Lila se cansó de ser un eco en la vida de Abad, su esposo. Durante años, ocupó el segundo, el tercero, incluso el cuarto lugar en su mundo, siempre a la sombra de sus prioridades. Fue una situación límite, una gota que rebasó el vaso, lo que encendió en ella la chispa definitiva para desaparecer. Y se fue. Tan silenciosamente que todos la dieron por muerta. Todos, menos Abad. Él se negó a creer en su ausencia eterna, aferrado a una certeza que solo él entendía.
Cuando Lila regresó, no lo hizo sola. Traía consigo un niño, un secreto que Abad no había previsto, pero que no le importó en lo más mínimo. Sin dudarlo un segundo, Abad se lanzó a la reconquista. No solo para recuperarla a ella, sino para ganarse también al pequeño, dispuesto a aceptarlo como suyo, sin importar si la sangre lo unía o no. Porque esta vez, Abad sabía que no podía permitirse ser el último en la vida de nadie.
NovelToon tiene autorización de Adriánex Avila para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20 El hijo que no sabía que existía
La noche había sido larga y silenciosa en la casa de Mauricio. Violeta se había quedado a dormir en su antigua habitación, la misma que había ocupado cuando era adolescente, y aunque el colchón era más blando de lo que recordaba y las sábanas olían a lavanda, no había podido conciliar el sueño hasta pasadas las tres de la madrugada.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de Abad en el coche. Escuchaba sus palabras: Sahina es mi hermana. Nunca fue mi amante. Y sentía que el suelo se movía bajo sus pies.
¿Por qué no se lo había dicho antes? ¿Por qué había tenido que esperar cinco años y una muerte simulada para que la verdad saliera a la luz?
Pero más allá de la rabia, había algo más que la atormentaba: la confesión de Abad de que todavía la amaba. Y su propia confesión, que se le había escapado sin querer: Todavía te amo.
Esa palabra, todavía, era una condena. Significaba que no había logrado desprenderse de él por completo. Significaba que, a pesar de todo, Abad Mansur seguía teniendo un pedazo de su corazón.
—Mami —la voz de Salvatore la sacó de sus pensamientos—, ¿por qué estás despierta?
Violeta se volvió y vio a su hijo en la puerta, con su pijama de dinosaurios y su cabello revuelto por el sueño. Tenía los ojos entrecerrados y el avión de juguete apretado contra el pecho.
—No podía dormir, mi amor —respondió ella, abriendo los brazos para que él se acercara—. Ven aquí.
Salvatore corrió hacia la cama y se acurrucó junto a ella, como había hecho todas las noches desde que tenía memoria. —¿Estás triste?
—Un poco —admitió ella, acariciando su cabello—. Pero no te preocupes. Mami siempre se pone mejor cuando estás conmigo.
Salvatore asintió, satisfecho con la respuesta, y cerró los ojos. En pocos minutos, su respiración se volvió regular y profunda.
Violeta lo observó dormir, sintiendo que el amor por su hijo era lo único que mantenía su corazón intacto. Pero también sintió el miedo. Un miedo profundo y visceral que se había instalado en su pecho desde que supo que Abad estaba en la ciudad.
¿Qué pasaría si Abad descubría que Salvatore era su hijo? ¿Qué pasaría si intentaba reclamarlo?
Esa noche, Violeta hizo una promesa en silencio: haría lo que fuera necesario para proteger a su hijo. Aunque tuviera que enfrentarse a Abad. Aunque tuviera que huir de nuevo. Aunque tuviera que quemar el mundo entero para mantener a Salvatore a salvo.
*_*
A la mañana siguiente, el sol brillaba con fuerza sobre la ciudad. Violeta se despertó temprano, preparó el desayuno para todos, y mientras Salvatore jugaba en el jardín con César, ella ayudaba a su tío Mauricio a poner la mesa.
—Hija, ¿estás segura de que quieres irte hoy? —preguntó Mauricio, con preocupación en la voz—. Puedes quedarte todo el tiempo que necesites.
—Lo sé, tío. Pero tengo reuniones importantes. Y además... —Hizo una pausa—. No quiero que Abad sepa dónde vivo.
—¿Crees que va a seguirte?
—Sé que va a hacerlo —respondió Violeta, con amargura—. Es demasiado terco para rendirse.
Mauricio suspiró. —Ese hombre siempre ha sido terco. Pero también ha cambiado, Lila. Lo he visto en estos años. La culpa lo ha consumido.
—No me importa —dijo ella, con firmeza—. No me importa cuánto haya cambiado. No voy a darle otra oportunidad.
Mauricio no insistió. Sabía que su sobrina necesitaba tiempo para procesar todo lo que había pasado.
Después del desayuno, Violeta se despidió de su tío con un abrazo largo y promesas de volver pronto. Salvatore, ya vestido con su ropa de salir, esperaba impaciente en la puerta.
—Mami, ¿vamos a otro lugar emocionante?
—Sí, mi amor. Vamos al hotel.
—¿Y podemos ir a la piscina?
—Si te portas bien, claro.
Salvatore sonrió, satisfecho, y tomó la mano de su madre. Nicoló los acompañaba, con su habitual sonrisa despreocupada, aunque sus ojos estaban atentos a cualquier movimiento sospechoso.
Salieron de la casa y caminaron hacia el coche negro que los esperaba. El sol les daba de lleno, y Salvatore, con su energía inagotable, comenzó a saltar y a hacer preguntas sobre todo lo que veía.
—Mami, ¿por qué las nubes son blancas? —preguntó, señalando al cielo.
—Porque reflejan la luz del sol, mi amor.
—¿Y por qué el sol es amarillo?
—Porque está hecho de gases calientes.
—¿Y por qué los gases calientes son amarillos?
Violeta rió, sintiendo que la alegría de su hijo era contagiosa. —Eres un preguntón, Salvatore.
—Es que quiero saber todo —respondió él, con su seriedad habitual.
Nicoló soltó una carcajada. —Este niño va a ser un genio, prima. O un abogado. O las dos cosas.
Violeta sonrió, pero su sonrisa se congeló cuando algo llamó su atención. Al otro lado de la calle, estacionado bajo la sombra de un árbol, había un coche negro idéntico al suyo. Pero no era el suyo.
Y entonces, lo vio.
Abad estaba sentado en el asiento del conductor, con las manos en el volante y la mirada fija en ellos. No había intentado ocultarse. No había esperado a que ella estuviera sola. Estaba ahí, observándolo todo.
Violeta sintió que el corazón se le aceleraba. Instintivamente, apretó la mano de Salvatore y se puso delante de él, como si pudiera protegerlo con su cuerpo.
—Nico —susurró—, está aquí. Abad está aquí.
Nicoló siguió su mirada y vio el coche. Su expresión se endureció.
—No hagas nada —dijo en voz baja—. Solo sigue caminando. No le des la satisfacción de que te vea reaccionar.
Violeta asintió y continuó caminando hacia el coche, con la cabeza en alto y el corazón latiendo con fuerza. Pero era demasiado tarde.
ella es excelente escritora