Laura Una arquitecta brillante intentando llevar una vida normal, en medio de todo su caos, llegará para cambiarle la vida a él.
—Ojalá el amor se pesara, porque siento que hoy acabo de subir una tonelada
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capitulo 6
El viaje hacia el norte en el Porsche de Marco no era exactamente el sueño ergonómico de Laura. Aunque el coche gritaba éxito por cada rendija de cuero italiano, ella sentía que sus caderas estaban librando una batalla territorial con el asiento deportivo.
—Marco, si este coche fuera un zapato, sería un estileto de aguja, precioso de ver, pero una tortura china para quien tiene un cuerpo real
comentó Laura, intentando reacomodar su bolso mientras buscaba una bolsa de papas fritas que había escondido por si las dudas.
Marco soltó una carcajada seca, manteniendo la vista en la carretera. Vestía una camiseta de algodón negro que marcaba unos tríceps que, según Laura, solo podían ser producto de un pacto con el diablo o de muchas horas de gimnasio aburrido.
—Es un coche aerodinámico, Durán. No está diseñado para picnics móviles. ¿Realmente vas a comer eso a las seis de la mañana?
—Es carbohidrato de supervivencia, jefe. Además, el estrés me da hambre y tú eres una fuente renovable de cortisol
respondió ella, metiéndose una papa a la boca con una rebeldía que a él, secretamente, le fascinaba.
El paisaje urbano fue reemplazado por colinas verdes y cielos de un azul tan intenso que parecía retocado con Photoshop. A medida que se acercaban a la zona del viñedo La Herencia, el ambiente en el coche cambió. Laura sacó la carpeta con los antiguos registros de propiedad que había logrado rescatar del archivo municipal. Su corazón empezó a martillear contra sus costillas.
—Marco, sobre este viñedo... los registros dicen que perteneció a una familia que desapareció del mapa en los años noventa tras una crisis financiera. Hay un vacío legal de tres años en los traspasos. ¿No te parece extraño?
Marco frunció el ceño, su perfil de estatua griega endureciéndose bajo la luz del sol.
—Los negocios de tierras en esa época eran un caos, Laura. Mi padre compró esos derechos a un banco quebrado. ¿Por qué te interesa tanto la genealogía de un montón de uvas?
—Porque los lugares tienen memoria
murmuró ella, mirando por la ventana para ocultar que sus ojos se habían humedecido.
—Y porque quiero saber qué estamos pisando antes de poner un hotel encima.
........
Llegaron a la entrada de la finca al mediodía. Un arco de piedra desmoronado recibía a los visitantes con un cartel de hierro oxidado que apenas dejaba leer el nombre. Al cruzarlo, Laura sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Era como si el aire allí fuera más denso, cargado de promesas y fantasmas.
Se bajaron del coche frente a una casona colonial que pedía a gritos una reforma o una demolición piadosa. Marco estiró los brazos, y Laura no pudo evitar notar cómo se le marcaba el abdomen. Concéntrate, Durán. Viniste por la arquitectura, no por la anatomía, se regañó mentalmente.
—Bueno, bienvenida al paraíso de las termitas
dijo Marco, señalando la casa.
—El administrador dice que la habitación principal es la única que tiene el techo estable. Tú te quedarás allí. Yo dormiré en el sofá del estudio.
—¿El gran Marco Alarcón durmiendo en un sofá, Seguro que no vas a pedir que te traigan un colchón de plumas de ganso en helicóptero?
bromeó ella, tratando de aliviar la tensión sexual que flotaba entre ellos como una nube de tormenta.
—Si sobrevivo a tus presentaciones de diseño, puedo sobrevivir a un sofá de los años cincuenta
respondió él, acercándose a ella con una lentitud peligrosa. sonrió y entraron.
El trabajo comenzó de inmediato. Pasaron la tarde recorriendo las vides, midiendo niveles y tomando fotografías. Laura, con sus botas de montaña y el cabello recogido en una coleta desordenada, se sentía más viva que nunca. Marco la observaba trabajar, le fascinaba la precisión con la que ella usaba el telémetro y cómo no se quejaba del calor ni del lodo que ya manchaba sus pantalones claros.
Al caer la noche, el hambre real hizo acto de presencia. El administrador les había dejado una cesta con pan casero, quesos de la zona y, por supuesto, una botella de la reserva privada de la finca.
Se sentaron en el porche de madera, bajo un cielo estrellado que en la ciudad sería imposible de ver. El silencio del campo era absoluto, solo roto por el sonido de los grillos y el descorche del vino.
—Es irónico
dijo Marco, dándole un sorbo a su copa.
—Paso la vida construyendo rascacielos de cristal donde la gente ni siquiera se mira a la cara, y aquí, en medio de la nada, siento que puedo respirar.
Laura lo miró de reojo. La luz de una lámpara de aceite proyectaba sombras suaves en el rostro de Marco, borrando su máscara de CEO agresivo.
—Quizás es porque aquí no tienes que ser el heredero de los Alarcón. Solo eres un hombre con una copa de vino y muy mal gusto para elegir sofás.
Marco sonrió de verdad, una sonrisa que le llegó a los ojos y que hizo que a Laura se le olvidara cómo respirar por un segundo.
—Sabes, Laura... todo el mundo espera algo de mí. Un imperio, una continuidad, una perfección que a veces me asfixia. Mi padre me entrenó para ganar, pero nunca me enseñó qué hacer cuando te das cuenta de que el premio final no te sirve de nada.
Laura sintió que era el momento. Se acercó un poco más, dejando que sus hombros se rozaran.
—¿Por qué dices que no te sirve de nada? Tienes el mundo a tus pies.
Marco dejó la copa en la mesa y la miró con una vulnerabilidad que la desarmó.
—Porque un imperio sin herederos es solo una tumba muy cara, Laura. Hace años me diagnosticaron... bueno, los médicos dicen que soy estéril. Que la línea de los Alarcón termina conmigo.
El silencio que siguió fue profundo. Laura no dijo lo siento, porque sabía que él odiaría la lástima. En su lugar, puso su mano sobre la de él. Sus dedos, un poco más anchos de lo que la moda dictaba pero cálidos y firmes, se entrelazaron con los de Marco.
—Un hombre no es su capacidad de reproducirse, Marco. Un hombre es lo que construye, lo que ama y cómo trata a la gente que tiene cerca. Tu herencia puede ser este viñedo, o el impacto que dejas en los demás. O... lo que tú decidas.
Marco giró la mano para sujetar la de ella con fuerza. La atracción que habían estado conteniendo durante semanas estalló como un barril de pólvora. Se acercó a ella, rodeando su cintura con un brazo firme, atrayendo sus curvas contra su cuerpo. Laura sintió el calor de su pecho y el aroma del vino y la noche.
—Eres increíble, Laura Durán
susurró él contra sus labios
—Eres la única persona que no me mira como si fuera un trofeo o una decepción.
El beso fue lento, profundo y cargado de una necesidad que los dejó sin aliento. No hubo dudas, no hubo complejos. En la oscuridad del porche, Laura se sintió la mujer más hermosa del mundo, no por su peso, sino por la forma en que Marco la buscaba, como si ella fuera el agua en mitad de su desierto.