Cuando sus mundos chocan, la atracción es inmediata, explosiva y peligrosa. Lo que comienza como una misión para Scarlett se convierte en una obsesión mutua donde la línea entre el deber y el deseo se desdibuja peligrosamente.
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CAPÍTULO 7
Pasan dos semanas. Dos semanas de infierno y cielo al mismo tiempo.
Scarlett vive una doble vida, de día, reporta a Williams movimientos de dinero, nombres, fechas. Información que obtiene de las conversaciones con Alejandro, de los momentos en que él baja la guardia y habla de negocios frente a ella.
De noche, es otra persona.
De noche, es la mujer que Alejandro Moretti ama con desesperación. La que cocina con él en su cocina, resulta que es cierto, cocina increíblemente bien. La que ve películas viejas abrazada a él en su sofá. La que se despierta en sus brazos cada amanecer.
—Me voy a volver loco
dice Alejandro una noche, mientras la abraza.
— Necesito que te mudes aquí.
Scarlett se tensa.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Mi trabajo... mis cosas...
—Tráelas. Este es tu hogar ahora.
—Alejandro...
Él la gira para mirarla.
—¿Qué es lo que no me dices?
pregunta, y hay algo en su voz, una sospecha que hiela la sangre de Scarlett.
— ¿Tienes a alguien más?
—No. Claro que no.
—Entonces ¿qué?
Scarlett busca una mentira, cualquier mentira.
—Tengo miedo
dice, y es verdad, aunque no por las razones que él cree.
— Miedo de perderme en esto. En ti.
Alejandro la abraza fuerte.
—Demasiado tarde
susurra.
—Ya te perdiste. Y yo también.
La noche avanza y, con ella, la necesidad de ambos de borrar cualquier distancia, cualquier duda, con el único lenguaje que han aprendido a hablar juntos, el de la piel.
Alejandro la toma de la mano y la conduce a la habitación. Pero esta vez no hay prisa. Esta vez hay algo diferente en su mirada, una urgencia que va más allá del deseo físico, como si necesitara poseerla no solo en el cuerpo, sino en el alma.
—Quítate la ropa
pide con voz grave.
—Despacio. Quiero verte.
Scarlett obedece. Sus dedos encuentran el borde de su vestido y lo deslizan sobre sus hombros con lentitud. La tela cae, revelando primero sus hombros, luego sus pechos cubiertos por encaje negro, luego la curva de su cintura. Cuando el vestido se acumula en el suelo, queda en ropa interior, y Alejandro contiene el aliento.
—Eres mía
susurra.
— La criatura más hermosa que he visto.
—Soy tuya.
—Ven aquí.
Ella camina hacia él, y Alejandro la recibe con un beso que es a la vez tierno y hambriento. Sus manos encuentran su espalda, desabrochan el sujetador con una habilidad que hace gemir a Scarlett. Cuando la prenda cae, él se separa para mirarla.
Sus pechos son perfectos, blancos, con esos botones rosados que ya se endurecen por la anticipación. Alejandro los acaricia con las yemas de los dedos, trazando círculos lentos que envían electricidad por todo el cuerpo de Scarlett.
—Si supieras lo que me haces
murmura él.
— Si supieras cuántas veces he tenido que controlarme para no devorarte en cada maldito momento.
—No te controles
responde ella, sorprendiendo incluso a sí misma.
— No quiero que te controles.
Los ojos de Alejandro brillan con una luz peligrosa.
—¿Estás segura?
Scarlett responde bajando sus bragas lentamente, dejándose ver completamente desnuda ante él.
—Devórame.
Alejandro la toma en brazos y la deposita sobre la cama. Por un momento solo la mira, allí tendida, su cabello rojo extendido como llamas sobre las sábanas blancas, su piel pálida casi luminosa en la penumbra.
—Voy a adorar cada parte de ti
promete.
—Y luego voy a hacerte mía de todas las formas posibles.
Comienza por sus pies. Besa cada dedo, recorriendo con sus labios el empeine, el tobillo, la pantorrilla. Scarlett se estremece, las cosquillas mezclándose con el placer. Cuando llega a sus muslos, separa sus piernas suavemente.
—Qué hermosa eres aquí
dice, con la voz ronca.
—Tan suave, tan húmeda ya.
—Alejandro...
—Déjame saborearte.
Su boca encuentra el centro de ella y Scarlett gime, arqueándose. Su lengua es experta, alternando movimientos lentos con otros más rápidos, encontrando cada punto sensible. Scarlett se agarra a las sábanas, jadeando.
—No pares
implora.
—Por favor, no pares.
Él no para. Introduce un dedo mientras su lengua sigue trabajando, luego dos, moviéndose dentro de ella mientras succiona suavemente. Scarlett siente la presión crecer, la liberación acercándose.
—Ya casi
jadea.
— ya casi...
—Correte para mí
ordena él.
—Quiero sentirte correr en mi boca.
Y ella obedece. Su cuerpo se tensa, arquea, y la liberación la golpea con una fuerza que la deja sin aliento. Grita su nombre mientras las oleadas la sacuden, mientras Alejandro no se detiene, alargando el placer hasta que ella cae jadeante sobre las sábanas.
Cuando vuelve en sí, Alejandro está sobre ella, sonriendo.
—Eres increíble
dice.
— Verte así, perder el control, es lo más hermoso que he visto.
—Todavía no he terminado contigo
responde ella, sorprendiéndose a sí misma con su atrevimiento.
Alejandro ríe.
—¿No, Y qué piensas hacer?
Scarlett lo empuja suavemente, invirtiendo las posiciones. Ahora ella está sobre él, montando su cuerpo, mirando sus tatuajes extenderse bajo ella como un mapa de dolor y belleza.
—Mi turno
dice.
Besa su cuello, sus hombros, su pecho. Recorre con sus labios cada tatuaje, cada historia grabada en su piel. Cuando llega a su abdomen, siente cómo los músculos de él se tensan. Sigue bajando, hasta quedar frente a su gran bulto.
—Ela...
la voz de Alejandro es una advertencia y una súplica.
— No tienes que...
—Quiero.
Lo toma en su boca y él gime, un sonido profundo, animal. Scarlett experimenta, descubre qué le gusta, qué lo hace estremecerse. Aprende su cuerpo con la misma dedicación con la que él aprendió el de ella.
—Basta
dice él finalmente, tomándola de los brazos y subiéndola hacia él.
— Si sigues, no voy a durar. Y quiero estar dentro de ti cuando termine.
La coloca sobre él, su dureza presionando contra su entrada. Scarlett lo mira a los ojos.
—¿Lista?
pregunta él.
—Siempre.
Ella desciende lentamente, sintiendo cómo la llena por completo. Ambos gimen al unísono. Es una sensación abrumadora, él dentro de ella, sus cuerpos conectados, sus miradas enganchadas.
—Muévete
susurra Alejandro.
Scarlett comienza a cabalgarlo, despacio al principio, encontrando el ritmo. Alejandro la mira embelesado, su cabello rojo saltando, sus pechos moviéndose, sus ojos verdes medio cerrados por el placer.
—Eres mía
repite.
—Mi obsesión, mi perdición, mi todo.
—Alejandro...
Sus manos encuentran sus caderas, guiando sus movimientos. Pero pronto la necesidad lo supera. Gira sobre ella, colocándose encima, y comienza a embestir con más fuerza, más profundidad.
—Así
gime ella.
— Así, por favor.
Él acelera, cada embestida más profunda que la anterior. Scarlett envuelve sus piernas alrededor de su cintura, aferrándose a sus hombros. El cuarto se llena de sus gemidos, del choque de sus cuerpos, de palabras susurradas en la oscuridad.
—Te quiero
dice Alejandro de repente.
— Te quiero, te quiero, te quiero.
Scarlett siente que el mundo se rompe. No son palabras dichas a la ligera, son un juramento, una condena, una declaración de guerra contra todo lo que los separa.
—Yo también
responde, y es verdad.
—Yo también te quiero.
En ese momento la liberación los golpea juntos. Alejandro grita su nombre mientras se derrama dentro de ella, y Scarlett se rompe en mil pedazos, su cuerpo temblando incontrolablemente.
Quedan enredados, sudorosos, sin aliento.
Pasa un largo rato antes de que alguien hable.
—Nunca había dicho eso antes
confiesa Alejandro en voz baja.
—¿El qué?
—Te quiero. Nunca se lo había dicho a nadie.
Scarlett lo abraza más fuerte.
—Yo tampoco.
—¿Y ahora qué hacemos?
—No lo sé.
Alejandro se incorpora sobre un codo para mirarla.
—Huyamos.
—¿Qué?
—Huyamos juntos. Déjalo todo. Yo dejo esto
señala vagamente, significando su imperio, su dinero, su vida.
— Tú dejas lo que sea que tengas que dejar. Nos vamos a algún lugar donde nadie nos conozca.
Scarlett lo mira, y por un momento, solo un momento, lo imagina. Una vida simple, lejos del FBI, lejos de la mafia, lejos de las mentiras.
Pero sabe que es imposible.
—No podemos
susurra.
—¿Por qué no?
—Porque...
las palabras se atascan.
—Porque el mundo no nos dejaría.
Alejandro la abraza con desesperación.
—Entonces que el mundo arda. Mientras te tenga a ti, no me importa nada más.
Scarlett cierra los ojos. Las lágrimas amenazan con salir.
—Te quiero
repite.
—Pase lo que pase, no lo olvides nunca.
—¿Por qué hablas como si fuera a pasar algo?
Ella no responde. Solo lo abraza más fuerte, enterrando su rostro en su pecho.
Porque sabe que el tiempo se acaba.
Porque sabe que muy pronto, él descubrirá la verdad.
Y cuando eso pase, nada volverá a ser igual.
Esa misma noche, cuando Alejandro duerme, Scarlett revisa su teléfono. Mensajes de Williams: Necesitamos más. Moretti está moviendo un cargamento grande la próxima semana. Fecha, hora, lugar.
Scarlett mira a Alejandro dormido, tan vulnerable, tan confiado.
Y odia lo que está haciendo.
Pero no puede parar.