Descripción
Maximiliano, un joven de 24 años, hereda la hacienda de su padre, Emiliano. Desde muy pequeño lo veía dirigir con firmeza y respeto a sus empleados, aprendiendo el valor del trabajo, la responsabilidad y el esfuerzo. Ahora, convertido en el nuevo patrón, asume el reto de continuar el legado familiar. Lo que nunca imaginó fue que ese mismo lugar cambiaría su vida para siempre. Cuando una humilde campesina llega a trabajar a la hacienda, sus caminos se cruzan de una forma inesperada. Entre jornadas de campo, dificultades y sentimientos que crecen en silencio, ambos descubrirán que el amor puede florecer donde menos se espera.
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Capítulo 17: Mi pequeño regalo
Habían pasado siete meses desde que mi vida cambió por completo. Siete meses desde aquel momento en el que sentí que no podía conectar con mi bebé, desde aquellos días en los que el dolor por la pérdida de Isías era más fuerte que cualquier emoción.
Pero poco a poco las cosas comenzaron a cambiar.
Con la ayuda de mi psicóloga empecé a entender muchas cosas que antes no podía ver. Aprendí que mi tristeza no significaba que no amara a mi hijo, que necesitaba tiempo para sanar y que mi bebé no había llegado para recordarme una pérdida, sino para regalarme una nueva oportunidad.
Mi psicóloga me ayudó a comprender que mi pequeño era un regalo de Isías, una parte del amor que los dos habían construido juntos.
—Malena, tu hijo no viene a reemplazar a Isías —me decía durante las consultas—. Él viene a acompañarte en una nueva etapa de tu vida.
Esas palabras poco a poco fueron entrando en mi corazón.
Comencé a acercarme más a mi bebé. Primero fueron pequeños momentos. Me sentaba cerca de él mientras jugaba, le hablaba aunque todavía me daba vergüenza, le sonreía cuando él me miraba.
Y sin darme cuenta, mi corazón empezó a cambiar.
Un día lo cargué y sentí algo diferente. Ya no sentía tristeza, ya no pensaba solamente en lo que había perdido. Sentí amor, un amor que había estado ahí todo el tiempo, pero que mi dolor no me dejaba ver.
Mi pequeño comenzó a buscarme más. Cuando me veía, sonreía. Cuando lloraba, estiraba sus brazos hacia mí.
Y yo finalmente pude sentir que era su mamá.
Empecé a hacer todo lo que antes me parecía imposible. Le daba de comer, lo bañaba, lo cambiaba y jugaba con él. Me encantaba verlo reír, escuchar sus pequeños sonidos y ver cómo descubría el mundo.
Mi familia notó el cambio.
Mi mamá Hilda estaba feliz de verme así.
—Esa es mi Maly, la que yo conozco —me decía con una sonrisa.
Yo sonreía mientras miraba a mi hijo.
—Él me necesitaba, mamá. Y yo también lo necesitaba a él.
Mi pequeño ya tenía siete meses. Era un niño muy curioso. Le encantaba moverse por toda la casa, gatear y descubrir cosas nuevas.
Le puse un apodo muy especial: mi rantocito.
Ese nombre nació de una de sus ocurrencias. Cada vez que tenía hambre iba gateando hasta la cocina, abría la puerta de la nevera con ayuda y señalaba el queso para que se lo dieran. Era tan gracioso verlo hacer eso que terminé llamándolo así con cariño.
Una tarde estaba sentada con él mientras le daba de comer.
—A ver, mi rantocito, abre la boca —le decía mientras le daba su comida.
Él sonreía y seguía comiendo feliz.
En ese momento llegó mi mamá y se quedó observándonos.
Me miró con una sonrisa, pero luego pareció recordar algo.
—Maly…
—¿Qué pasó, mamá?
Ella miró al bebé y después a mí.
—El bebé todavía no tiene nombre.
Me quedé pensando.
Era verdad. Durante todo ese tiempo todos le decíamos bebé, pequeño o mi rantocito, pero todavía no tenía un nombre que lo identificara.
Mi mamá se sentó a mi lado.
—¿Ya has pensado cómo se llamará?
Bajé la mirada hacia mi hijo.
La verdad era que sí.
Durante mis consultas con la psicóloga había pensado mucho en eso. Mientras hablaba de mi futuro, de mi hijo y de la nueva vida que estaba construyendo, también imaginaba qué nombre llevaría mi pequeño.
Quería un nombre especial.
Un nombre que representara su historia.
Un nombre que llevara fuerza y amor.
Miré a mi mamá y sonreí.
—Sí, ya lo pensé.
Ella esperó mi respuesta.
—Quiero que se llame Ibrahim Emiliano Montoya Zúñiga.
Mi mamá sonrió al escucharlo.
—Es un nombre muy bonito.
Tomé la pequeña mano de mi hijo mientras él seguía jugando.
—Ibrahim será su primer nombre, Emiliano porque me gusta cómo suena y porque quiero que tenga el nombre de su abuelo Él llevará el apellido de su papá y el mío.
Mi mamá acarició la cabeza del bebé.
—Isías estaría orgulloso de verlo.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez no eran lágrimas de dolor.
Eran lágrimas de amor.
Miré a mi hijo y sonreí.
Después de tantos meses de miedo, tristeza y dudas, finalmente entendí que él era mi mayor regalo.
Mi pequeño Ibrahim Emiliano Montoya Zúñiga no había llegado para borrar mi pasado.
Había llegado para enseñarme que todavía podía volver a amar
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