charly poco después, rascándose la cabeza y diciendo que su llave no aparecía por ninguna parte. La señora Pérez llegó detrás con sus cuatro hijos, y ella también tenía la cara larga: su llave estaba dentro de casa, colgada donde siempre. En pocos minutos, todos los vecinos estaban reunidos en el pasillo, mirando sus puertas cerradas, sin poder entrar a ninguno de los apartamentos.

—¡Esto ya no es casualidad! —exclamó doña Eustaquia, dejando la canasta en el suelo—. ¡Parece que hoy todos nos hemos quedado sin memoria!

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó la señorita Lidia, un poco preocupada—. No tenemos agua, ni café, ni dónde sentarnos.

—¡Tranquilos! —dijo Don Beto, tratando de mantener su autoridad de presidente—. Aquí hay que mantener la calma. Alguien debe tener una llave de repuesto. ¿Verdad?

Miraron unos a otros en silencio. Nadie tenía llave de repuesto. Nadie se había acordado nunca de eso.

—¡Yo sé abrir puertas! —dijo el Charly, acercándose con un alambre que sacó del bolsillo—. He visto hacerlo en las películas. ¡Es muy fácil! Solo hay que moverlo así… y así…

Se puso manos a la obra. Empujó el alambre por la cerradura, lo movió de un lado a otro, hizo fuerza, se puso rojo del esfuerzo… y al final, el alambre se dobló por la mitad y se quedó atascado dentro de la cerradura.

—Bueno… —dijo el Charly, soltando el alambre y mirando a todos con una sonrisa tímida—. Esa puerta es muy terca. Pero la siguiente seguro sale bien.

—¡Ni se le ocurra tocar otra puerta! —le dijo doña Eustaquia, cruzándose de brazos—. ¡Si sigue así nos quedamos sin cerraduras y sin puertas!

Estaban todos hablando y discutiendo qué hacer, cuando apareció Don Casimiro. Llegó caminando despacio, como siempre, con las manos en los bolsillos y su calma de todos los días. Se detuvo frente a ellos, miró las caras preocupadas, miró las puertas cerradas y preguntó simplemente:

—¿Nadie puede entrar?

—Nadie, Don Casimiro —respondió Don Beto—. Todos olvidamos las llaves adentro. ¡Qué desastre!

Don Casimiro asintió despacio, se acercó a su puerta, sacó una llave del bolsillo, la metió en la cerradura… y entró. Todos se quedaron mirándolo con la boca abierta. ¡Él sí tenía su llave!

—Pues él sí recuerda —susurró la señorita Lidia, admirada.

Pero Don Casimiro no se quedó adentro. A los pocos minutos volvió a salir, cargando una caja de herramientas que parecía antigua y muy bien cuidada. La puso en el suelo, la abrió con cuidado, y sacó unas herramientas pequeñas y brillantes que ninguno había visto jamás.

—Esperen aquí —dijo en voz baja.

Se acercó a la primera puerta, la de Don Beto. Trabajó con una destreza asombrosa: movía las herramientas con delicadeza, sin hacer ruido, sin golpear nada. En menos de un minuto, la cerradura hizo un suave clic y la puerta se abrió. Don Beto se quedó con la mano en el aire, sin poder creerlo.

—¡Pero qué habilidad tiene usted, Don Casimiro! —exclamó—. ¡Más rápido que el viento!

Don Casimiro sonrió apenas y dijo:

—Solo es cuestión de paciencia y saber cómo funcionan las cosas.

Y así fue abriendo puerta por puerta. Una tras otra, con cuidado, sin dañar nada. Abrió la de doña Eustaquia, que no dejaba de darle las gracias. Abrió la de la señorita Lidia, que le miraba con ojos muy abiertos. Abrió la del Charly, que le preguntaba con curiosidad qué hacía y cómo lo hacía. Y por último abrió la de la familia Pérez, donde los niños entraron corriendo a buscar agua para todos.

Cuando terminó, todos lo rodearon agradecidos y sorprendidos. Nadie sabía que Don Casimiro tenía aquella habilidad tan grande. Siempre tan callado, tan reservado… y resultaba que sabía de todo, y lo hacía mejor que cualquiera.

—¿De dónde aprendió todo eso, Don Casimiro? —le preguntó el Charly, admirado—. ¡Usted es un genio!

Don Casimiro guardó sus herramientas, cerró la caja y dijo con suavidad:

—Aprendí hace muchos años. No tiene importancia. Me alegra haberles servido.

Y antes de que pudieran preguntarle más, se despidió con un gesto amable y entró a su casa, dejándolos a todos pensativos y agradecidos.

Ese día aprendieron dos cosas muy importantes. La primera: que siempre vale la pena tener una llave de repuesto. Y la segunda, mucho más hermosa: que las personas más calladas y tranquilas suelen ser las que más saben, las que más pueden ayudar, y las que están dispuestas a hacerlo sin pedir nada a cambio, sin buscar aplausos, sin jactarse de nada.

Desde aquel día, nadie volvió a olvidar la llave. Y si alguna vez alguien la perdía o la dejaba adentro, no se desesperaba ni llamaba a nadie más. Solo miraban hacia la puerta de Don Casimiro, sabiendo que él, con su calma y su bondad, sabría ayudarles como siempre lo hacía: sin hacer ruido, pero llegando siempre donde hacía falta.

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