Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?
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CAPÍTULO 1: LA CUOTA
Chloe Bennett
El segundero del reloj de pared de mi cocina suena como una bomba de tiempo. Tic, tac, tic, tac. Siento que el aire se me escapa de los pulmones con cada maldito segundo que pasa. Frente a mí, sobre la mesa de madera desgastada, la pantalla encendida de mi laptop vieja parpadea, mostrando el portal de la universidad.
Mis ojos repasan la cifra una, dos, tres veces, esperando que un maldito error del sistema borre un cero. Pero no cambia.
El saldo pendiente por la matrícula de este mes se ha duplicado debido a un recargo administrativo absurdo. Es una cantidad obscena. Una cifra que, para alguien que vive al día, que arrastra tres idiomas en la cabeza pero los bolsillos completamente vacíos, equivale a comprar un boleto directo al fracaso.
—No, no, no... por favor, ahora no —susurro, apretando los puños contra mis sienes.
Las lágrimas de frustración me queman los ojos, pero me niego a dejarlas caer. He trabajado jodidamente duro para estar aquí. He limpiado pisos, he sido tutora de niños ricos e insoportables, he pasado noches en vela estudiando bajo la luz de una vela cuando no tenía para la electricidad, todo para mantener mis notas perfectas. Mantengo un promedio impecable, hablo italiano, francés y ruso a la perfección, ¿y todo se va a ir a la basura por un trozo de papel que dice que no tengo los fondos suficientes?
Siento una opresión asfixiante en el pecho. Si no pago antes del viernes, me suspenderán. Perderé la beca parcial, perderé mi futuro, perderé la única oportunidad que tengo de ser alguien en esta maldita vida y dejar de ser la "huérfana desamparada" que el mundo ignora. La desesperación es un monstruo frío que me araña las entrañas, recordándome lo sola que estoy en el mundo. No hay un teléfono al que pueda llamar. No hay padres, no hay tíos, no hay nadie que vaya a salir al rescate con una chequera. Soy solo yo contra el mundo.
Cierro la laptop de un golpe, incapaz de seguir mirando esos números que dictan mi sentencia de muerte académica. Necesito aire. Necesito moverme o me voy a volver loca.
Me pongo los jeans más decentes que tengo, una blusa gastada pero limpia, y meto mi vieja computadora en la mochila. Tengo que ir al campus. Tengo que hablar con el departamento de finanzas, rogar por una prórroga, hacerles ver que soy su mejor estudiante de la facultad de idiomas y relaciones internacionales. Tiene que haber una maldita salida.
Mientras camino hacia la universidad, el estómago se me retuerce. El sol de la mañana brilla con una ironía cruel, iluminando los edificios góticos del campus que hoy me parecen más una fortaleza inalcanzable que mi hogar. Al cruzar el arco principal, el murmullo de los estudiantes me aturde. Chicos y chicas de mi edad caminan riendo, vistiendo ropa de marca, sosteniendo cafés caros, discutiendo a qué playa irán el próximo fin de semana. Para ellos, la universidad es un trámite, un patio de juegos financiado por las cuentas bancarias de sus familias. Para mí, es una guerra de supervivencia diaria.
Camino con la cabeza gacha, concentrada en repasar mentalmente los argumentos que usaré con el decano para que no me eche a patadas. Estoy tan absorta en mi propia miseria que no me doy cuenta de los pasos rápidos que se acercan detrás de mí, ni de la risa estridente y burlona que conozco demasiado bien.
De repente, un impacto helado me golpea la espalda y el costado del cuerpo.
El agua fría empapa mi blusa al instante, pegándose a mi piel. Suelto un grito ahogado por la sorpresa y el frío. Pero lo peor viene un segundo después: el líquido chorrea directamente dentro de mi mochila, que llevaba mal cerrada. Mi laptop, mi única herramienta de estudio, el artefacto viejo que logré comprar después de meses de ayuno, queda sumergida en el charco que se expande por la lona.
—¡Ay, lo siento tanto, huérfana! No te vi. Es que eres tan invisible que es fácil confundirte con la basura del suelo.
Me doy la vuelta, temblando de frío y de una furia que me quema la garganta. Frente a mí, sosteniendo un termo de acero inoxidable ahora vacío, está Vanessa.
Su cabello rubio platinado está perfectamente peinado, sus ojos brillan con una maldad pura y viste una chaqueta de diseñador que cuesta más que tres meses de mi alquiler. A su lado, su séquito de amigas se ríe por lo bajo, tapándose la boca con manos llenas de manicura perfecta. Vanessa me odia. Me odia desde el primer día porque, a pesar de todos sus millones y sus tutores privados, yo siempre obtengo la calificación más alta de la clase. No soporta que una chica que viste ropa de segunda mano le pase por encima en el ámbito académico.
—¿Qué te pasa? —le espeto, con la voz temblando por la humillación pública. Varios estudiantes se han detenido a mirar la escena—. ¡Has arruinado mi computadora!
—¿Ese pedazo de chatarra? Te hice un favor, Bennett. Así dejas de dar lástima en la biblioteca —Vanessa da un paso hacia mí, cruzándose de brazos, con una sonrisa de superioridad que me dan ganas de borrarle de la cara de un golpe—. Aunque, pensándolo bien, ya no la vas a necesitar. Escuché en la oficina de administración que estás en la lista de expulsión por falta de pago. ¿Qué pasa, Chloe? ¿Se te acabaron los ahorros de la caridad? Qué pena. Gente como tú no pertenece a este lugar.
Las risas de sus amigas resuenan en mis oídos como estática. La humillación es tan densa que casi puedo saborearla. Siento la urgencia salvaje de abalanzarme sobre ella, de hacerle pagar por cada palabra, pero sé que si la toco, me expulsarán de inmediato sin derecho a réplica. Las leyes de este lugar protegen a los apellidos como el de ella, no a los fantasmas como yo.
—Vete al demonio, Vanessa —digo entre dientes, tragándome el orgullo y las lágrimas de rabia.
Saco la laptop de la mochila con manos temblorosas. El agua sale de los puertos USB. Está muerta. Mi vida entera estaba en ese disco duro. Sin decir una palabra más, doy la vuelta y corro lejos de la multitud, ignorando las burlas que se quedan a mi espalda. Corro hasta el baño más alejado del edificio de ciencias, me encierro en un cubículo y me deslizo de espaldas contra la puerta hasta sentarme en el suelo frío.
Abrazo mis rodillas, dejando que el llanto contenido finalmente escape en un sollozo ahogado. Estoy rota. Estoy financieramente muerta y ahora ni siquiera tengo cómo estudiar para los exámenes finales de la próxima semana.
No voy a rendirme. No puedo.
Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano, respirando hondo. El odio hacia Vanessa y la desesperación por mi situación se transforman en una chispa de pura terquedad. Saco mi teléfono —el cual afortunadamente se salvó del agua por estar en mi bolsillo— y me conecto a la red Wi-Fi de la universidad. Si tengo que trabajar veinticuatro horas al día, lo haré. Si tengo que vender mi sangre, lo haré.
Entro en un portal de empleo de alta categoría, buscando desesperadamente algo que pague de inmediato. Filtrar por: "Urgente. Idiomas obligatorios. Turno nocturno/fines de semana."
Mis ojos recorren los anuncios habituales de camarera o recepcionista con sueldos miserables que no me alcanzarían ni para los libros, hasta que un anuncio reciente, publicado hace apenas una hora, hace que mi corazón dé un vuelco.
> CONVOCATORIA URGENTE: ASISTENTE PERSONAL EJECUTIVO NOCTURNO Y FINES DE SEMANA.
> Importante corporación multinacional busca asistente personal para el CEO. Requisitos: Disponibilidad de horario absoluta fuera del horario de oficina estándar, confidencialidad estricta, dominio fluido de al menos dos idiomas extranjeros (Ruso, Francés o Italiano preferibles), capacidad de resolución bajo presión extrema.
> Ofrecemos: Salario de alto nivel, bonos por desempeño inmediato y cobertura total de gastos educativos o médicos si el perfil cumple con la excelencia.
Me quedo mirando la pantalla, con el corazón latiéndome con fuerza en los oídos. ¿Cobertura total de gastos educativos? Es demasiado bueno para ser verdad. Es casi irreal. Miro el nombre de la empresa que publica a través de la agencia: Corporación UltraTech Donovan.
El apellido me hace dudar un segundo, provocándome un escalofrío por el recuerdo de la humillación de Vanessa, pero me sacudo la idea de la cabeza. Donovan es un apellido común entre la alta sociedad del país, y esa corporación es un imperio que abarca aerolíneas, finanzas y tecnología. No tiene nada que ver con la niñata mimada que me tiró agua hace una hora. El CEO de esa empresa debe ser un anciano multimillonario, un hombre de negocios exigente que no tiene tiempo para perder.
Es mi única oportunidad. Mi perfil encaja a la perfección: hablo los tres idiomas solicitados, tengo notas perfectas y mi necesidad de dinero me hace la candidata más dispuesta a soportar cualquier nivel de presión.
Con los dedos todavía temblando por la adrenalina, adjunto mi currículum digital y mi historial de calificaciones perfectas. Envío el correo con un mensaje breve pero contundente, vendiendo mi capacidad de trabajo como si mi vida dependiera de ello.
Porque, de hecho, depende de ello.
Apago la pantalla del teléfono y la apoyo contra mi pecho, cerrando los ojos.
—Por favor —susurro al vacío del baño—. Solo necesito una entrevista. Solo una oportunidad para demostrar lo que valgo.