Cinco años de luto familiar y silencio absoluto fue el precio que Leonor pagó por quedarse atrás mientras Héctor, su amigo de la infancia, triunfaba en el extranjero. Fiel a una promesa implícita, guardó su pureza en un santuario vacío... hasta que llegó el sobre dorado: la invitación de boda de Héctor con otra mujer. Atrapada por el orgullo y el pánico a dar lástima, Leonor miente asegurando que tiene una pareja estable. El destino mueve sus hilos cuando Adrián Valero, el imponente y frío CEO de su multinacional, se queda sin asistente para un viaje de negocios a la misma ciudad del enlace. Lo que empieza como un pacto de urgencia para salvar la dignidad de Leonor se convierte en una farsa de noche y oficina de día dentro de una suite compartida con una sola cama. Entre los celos viscerales del pasado y la protección feroz de un hombre inalcanzable, las amarras se rompen. ¿Podrá Leonor proteger su corazón cuando la farsa se convierta en la verdad más peligrosa de su vida?
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CAPITULO 4. EL LABERINTO DEL ORGULLO
El ser humano posee un instinto de supervivencia que va mucho más allá de evitar los peligros físicos; existe un mecanismo de defensa psicológico que se activa cuando nuestra dignidad está a punto de ser reducida a cenizas. Ese mecanismo se llama orgullo. Es una coraza fría, rígida y a menudo peligrosa, pero en determinados momentos se convierte en el único escudo disponible para no desnudarte ante quien te ha hecho daño. Pasé tres días enteros mirando el sobre dorado sobre mi escritorio, debatiéndome entre tirarlo a la basura o enmarcarlo como el monumento definitivo a mi propia estupidez. Sin embargo, no tuve tiempo de tomar una decisión por mí misma. El pasado, incansable, volvió a sonar en la pantalla de mi teléfono.
Era un viernes por la tarde cuando vi su nombre parpadear en la pantalla. Héctor. El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí un mareo. Hacía casi dos meses que no cruzábamos una sola palabra, limitándonos a algún que otro emoticón en redes sociales. Inspiré aire con fuerza, me aclaré la garganta para borrar cualquier rastro de la debilidad que me había consumido las noches anteriores y deslicé el dedo por la pantalla para responder.
—¿Leo? ¡Hola! —Su voz entró por el auricular con una energía arrolladora, limpia, flotando en esa burbuja de felicidad absoluta que solo tienen los que sienten que el mundo está a sus pies—. Menos mal que me lo coges. Llevo una semana de locos en la oficina y con los preparativos de la boda, pero no quería dejar pasar más tiempo. ¿Te ha llegado ya el sobre?
El tono tan casual de su pregunta me dolió casi tanto como la invitación misma. Para él, aquello era un trámite alegre; para mí, una ejecución.
—Hola, Héctor. Sí, justo me llegó hace un par de días —respondí, forzando una ligereza en mi voz que me costó un esfuerzo sobrehumano—. Es preciosa. Enhorabuena de verdad.
—¡Qué bien! Tenía miedo de que se traspapelara en el correo internacional —suspiró él con alivio, y juraría que escuché el crujido de sus papeles de trabajo al otro lado—. Priscila insistió en que la caligrafía fuera a mano y ya sabes cómo es ella para los detalles. En fin, Leo... te llamo porque la wedding planner me está presionando con el cierre de las mesas y la confirmación del catering. Sé que la distancia es un problema y que las cosas con tu madre han sido complicadas, pero para mí es vital que estés aquí. Eres mi mejor amiga, Leo. No me imagino caminando hacia el altar sin que estés entre los invitados.
Mejor amiga. La etiqueta me quemó los oídos. Estuve a punto de soltar una excusa barata: decir que el billete de avión era demasiado costoso, que mi madre no podía quedarse sola o que tenía demasiado trabajo acumulado. Pero antes de que pudiera articular la primera letra del rechazo, Héctor continuó hablando, metiéndose sin saberlo en un terreno pantanoso.
—Por cierto, la invitación la mandamos doble porque... bueno, hace unos meses, en una de las pocas llamadas que tuvimos, me comentaste de pasada que estabas saliendo con alguien, ¿no? Un compañero o un amigo, no recuerdo bien. El caso es que Priscila y yo queremos que vengas con él. Nos hace muchísima ilusión conocer al hombre que por fin ha conseguido conquistar el impenetrable corazón de mi Leo. Tienes que traértelo, no acepto un no por respuesta. Quiero ver con mis propios ojos que estás feliz y que tienes a alguien que te cuida tanto como te mereces.
Se me congeló el pensamiento. En ese microsegundo, todos mis recuerdos se alinearon de forma perversa. Era verdad. Seis meses atrás, cansada de que Héctor solo me llamara para hablarme de los logros de Priscila y de lo perfecta que era su vida, cansada de sentir que él me compadecía por estar atrapada en mi rutina gris cuidando a mi madre, le había soltado una mentira piadosa. Le había dicho que mi vida también avanzaba, que estaba conociendo a alguien especial. Fue un comentario vago, un intento desesperado de mantener mi dignidad y de fingir que yo no seguía esperándolo en el mismo rincón de siempre. Jamás imaginé que él guardaría ese detalle en su memoria y, mucho menos, que lo usaría para condicionar mi invitación.
El pánico se apoderó de mí. Si le decía la verdad ahora, si admitía que aquel novio era una invención fruto del despecho, Héctor ataría cabos de inmediato. Comprendería que lo había inventado por orgullo, descubriría que seguía sola, que seguía soltera y que, probablemente, seguía enamorada de él. Sería la humillación definitiva. Me vería como la amiga patética que no ha podido rehacer su vida y que inventa romances para no dar lástima ante su éxito arrollador. Mi orgullo se encrespó, tomando el control absoluto de mis cuerdas vocales antes de que mi sentido común pudiera frenarlo.
—¡Ah, claro! Sí, por supuesto que me acuerdo —dije, y mi propia voz me sonó extraña, casi actoral—. Qué detalle por tu parte, Héctor. La verdad es que sí, las cosas van de maravilla entre nosotros. Él es... bueno, es un hombre increíble, muy atento y profesional. Precisamente estábamos hablando el otro día de las vacaciones y... sí, cuenta con nosotros dos. Nos encantará ir a tu boda.
—¡Qué alegría, Leo! De verdad, no sabes lo feliz que me hace escuchar eso —la voz de Héctor sonaba genuinamente entusiasmada, sin un ápice de sospecha—. Apunto dos cubiertos entonces para tu mesa. Pásame luego por mensaje su nombre completo y si tiene alguna intolerancia alimentaria para los menús. Priscila se va a alegrar un montón. Tenemos que colgar ya, que me entra otra llamada de la floristería, pero mantente en contacto. Te quiero un montón, Leo. ¡Nos vemos muy pronto!
—Y yo a ti, Héctor. Un beso —susurré antes de que la línea se cortara con un pitido seco.
Aparté el teléfono de mi oreja y me quedé mirando la pantalla oscura, sintiendo que las paredes de mi habitación comenzaban a cerrarse sobre mí. El silencio del cuarto se volvió asfixiante. ¿Qué demonios acababa de hacer? Había confirmado mi asistencia a una boda en el extranjero, dentro de unas pocas semanas, y me había comprometido a asistir acompañada por un hombre que no existía. Había creado una farsa monumental basada únicamente en mi incapacidad para mostrarme vulnerable ante el hombre que amaba.
Me llevé las manos a la cabeza, tirando un poco de mi cabello por la frustración. La realidad de la mentira me golpeó con fuerza. No tenía pareja, no había tenido una cita en cinco años, y mis interacciones sociales se limitaban a mis compañeros de la oficina y al farmacéutico de la esquina. ¿De dónde iba a sacar yo a un hombre dispuesto a cruzar el mapa, vestirse de gala, actuar como el novio perfecto y mentirle en la cara a mi amigo de la infancia? Había cavado mi propia tumba social y emocional, y lo peor de todo era que el reloj ya había empezado a correr en mi contra.
Muchas felicidades autora!!!!!