Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 4: El quiebre del destino
Las colosales puertas dobles del gran salón de banquetes se abrieron de par en par, y el murmullo de cientos de aristócratas se extinguió en un instante absoluto. El heraldo de la corte dio un paso al frente, golpeando el suelo con su bastón de oro tres veces.
—¡Su Majestad Imperial, el Emperador, y Su Alteza Real, la Princesa Heredera Vivianne!
Del brazo de su padre, Vivianne avanzó con paso firme, sintiendo el peso de todas las miradas clavarse en su figura. Sin embargo, esta vez no bajó la cabeza. En su vida pasada, la opulencia del salón y la presión de la nobleza la hacían encorvar los hombros, buscando refugio en la sombra de su progenitor. Hoy no. Hoy caminaba con la espalda recta, el mentón en alto y una gracia innata que exigía sumisión a cada paso.
El impacto en la corte fue inmediato. Un murmullo colectivo, como el siseo de un viento helado, comenzó a recorrer las filas de duques, condes y marqueses que se inclinaban a su paso. El contraste era brutal. Nadie esperaba ver a la dócil princesa vistiendo aquel imponente traje azul medianoche. Bajo las gigantescas lámparas de cristal, la seda de su falda parecía capturar la oscuridad del cielo nocturno, mientras que los hilos de plata de sus mangas destellaban como estrellas distantes. La máscara de metal plateado forjado cubría la mitad de su rostro, pero dejaba al descubierto unos labios pintados de un carmesí profundo, curvados en una línea de absoluta indiferencia.
—¿Es esa la princesa? —susurró una condesa detrás de su abanico—. Su aura... parece otra persona. Se ve tan fría, tan majestuosa.
—Parece el mismísimo Emperador en su juventud —respondió un duque anciano, asombrado—. No hay rastro de la timidez de antes.
Vivianne escuchaba los comentarios sin parpadear. A su lado, sintió el sutil apretón de su padre en su brazo. El Emperador caminaba con una sonrisa de orgullo contenida, percibiendo cómo su hija dominaba el salón con su sola presencia. Vivianne le devolvió una mirada de complicidad antes de que él se dirigiera hacia el trono principal para recibir a los diplomáticos extranjeros.
Al quedar sola cerca de la gran escalinata, Vivianne recorrió el lugar con la mirada. No tardó en encontrar lo que buscaba.
Abriéndose paso entre la multitud con una prisa apenas contenida, se aproximaba **Alexander**. Llevaba su máscara dorada, esa misma que en el pasado a ella le había parecido el accesorio de un príncipe de cuentos de hadas. Vivianne sintió que una punzada de desprecio le recorría las venas al ver los hilos de su desesperación. Él llevaba toda la noche merodeando cerca de la entrada, esperando el momento exacto para abordarla, tal como lo había hecho en la línea temporal anterior. Alexander creía que jugaba en terreno seguro; asumía que Vivianne seguía siendo la niña solitaria y sedienta de afecto a la que podía enredar con un par de elogios ensayados frente al espejo.
Alexander se detuvo a un par de pasos de ella. Hizo una reverencia perfecta, fluida, arrastrando los pies con esa elegancia impostada que tanto gustaba a las damas de la baja nobleza. Al levantarse, sus ojos brillaron con una confianza desmedida a través de la máscara.
—Buenas noches, mi bella dama —dijo, bajando la voz para forzar un tono de intimidad—. El aire de este salón se ha vuelto terriblemente pesado con tanta pompa. ¿Me haría el honor de acompañarme al jardín imperial? Un poco de aire fresco y una conversación en privado nos sentarían de maravilla.
Las palabras exactas. El mismo tono. La misma trampa.
En su primera vida, Vivianne se había sonrojado bajo la máscara, halagada de que un hombre tan apuesto se fijara en ella entre tantas mujeres. Había aceptado de inmediato, entregándole su mano y caminando directo hacia el acantilado de su propia ruina. En ese jardín, él la había llenado de promesas vacías que ella atesoró como oro.
Vivianne se quedó inmóvil. Varias familias de la alta aristocracia —incluyendo al influyente Duque de Westminster y al Conde de Penbroke— se habían detenido cerca, observando la audacia del hijo del barón al intentar cortejar a la princesa de forma tan directa.
La princesa miró a Alexander desde arriba, sosteniendo la taza de ponche con una elegancia gélida. No hubo sonrojo. No hubo timidez. Sus ojos, fijos en él, eran dos pozos de hielo que desnudaban sus verdaderas intenciones.
—Agradezco su oferta, hijo del barón —respondió Vivianne. Su voz no fue un susurro; fue un tono claro, firme y perfectamente modulado que resonó en el círculo de nobles que los rodeaba—. Pero el jardín imperial es un espacio reservado para la realeza, no para que la baja nobleza busque atajos o intente conseguir favores que no le corresponden. Prefiero quedarme aquí, donde el aire es adecuado para mi posición.
El silencio que se formó alrededor fue sepulcral.
La sonrisa de Alexander se desvaneció al instante, reemplazada por una mueca de absoluta estupefacción. La sangre se le retiró del rostro, dejándolo de una palidez mortal bajo la máscara dorada. Las palabras de la princesa habían sido un látigo directo a su orgullo, una humillación pública que jamás esperó recibir de la mujer que, según sus informes, era una paloma asustadiza.
A su alrededor, se escucharon los sutiles jadeos de las damas de la corte y las risitas burlonas de los condes. El hijo de un simple barón había sido puesto en su lugar de la manera más cruel y elegante posible. Su audacia había sido aplastada frente a los hombres más poderosos del imperio.
Alexander se quedó congelado, con la mano aún medio extendida en el aire, temblando levemente por la rabia y el bochorno. Intentó articular una disculpa, una excusa para salvar la dignidad que le quedaba, pero Vivianne ni siquiera le dio la oportunidad.
Sin dedicarle una sola mirada más, con una indiferencia que dolió más que cualquier insulto, Vivianne se dio la vuelta, dejando que la cola de su vestido azul medianoche barriera el suelo cerca de las botas de Alexander. Caminó hacia el centro del salón, sintiendo el dulce sabor de la primera victoria. El destino ya no estaba escrito; las cadenas se habían roto, y esto era solo el principio.
felicidades por tus novelas.