En un mundo donde lobos y vampiros se odian desde generaciones, Aiden descubre que no es solo un joven universitario ordinario, sino el heredero de una de las más poderosas líneas Alfa. Criado en el mundo humano, sin saber quién es, su vida cambia cuando empieza a tener visiones, sueños extraños y un poder que no puede controlar. Junto a Lyra, una guardiana de la que se enamora, Aiden se enfrenta a un enemigo ancestral: la sombra, nacida del miedo de la creación. En su búsqueda de identidad, Aiden deberá descubrir quién es realmente, equilibrar las fuerzas que lo han perseguido y, solo a través del amor y la elección, cambiar el destino de su mundo, donde la verdad es la única fuerza capaz de unir aquello que el odio dividió.
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Capítulo 1: La noche en que murió un príncipe
El bosque respiraba con una calma engañosa.
La luna llena bañaba los inmensos pinos con un resplandor plateado, mientras el viento arrastraba el aroma de la tierra húmeda y de las flores nocturnas. A simple vista, aquel lugar parecía un rincón olvidado del mundo. Sin embargo, oculto entre montañas y protegido por antiguos hechizos, se alzaba el Reino de la Luna Plateada, hogar de una de las manadas de hombres lobo más poderosas de la historia.
En el centro del reino se erguía el Castillo Alfa, construido con piedra negra y madera ancestral. Aquella noche estaba iluminado por cientos de antorchas. Guerreros, ancianos y sirvientes celebraban el primer aniversario del nacimiento del heredero de la familia Alfa.
En el gran salón, la música llenaba el ambiente mientras las risas se mezclaban con el sonido de las copas.
El Alfa Kael observaba la escena con una sonrisa orgullosa. Alto, de cabello oscuro y mirada dorada, transmitía la fuerza de un líder nacido para gobernar.
A su lado, la Luna Selene sostenía en brazos a un pequeño niño de ojos grises, demasiado tranquilo para su edad.
—Míralo... —susurró ella—. Parece que observa todo como si pudiera entendernos.
Kael acarició la diminuta mano del niño.
—Algún día este pequeño protegerá a nuestro pueblo.
—Solo espero que tenga una vida más pacífica que la nuestra.
Antes de que pudiera responder, un escalofrío recorrió la espalda del Alfa.
Algo no estaba bien.
El aire cambió.
El aroma del bosque desapareció.
Fue sustituido por otro...
Sangre.
Y muerte.
Los centinelas comenzaron a aullar desde las murallas.
Un segundo después...
La primera explosión sacudió el castillo.
Las enormes puertas principales saltaron por los aires.
Los gritos reemplazaron a la música.
—¡ENEMIGOS! —rugió un guardia.
El caos estalló.
Guerreros vestidos con armaduras negras irrumpieron en el salón acompañados por criaturas de ojos rojos que se movían con una velocidad imposible.
Vampiros.
Pero no estaban solos.
Entre ellos había hombres lobo.
Traidores.
Las espadas chocaron.
Los muebles se hicieron añicos.
La sangre comenzó a teñir el suelo.
Kael empujó a Selene hacia una puerta secreta.
—¡Llévate al niño!
—¡No pienso dejarte!
—¡Es una orden!
Las lágrimas llenaron los ojos de la Luna.
Sabía lo que aquello significaba.
Tomó al pequeño y corrió por el pasadizo oculto.
Un anciano los esperaba.
Era Rowan, el mayordomo de la familia Alfa.
Había servido a cuatro generaciones.
—Rowan...
Selene colocó al bebé entre sus brazos.
—Protégelo.
—Daré mi vida por él.
Ella besó la frente del pequeño.
—Perdóname...
El niño abrió los ojos y la observó sin llorar.
Como si quisiera recordar aquel rostro para siempre.
Selene sonrió entre lágrimas.
Luego cerró la puerta secreta.
Fue la última vez que vio a su hijo.
...
El pasadizo desembocaba en un antiguo túnel bajo las montañas.
Rowan corría con el pequeño envuelto entre mantas mientras detrás de él resonaban explosiones y rugidos.
El castillo estaba cayendo.
El anciano apenas podía respirar.
Cada paso parecía el último.
Entonces escuchó un rugido tan poderoso que hizo temblar la montaña.
El Alfa Kael.
Estaba luchando.
Y perdiendo.
Rowan apretó los dientes.
—Perdóneme, mi señor... No puedo regresar.
Continuó avanzando.
Al salir del túnel encontró un caballo escondido entre los árboles.
Subió como pudo y emprendió una desesperada huida.
Detrás de él...
El cielo se iluminó de rojo.
El castillo ardía.
Desde la distancia, Rowan vio cómo la torre principal se derrumbaba.
Cerró los ojos por un instante.
Todo había terminado.
O eso creían los enemigos.
...
Al amanecer, los invasores recorrieron las ruinas.
No encontraron al heredero.
Solo restos calcinados de una pequeña cuna.
El líder del ataque observó el lugar con expresión fría.
—Busquen entre los cuerpos.
Horas después, uno de sus hombres regresó.
—No encontramos al niño.
El hombre sonrió lentamente.
—Entonces anunciemos al mundo que murió.
Los supervivientes lo creerán.
Las demás manadas también.
Y cuando llegue el momento...
Nadie esperará el regreso de un fantasma.
Su risa se perdió entre las cenizas.
Muy lejos de allí, Rowan cruzaba la frontera hacia el mundo humano con el bebé profundamente dormido entre sus brazos.
—Desde hoy ya no eres un príncipe... —susurró con la voz quebrada—. Serás solo un niño más. Crecerás lejos de la guerra, del odio... y de quienes desean verte muerto.
El anciano levantó la vista hacia el cielo.
La luna comenzaba a ocultarse tras el amanecer.
Sin saberlo, el destino de dos mundos acababa de cambiar.
Y mientras el heredero dormía ajeno a todo, una antigua marca en su pecho brilló por un instante con un tenue resplandor plateado.
Nadie estaba allí para verla.
Nadie... excepto una figura encapuchada que observaba desde lo alto de un acantilado.
—Por fin... —murmuró con una sonrisa apenas visible—. El juego ha comenzado.