Me vendí a un mafioso por un año para salvar la librería de mi madre, pero él decidió que si soy su esposa, soy suya para siempre.
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El Sí
No durmió. Se quedó toda la noche sentada en el suelo de la librería, con el contrato en una mano y la foto de su madre en la otra.
Llamó a su mejor amiga, Sara. Sara le dijo: "¿Estás loca? ¡Es guapísimo y millonario! ¡Cásate y si te trata mal te divorcias y te quedas con todo!"
Llamó a una abogada de oficio. La abogada le dijo: "Es legal. Inmoral, pero legal. Si firma, cúmplalo al pie de la letra. Y no se enamore. Nunca funciona."
A las 6 am, se miró al espejo del baño minúsculo de la librería. Tenía ojeras, el pelo sucio, la misma ropa de ayer. Parecía una indigente.
A las 8 am, se duchó. Se puso su mejor vestido. Uno negro, simple, que su madre le había comprado para su graduación. Se maquilló para no parecer muerta.
A las 9:30 am, bajó. Su maleta pequeña estaba hecha. Solo con lo esencial. Libros, fotos, su mesa de restauración portátil.
A las 9:59 am, el coche negro estaba ahí. Viktor en la puerta.
"¿Señora?", preguntó Viktor.
Elena miró hacia arriba, hacia su librería. Hacia la ventana de su cuarto donde había crecido. Hacia el letrero de neón que decía MORETTI y que parpadeaba desde que tenía 10 años.
"¿Si digo que sí ahora, puedo decir que no después?"
"No, señora", dijo Viktor, honesto.
"Bien. Al menos alguien aquí es honesto."
Subió al coche.
El edificio Volkov era de cristal negro. 43 pisos. En el piso 43, Lorenzo estaba de pie frente a la ventana, mirando la ciudad. Llevaba el mismo traje que la primera noche. Sin corbata. Nervioso. Lorenzo Volkov estaba nervioso y eso no había pasado desde que tenía 12 años.
Cuando la puerta se abrió y la vio, se le cortó la respiración.
Vino. Bajó. Dijo que sí sin decirlo.
"¿Estás segura?", preguntó, porque necesitaba oírlo.
"No. Estoy aterrada. Estoy furiosa. Estoy endeudada. Pero sí, estoy segura de que no quiero perder la librería de mi madre. Así que sí, Lorenzo a secas, me voy a casar contigo."
Lorenzo caminó hacia ella. Lento, como si tuviera miedo de que se rompiera.
Sacó una cajita. No era grande. Era de terciopelo negro.
"¿Me dejas?"
Elena asintió.
Le puso el anillo. Platino, una sola piedra, no muy grande, pero perfecta. Le quedaba un poco grande. Como todo en esa vida nueva.
"Nos queda grande a los dos esto", dijo Elena, mirando el anillo.
"Nos acostumbraremos."
En la sala de juntas, había un juez de paz viejo, con cara de haber visto de todo y no sorprenderse por nada. Y dos testigos que eran hombres de Lorenzo, con tatuajes que se les salían por el cuello.
"¿Elena Moretti, acepta a Lorenzo Volkov como su legítimo esposo?"
Elena miró a Lorenzo. Sus ojos grises la miraban sin pestañear. No había amor ahí. Había posesión. Había obsesión. Había algo oscuro que le decía que este hombre nunca la iba a dejar ir, aunque firmara que solo era un año.
"Sí, acepto", dijo. Su voz sonó fuerte, aunque por dentro temblaba.
"¿Lorenzo Volkov, acepta a Elena Moretti como su legítima esposa?"
"Sí", dijo Lorenzo, sin dudar ni un segundo. "Acepto."
"Por el poder que me confiere el estado de Illinois, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia."
Lorenzo se acercó. Elena pensó que la besaría como en las películas. No lo hizo. Le levantó la barbilla con dos dedos y le dio un beso en la mejilla, cerca de la comisura de los labios. Un beso que prometía más que un beso en la boca.
"Hola, esposa", susurró solo para ella.
"Hola, esposo", contestó ella, y le supo raro, peligroso, dulce.
Firmaron. Tres copias. Una para ella, una para él, una para el juez. Cuando salieron del edificio, había fotógrafos. Muchos. Flashes.
"¡Señor Volkov! ¡Señor Volkov! ¿Quién es ella? ¿Es su esposa?"
Lorenzo, sin soltarle la mano a Elena, que estaba petrificada, dijo una sola frase a la prensa, mirando a la cámara:
"Ella es Elena Volkov. Mi esposa. Y si alguien la molesta, se las verá conmigo."
La subió al coche. Elena tenía la mano entumecida de lo fuerte que él se la agarraba.
"¿Ya soy famosa?", preguntó, intentando bromear para no llorar.
"No. Ahora eres intocable. Que es mejor que ser famosa."
El coche arrancó hacia la mansión. Hacia la jaula de oro. Hacia el resto de su vida.
Elena miró por la ventana, con el anillo que le quedaba grande brillando en su mano. Acababa de venderse por una librería.
Lo que no sabía era que acababa de comprar al hombre más peligroso de Chicago con solo decir sí. Y que él ya no tenía precio de devolución.