Unas vacaciones de libertad era todo lo que Maya buscaba para escapar de una rutina asfixiante y de un novio que no la valoraba. Lo que nunca imaginó fue cruzarse con él: un hombre misterioso, de cabello oscuro y una mirada color miel tan magnética como peligrosa. Entre ellos, la atracción no fue normal; fue una obsesión instantánea. Fueron días y noches de una pasión ardiente, salvaje y sin reglas, bajo una única condición: no decirse sus nombres para que el sueño fuera eterno.
Pero los sueños terminan. Él desapareció primero, dejándola con el corazón acelerado y una realidad demoledora al regresar a casa. Tras enterarse de que estaba embarazada, su novio la abandonó de la peor manera, dejándola sola y señalada. Si no hubiera sido por el amor incondicional de su abuelo Walter, Maya no habría sabido cómo salir adelante.
Tres años después, el Destino los volvió a unir
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Capítulo 23: El primer encuentro con los abuelos y la tía
El elegante automóvil negro se detuvo frente a la imponente fachada de *L'Étoile*. Maya sentía que el aire apenas lograba llegar a sus pulmones. El vestido de seda que Demian le había obsequiado se ajustaba a su figura con una elegancia impecable, pero por dentro, ella era un manojo de nervios destrozados. En sus brazos, la pequeña Cielo miraba con ojos curiosos los destellos de las luces de la ciudad, completamente ajena a la tormenta de la alta sociedad que las esperaba del otro lado de las puertas de cristal.
Cuando el chofer abrió la portezuela, Demian ya estaba ahí. Su silueta alta, vestida con un traje hecho a medida, proyectaba esa seguridad inquebrantable que tanto lo caracterizaba. Al ver el temblor en las manos de Maya, él se inclinó y besó su frente con una ternura pausada, mientras sus manos grandes envolvían sus hombros.
—Estoy aquí, mi niña. Nadie va a tocarles un solo cabello —susurró con su voz grave, transmitiéndole una calma que ella necesitaba con urgencia.
El trayecto hacia el salón imperial fue un viaje en silencio. Al cruzar el umbral del reservado privado, el ambiente se transformó por completo. Era un choque de mundos inmediato. Sentados a la gran mesa de roble pulido, los padres de Demian, una pareja que destilaba una aristocracia gélida y un estatus imponente, detuvieron su conversación de golpe. A su lado, la hermana menor de Demian observaba con expectación, mientras que su prima, con el rostro tenso y un vestido rojo sangre, clavaba una mirada ponzoñosa sobre Maya.
La tensión en la habitación se volvió tan espesa que el pulso de Maya se aceleró a un ritmo ensordecedor. Sin embargo, toda la rigidez de la alta sociedad se desmoronó en el milisegundo en que la pequeña Cielo soltó un pequeño balbuceo, llamando la atención de los presentes.
Los padres de Demian y su hermana quedaron completamente hechizados al ver a la bebé.
La madre del magnate, una mujer de facciones severas y joyas deslumbrantes, se levantó de su asiento de manera casi instintiva, rompiendo toda su estricta etiqueta. Caminó con pasos lentos hacia Maya, con la mirada fija en la criatura. Cuando Cielo levantó la carita y la miró de frente, destellando esos enormes, brillantes y feroces ojos color miel bajo las luces de las arañas de cristal, el impacto fue absoluto.
—Dios mío... —articuló la mujer mayor, y su voz, antes gélida, se quebró por completo.
Las lágrimas de una emoción viva y desbordante comenzaron a rodar por las mejillas de la matriarca de los Anderson. No hizo falta ninguna prueba de laboratorio, ningún documento oficial; al ver ese reflejo dorado y felino, reconoció de inmediato, sin el menor rastro de duda, la sangre pura de la dinastía Anderson corriendo por las venas de la pequeña. Con las manos temblorosas, la abuela se llevó los dedos a la boca, completamente conmovida ante la belleza de su primera nieta.
La hermana menor de Demian no tardó en reaccionar. Rompiendo con la formalidad de la mesa, se levantó de un salto y se acercó corriendo, con los ojos brillando de una alegría desbordante.
—¡Es hermosa! ¡Es idéntica a ti, Demian! —exclamó la joven, volviéndose loca de amor con su sobrina de manera inmediata. Se inclinó hacia Cielo, haciéndole gestos cariñosos y celebrando cada pequeña risita que la bebé soltaba al ver tanta atención—. Mira esas manitas, mira esos rizos... Hola, mi amor, soy tu tía.
El imponente salón imperial, diseñado para las negociaciones más frías de la alta sociedad, se llenó de pronto de una calidez que nadie en la familia Anderson había previsto. El padre de Demian observaba la escena desde la cabecera, y aunque intentaba mantener su semblante rígido de patriarca, un brillo de profundo orgullo y aceptación se instaló en sus propios ojos al contemplar la estampa de su hijo junto a la pequeña heredera.
Maya sintió que el nudo de terror que le oprimía el pecho comenzaba a disolverse lentamente al ver a su hija rodeada de tanto afecto genuino por parte de los abuelos y la tía. Sin embargo, al desviar la vista hacia el otro extremo de la mesa, se topó con los ojos de la prima de Demian. La mujer permanecía estática, con los labios apretados en una línea delgada y una furia silenciosa quemándole las entrañas. La tregua familiar había comenzado con el triunfo de la sangre, pero la mirada de la obsesión seguía acechando desde la sombra, lista para atacar en cuanto el primer descuido se hiciera presente.