"Él es el hombre más poderoso de la ciudad. Ellos tienen 8 años y acaban de hackear su vida."
Elara ha guardado un secreto durante cuatro años: es madre soltera de dos genios que el sistema escolar no puede controlar. Para su jefe, el implacable y frío millonario Killian Vane, ella es solo la asistente perfecta, la mujer que nunca falla y que parece no tener vida personal. Pero cuando el colegio de los gemelos exige una cuota impagable para niños superdotados y el padre biológico desaparece con las migajas de la manutención, Elara llega al límite.
Lo que Elara no sabe es que sus hijos, Evans y Edans, han tomado una decisión: Mamá necesita un respiro y ellos necesitan un papá que esté a su nivel.
Tras analizar a cientos de candidatos en la plaza local, los gemelos fijan su objetivo en el hombre que aparece en las noticias: Killian Vane. Es rico, es brillante y, según sus cálculos, es el único hombre con el ADN lo suficientemente fuerte para lidiar con ellos.
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Capítulo 5: Infiltración, caviar y un abuelo muy astuto
La mansión de los Vane en los Hamptons parecía sacada de una revista de arquitectura minimalista: mucho cristal, mucho mármol frío y absolutamente nada de alma. Era el lugar perfecto para Killian, pero un campo de batalla peligroso para Elara.
Eran las siete de la tarde y el evento por el 80º cumpleaños de Arthur Vane, el patriarca de la familia, estaba en pleno apogeo. Elara se movía entre los invitados como una sombra elegante, con su traje negro y un auricular en el oído, coordinando a los camareros con la precisión de un general.
—El catering se retrasó con las trufas, que el servicio de seguridad revise el muelle de carga —ordenó Elara por el micrófono, mientras evitaba que un senador borracho tropezara con una escultura de cristal—. Y por el amor de Dios, que alguien le diga al pianista que deje de tocar jazz experimental. Al señor Arthur le gusta el clásico.
Killian apareció a su lado, luciendo un esmoquin que probablemente costaba más que el departamento de Elara. Se veía impecable, pero sus ojos grises recorrían la sala con un fastidio evidente.
—Odio estas fiestas, Elara —masculló Killian, quitándole una copa de champán a un camarero que pasaba—. Mi abuelo está empeñado en que salude a cada heredera de Nueva York como si fuera un semental en una feria ganadera.
—Es su cumpleaños, señor Vane. Intente sonreír al menos cinco minutos. No queremos que los inversores piensen que la empresa está dirigida por un robot —respondió Elara, sin dejar de mirar su tablet.
—Usted tampoco está sonriendo.
—A mí no me pagan por sonreír, me pagan por evitar que esta fiesta sea un desastre —replicó ella, dándose la vuelta para atender una crisis en la cocina.
Lo que Elara no sabía era que el "desastre" ya estaba dentro de la casa.
En el conducto de ventilación que daba a la biblioteca, Evans y Edans estaban cuerpo a tierra, sudando bajo sus uniformes escolares. Habían llegado escondidos en el camión de las flores, aprovechando que el sistema de seguridad de la mansión usaba una versión de software que Evans había hackeado el verano pasado "por aburrimiento".
—Huele a humedad aquí arriba —susurró Edans, ajustándose las gafas que se le resbalaban por la nariz—. ¿Estás seguro de que este es el camino al despacho del abuelo?
—Según los planos que descargué de la oficina de catastro, sí —respondió Evans, moviendo una rejilla con cuidado—. Mira. Ahí abajo está el objetivo.
Debajo de ellos, sentado en un sillón de cuero orejero, estaba Arthur Vane. El anciano no parecía estar disfrutando de su fiesta; estaba mirando un álbum de fotos viejas con una expresión de soledad que hizo que los gemelos se miraran entre sí.
—Pobre hombre —susurró Edans—. Se ve tan solo como nosotros cuando mamá se queda haciendo horas extras.
—Fase tres: aproximación al aliado —dijo Evans. Con una habilidad asombrosa, retiró la rejilla y saltó al suelo de la biblioteca, aterrizando con un golpe seco. Edans lo siguió un segundo después.
Arthur Vane se sobresaltó, cerrando el álbum de golpe. Miró a los dos niños que acababan de caer del techo como si fueran alienígenas.
—¿Pero qué... quiénes son ustedes? —preguntó el anciano, buscando sus gafas sobre la mesa.
—Somos el control de calidad, señor Vane —dijo Evans, sacudiéndose el polvo de las rodillas con total naturalidad—. Su sistema de seguridad es una basura. Entramos por los conductos de aire en menos de diez minutos.
Arthur se quedó mudo. Miró a los gemelos, sus uniformes arrugados, sus caras inteligentes y esa seguridad que no era propia de niños de su edad. De repente, soltó una carcajada ronca que terminó en una tos seca.
—¿Control de calidad? —rio el abuelo—. Me gustan. Se parecen a mi nieto cuando tenía su edad, solo que él no tenía amigos y ustedes parecen un equipo de asalto. ¿Qué buscan en mi biblioteca?
—Buscamos información —intervino Edans, acercándose al anciano—. Sabemos que usted quiere que Killian se case. Y sabemos que él es un iceberg que no sabe tratar a las personas. Queríamos ver si el ADN de la familia tiene remedio o si es un caso perdido.
Arthur levantó una ceja, fascinado.
—¿ADN? ¿Casos perdidos? —el anciano se inclinó hacia adelante—. Siéntense, pequeños demonios. Cuéntenme más. ¿Y quién es su madre? Debe ser una mujer valiente para criar a dos... lo que sea que son ustedes.
—Nuestra madre es una guerrera —dijo Evans con orgullo—. Trabaja para un jefe que no la valora, camina en tacones asesinos y encima tiene que aguantar que nos portemos mal. Pero hoy... hoy estamos aquí en una misión secreta.
Mientras tanto, en el salón principal, Elara sentía que algo iba mal. Era ese instinto de madre, un sexto sentido que le decía que el silencio de sus hijos (que supuestamente estaban en casa de la vecina, castigados) era demasiado perfecto.
—Señor Vane, ¿ha visto a su abuelo? —preguntó Elara, interceptando a Killian cerca de la barra.
—Se retiró a la biblioteca hace veinte minutos. Dijo que tenía dolor de cabeza. ¿Por qué?
—Nada... solo una corazonada. Iré a ver si necesita algo.
Elara caminó por el pasillo largo, sintiendo que los tacones le pesaban más que nunca. Empujó las puertas dobles de la biblioteca y lo que vio hizo que casi se le cayera la tablet al suelo.
Arthur Vane estaba sentado en su sillón, riendo a carcajadas, mientras Evans le explicaba cómo invertir en criptomonedas de bajo riesgo y Edans le analizaba la caligrafía de sus cartas antiguas.
—¡Evans! ¡Edans! —el grito de Elara fue un susurro lleno de pánico y furia.
Los gemelos se congelaron. Arthur miró a su asistente y luego a los niños. La pieza del rompecabezas encajó en la mente del anciano con un clic metálico.
—¿Elara? —preguntó Arthur, con una sonrisa pícara—. ¿Estos son tus "urgencias domésticas"?
—Señor Arthur... yo... yo puedo explicarlo —Elara entró en la habitación, cerrando las puertas tras de sí como si estuviera escondiendo un crimen—. ¡Niños, a la cocina ahora mismo! ¿Cómo llegaron aquí? ¡Estaban castigados!
—Vinimos en el camión de las flores, mamá —dijo Evans, encogiéndose de hombros—. El protocolo de seguridad del camión es patético.
En ese momento, las puertas se abrieron de nuevo. Killian entró, con el ceño fruncido.
—Abuelo, los invitados están preguntando por... —Killian se detuvo en seco al ver la escena. Sus ojos grises pasaron de su abuelo a Elara, que estaba roja de la vergüenza, y finalmente a los dos niños que lo habían "estafado" con los zapatos el día anterior.
El silencio fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
—Ustedes —dijo Killian, señalando a los gemelos con un dedo largo y elegante—. Los mocosos de la plaza.
—¡No somos mocosos, somos especialistas! —replicó Edans, cruzándose de brazos—. Y por cierto, el nudo de su corbata está dos milímetros desviado a la izquierda. Se ve asimétrico.
Killian se llevó la mano a la corbata, por puro instinto, y luego miró a Elara con una expresión que ella no pudo descifrar. Era una mezcla de shock, rabia y algo parecido a la realización.
—¿Elara? ¿Estos son tus hijos? —la voz de Killian era baja, peligrosa.
—Sí, señor Vane —Elara dio un paso al frente, poniéndose delante de sus hijos como una leona—. Son mis hijos. Y si quiere despedirme por esto, adelante. Pero no les hable así. Han tenido una noche difícil.
Arthur soltó una carcajada que rompió la tensión.
—¡Despedirla! ¡Killian, si despides a esta mujer, te quito la herencia mañana mismo! —gritó el abuelo, levantándose con ayuda de su bastón—. Estos niños son lo más divertido que ha pasado en esta casa en cincuenta años. ¡Me han enseñado más sobre finanzas digitales en diez minutos que tú en todo el año!
Killian miró a su abuelo, luego a los niños que lo observaban con una mezcla de desafío y curiosidad, y finalmente a Elara. Ella estaba despeinada, con los ojos brillantes de rabia y cansancio, defendiendo lo único que le importaba en el mundo. Por primera vez en cuatro años, Killian no vio a una secretaria. Vio a una mujer. Una mujer de verdad, con problemas reales, con una fuerza que lo dejó sin aliento.
—No voy a despedirla, Elara —dijo Killian, recuperando su compostura de hielo, aunque su voz sonó un poco menos firme—. Pero mañana... mañana quiero una explicación detallada de cómo dos niños de ocho años burlaron mi seguridad.
—Se lo diremos si nos devuelve el internet, señor Iceberg —soltó Evans con una sonrisa ganadora.
Killian apretó los dientes, pero antes de que pudiera responder, Arthur lo tomó del brazo.
—Déjalos, Killian. Elara, llévalos a la cocina para que coman algo decente. Y tú, nieto mío, ven conmigo. Tenemos que hablar de por qué tu secretaria te ha estado ocultando a estos dos genios durante cuatro años. Claramente, no confía en ti. Y viendo tu cara de piedra, no la culpo.
Elara se llevó a los niños casi a rastras, sintiendo que el mundo se le movía bajo los pies. Había pasado. El secreto estaba fuera. Y mientras caminaba por los pasillos de la mansión, escuchó a Evans susurrarle a Edans:
—¿Viste su cara? Se le movió una ceja. Eso es un 15% de progreso emocional.
—Sí —respondió Edans—. Para el lunes, lo tenemos pidiendo permiso para cenar con nosotros.
Elara suspiró, cerrando los ojos. El caos solo estaba empezando.
debe ser alguien del pasado
o alguien a quien afectaron los gemelos en el pasado 💣
es un viaje de emociones ...
magnífico ,comienzo de esta historia..
Son unos diablillos adorables 👏👏