Ocho años de un matrimonio helado, ocho años siendo el blanco del desprecio de Donato Santori, el temido Don de la Cosa Nostra. Para Fiorella, ser una Santori fue una condena en vida, culpada por su padre por la muerte de su madre y humillada por una hermana manipuladora, solo encontró en su esposo el eco del rechazo.
Donato la veía como una mujer frívola e histérica, cegado por las mentiras de Alessa, pero lo que nunca supo fue que el silencio de Fiorella escondía cicatrices profundas: el duelo por abortos misteriosos que él jamás presenció.
Ahora, el contrato llegó a su fin. ¿El motivo? La falta de un heredero. Libre de las cadenas, Fiorella desaparece para empezar de nuevo. Pero el destino guarda un secreto: no se fue sola. Cuando Donato por fin abre los ojos y decide que no puede vivir sin la mujer que descuidó, descubre que ella lleva en el vientre el futuro de la mafia. Él quiere su perdón, pero Fiorella solo quiere distancia del hombre que destrozó su corazón.
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Capítulo 1
La brisa fría de Sicilia soplaba contra las ventanas de cristal de la imponente mansión Santori, pero el hielo más cortante estaba dentro del pecho de Fiorella.
La mesa de comedor, puesta para dos, era una obra de arte solitaria. Fiorella había pasado la tarde coordinando cada detalle: el risotto ai frutti di mare que él adoraba, el vino de cosecha especial y las velas que ahora ya se habían derretido hasta convertirse en charcos de cera sobre el mantel de lino.
Ella miró el reloj de oro en su muñeca. 04:00 de la mañana, Fiorella alisó el tejido de seda de su vestido, por debajo de él, la lencería de encaje y audaz parecía ahora una broma de mal gusto contra su piel. Cumplía veintisiete años hoy, ocho de ellos dedicados a ser la esposa perfecta de un hombre que parecía olvidar su existencia en el momento en que salía por la puerta.
El sonido del motor potente resonó en el patio, seguido por el golpe pesado de la puerta de entrada, minutos después, Donato Santori entró en la sala de comedor, el traje estaba levemente desalineado y el olor a alcohol y humo lo precedía.
Fiorella se levantó, la voz saliendo más embargada de lo que pretendía.
—¿Dónde estabas, Donato?
El Don de la Cosa Nostra mal la miró, él soltó el nudo de la corbata con impaciencia, sus ojos oscuros y cansados barriendo la sala.
—Estaba en el club nocturno nuevo —respondió él, la voz ronca—. Necesitaba ver cómo está el movimiento, las ganancias es mi trabajo, Fiorella.
—¿Y por qué no me llamaste? —Ella dio un paso adelante, las manos temblorosas escondidas en los pliegues del vestido—. Esperé toda la noche.
Donato soltó una risa seca, desdeñosa.
—¿Para qué? ¿Para que te quejes de la música alta, de las bebidas demasiado fuertes o del olor a cigarrillo? No iba a perder mi tiempo llamándote, eres aburrida, Fiorella, siempre actuando como si estuvieras en un convento.
El golpe físico habría dolido menos. Fiorella sintió la garganta cerrarse.
—Fui con Alessa y con Lucas —continuó él, indiferente a la palidez de la esposa—. Ellos saben cómo divertirse sin transformar todo en un funeral.
El nombre de la hermana quemó en los oídos de Fiorella como ácido. Alessa siempre ella, plantando veneno, distorsionando su imagen ante el marido y su propio hermano, Lucas, siendo cómplice de aquella humillación.
—Hoy es mi cumpleaños, Donato —susurró ella, las lágrimas luchando por escapar—. Y nuestro aniversario de ocho años de matrimonio, yo pensé... hice la cena, todo lo que te gusta.
Donato paró y soltó un suspiro pesado, revolviendo los ojos con una arrogancia que hizo el corazón de Fiorella destrozarse.
—¿En serio? ¿Ya va a empezar el drama? Bien que tu hermana avisó que ibas a hacerte la víctima hoy, ¡estaba trabajando, joder!
Él caminó hasta ella, pero no para un abrazo, él apenas paró a centímetros de su rostro, exhalando poder y desprecio.
—El mundo no gira en torno a ti, Fiorella, mañana ve hasta la Via Condotti y compra un bolso caro, o cualquier otra cosa fútil que te guste, usa mi tarjeta y deja de hincharme los huevos por causa de una fecha, el año que viene viajamos, ¿satisfecha?
Él ni siquiera esperó una respuesta.
—Vamos a dormir, estoy cansado.
El trayecto hasta el cuarto principal fue hecho en un silencio sepulcral. Fiorella entró en el vestidor de mármol y, con manos temblorosas, arrancó el vestido y la lencería que había escogido con tanta esperanza. Ella vistió un pijama de algodón simple, sintiéndose pequeña, invisible.
Cuando entró en el cuarto, Donato ya estaba sin ropas, acostado bajo las sábanas de hilos egipcios. Así que Fiorella se acostó, él estiró el brazo y la jaló para cerca, abrazando su cintura con la posesividad de quien agarra un objeto que le pertenece.
En otros tiempos, aquel contacto habría hecho a Fiorella sonreír, ella siempre vivió de migajas, contentándose con el calor del cuerpo de él durante la noche para compensar el frío del desprecio durante el día.
Pero hoy fue diferente.
Mientras Donato adormecía rápidamente, su respiración tornándose pesada contra la nuca de ella, Fiorella encaraba la oscuridad del cuarto, las lágrimas finalmente rodaron, silenciosas y calientes, mojando la almohada.
Por la primera vez en ocho años, el toque del Don no trajo confort, trajo apenas la certeza de que ella estaba muriendo por dentro, poco a poco, en una jaula de oro donde su único crimen era amar a un hombre que la veía como una carga.
La decisión comenzó a ganar forma en medio de su llanto mudo: ella no aguantaba más un único año.
La mañana del lunes nació con el cielo pálido de Parlermo. Fiorella acordó antes del sol, el peso en el pecho de la noche anterior todavía estaba allí, pero el hábito de ocho años era una corriente difícil de quebrar.
Con movimientos mecánicos, ella separó el traje de Donato, combinando la corbata de seda con el tono de su propio vestido de secretaria. En la cocina, el aroma del café expreso fresco y el olor de los croissants calientes llenaban el aire.
Ella subió y lo despertó como siempre hacía: con caricias suaves y palabras de afecto que él mal parecía registrar.
—Amor, ya estoy yendo para la constructora —dijo ella, entregando la taza de porcelana en las manos de él.
—Está bien —fue la única respuesta de Donato, sin siquiera mirarla a los ojos.
Fiorella salió de casa en silencio. Donato creía que ella trabajaba en la empresa por capricho, para "vigilarlo". Él la llamaba de fútil y decía que ella gastaba fortunas, pero la realidad era un secreto amargo: Fiorella no tenía acceso a las cuentas bancarias, ni a las tarjetas de crédito que él pensaba que ella usaba. Para tener lo básico, para comprar un remedio o un par de medias, ella necesitaba el salario de secretaria.
Ella entró en la empresa puntualmente a las 08:00.
Dos horas y media después, la puerta de la recepción se abrió de golpe. Donato entró como un huracán, el rostro obscurecido por la furia.
—¿Dónde diablos pusiste la llave de repuesto de mi coche, Fiorella? —él vociferó, golpeando la mano en la mesa de ella—. ¡Perdí casi una hora buscando! ¿Eres incapaz de dejar las cosas donde yo pueda encontrar?
—Estaba en el mismo lugar de siempre, Donato... en el gancho de plata —respondió ella bajo, sintiendo las miradas de los otros funcionarios.
Él bufó y siguió para la sala de reuniones, donde Lucas, hermano de Fiorella y brazo derecho del Don, ya lo esperaba para analizar las plantas del nuevo hotel.
La a puerta principal de la oficina fue abierta con una alegría estridente. Alessa entró en la sala de reuniones como si fuese la dueña del lugar.
—¡Donato! —Alessa exclamó, deslizándose para cerca de él e ignorando completamente a la hermana—. Mira este bolso de edición limitada de Birkin ¡es maravilloso! Cuesta 50 mil euros, ¿me lo das de regalo de cumpleaños adelantado?
Donato, que minutos antes gritaba con Fiorella por causa de una llave, dio una sonrisa de lado.
—Claro, Alessa, voy a comprar y mandar entregar en tu casa hoy mismo.
Fiorella, que entraba en la sala en aquel exacto momento cargando una bandeja con expresos calientes para los socios, sintió el estómago revolver, cincuenta mil euros sin un pestañear de ojos para la cuñada, mientras ella misma tenía que contar los centavos del salario para pagar sus gastos personales.
Al pasar por Alessa, el "huracán" se movió rápido demás, con un movimiento calculado, Alessa chocó con fuerza en el hombro de Fiorella.
El salto de Fiorella quebrou, el equilibrio desapareció, la bandeja viró y el café hirviendo se derramó directamente sobre el brazo y el colo de Fiorella.
—¡Ah! —Fiorella soltó un grito ahogado por el dolor de la quemazón.
Donato y Lucas continuaron mirando para las plantas del hotel, ninguno de ellos se levantó, ninguno de ellos preguntó si ella estaba bien.
—¡Ay, Fiorella! ¡Qué desastrada! —Alessa rió, haciendo un puchero falso—. Manchaste mi zapato nuevo.
Mordiendo el labio para no llorar de dolor y humillación, Fiorella salió de la sala, pegó papeles y un paño para limpiar el destrozo en el suelo. Ella se arrodilló, intentando secar el café, con la piel del brazo ya quedando roja y viva.
Fue cuando aconteció.
Alessa, fingiendo que iba a salir de la sala, dio un paso pesado, el salto aguja descendió con todo el peso sobre la mano de Fiorella, que estaba apoyada en el suelo para dar soporte.
Un sonido seco de treck resonó en la sala silenciosa.
—¡Ah! ¡Dios mío! —Fiorella jadeó, el dolor lancinante subiendo por el brazo—. Alessa, ¡mi dedo! ¡Pisaste mi dedo!
—¡Deja de ser fresca, Fiorella! —Donato disparó de la cabecera de la mesa, sin ni siquiera darse al trabajo de mirar para la mano de la esposa—. Fue un accidente, para de querer llamar atención con ese tu drama histérico.
—Donato, quebró... yo oí... —Fiorella susurró, segurando la mano que ya comenzaba a hinchar y latir.
—No fue nada demás —Lucas corroboró, la voz fría como hielo, sin cualquier empatía por la propia hermana—. Limpia luego eso y vuelve para el trabajo, tenemos negocios a tratar.
Fiorella miró para los dos hombres, el marido y el hermano, y después para la sonrisa victoriosa en el rostro de Alessa, en aquel momento, el estallido de su hueso quebrando fue el sonido de la última corriente partiéndose.
Ella se levantó despacio, la mano herida escondida contra el cuerpo, y salió de la sala, ellos no vieron, pero por la primera vez, las lágrimas de Fiorella no eran de tristeza, eran de odio.
Fiorella no lloró, con una calma gélida que asustaría a cualquiera que la conociese, ella caminó hasta la basura, tiró el par de saltos caros fuera y pegó su bolso. Descalza, con el brazo rojo por la quemadura y la mano izquierda pendiendo de forma no natural, ella atravesó el vestíbulo de la empresa.
—¿Dónde piensas que vas? —La voz de Donato resonó, autoritaria, mientras él salía de la sala de reuniones.
Fiorella paró, pero no se viró.
—Voy para el hospital, ¿no ves que mi dedo está nítidamente quebrado? —La voz de ella estaba desprovista de cualquier emoción.
Ella continuó andando, en la calzada de Milán, Fiorella hizo señal para un taxi, antes que pudiese entrar, una mano se cerró en su brazo, jalándola para atrás. Donato mandó al taxista irse con una mirada fulminante.
—¿Te volviste loca? ¿Pegando un taxi y sin escolta? —él gruñó, la mandíbula trabada—. ¡Es peligroso, Fiorella! ¿Eso todo es para llamar mi atención? Felicidades, lo conseguiste, ahora entra en el coche.
Fiorella soltó una risa seca, desamparada.
—Yo no tengo coche, Donato, yo no tengo conductor, yo siempre andé de taxi u autobús, nunca tuve soldados a mi disposición.
—¡Mentirosa! —Donato disparó, la descreencia estampada en el rostro—. Tú eres mi esposa.
—Tú eres el Don —ella replicó, los ojos quemando en los de él—. Con tres llamadas, tú vas a descubrir que estoy hablando la verdad.
Irritado y cierto de que desenmascararía el "drama" de la esposa, Donato la empujó para dentro de su coche blindado y marcó para el jefe de la seguridad de la familia.
—¿Quién está de guardia en la seguridad de Fiorella ahora? ¿Cuál soldado es el conductor de ella? —él preguntó, la voz transbordando impaciencia.
Hubo un silencio del otro lado de la línea, seguido por una voz hesitante:
—Don... la señora Fiorella nunca tuvo escolta, conductor o soldados, el señor mismo dejó claro, años atrás, que ella no necesitaba de recursos de la organización.
—¡Yo nunca di esa orden! —Donato gritó, golpeando el volante.
Pero la semilla de la duda fuera plantada, el silencio que se siguió en el coche fue sofocante. Donato no dijo más una palabra hasta llegar al hospital privado de élite.
En la recepción, al rellenar la ficha, él exigió:
—La tarjeta del plan de salud, Fiorella.
Fiorella entregó una tarjeta azul y dorada. Donato frunció el ceño al leer el nombre impreso.
—¿Qué mierda es esta? ¿Por qué estás usando el plan de la familia Florentino?
Los Florentino eran banqueros poderosos, Bruno Florentino era el consejero de Donato, su tercero en comando y amigo.
—Es el único que yo tengo —Fiorella dijo, sentándose en una silla de espera—. Paolo y Marcela me tratan como la hija que ellos perdieron, ellos sabían que yo no tenía plan de salud entonces me pusieron como dependiente.
—¿Cómo no? ¡Tú eres mi esposa! Nuestra familia tiene un plan internacional.
—Tú pusiste a Alessa como beneficiaria, Donato, no yo.
—¡Yo nunca hice eso! Para de crear intrigas y me da la tarjeta que yo pago para ti!
—Tú eres un pésimo Don, Donato Santori —ella dijo, mirando para el techo para no flaquear—. Si no crees en mí, llama para la aseguradora ahora y pide la lista de beneficiarios.
Donato llamó a cada segundo al teléfono, su expresión cambiaba de furia para una confusión aturdida. Fiorella no constaba en el plan, en el lugar que debería ser de ella, estaba el nombre de Alessa, él desligó el celular tras ordenar el cancelación inmediata de la cuñada y la inclusión de la esposa.
La consulta fue una pesadilla para el ego del Don, el médico, un hombre experimentado que no se intimidaba con el poder de Santori, examinó las quemaduras de segundo grado en el brazo de Fiorella y el rayos-x que confirmaba la quiebra del hueso del dedo.
—El señor es un omiso —el médico dijo a Donato, sin medias palabras—. Esas heridas son graves, el dedo no tuvo fractura expuesta por suerte, pero la quemadura necesitará de curativos diarios.
Donato intentó replicar, pero el médico lo ignoró, la presión de Fiorella estaba peligrosamente alta, y los exámenes de sangre revelaron algo peor: una anemia profunda y glucosa bajísima.
—Quiero una batería de exámenes completa ahora —ordenó el doctor.
Dos horas después, el médico volvió al cuarto donde Fiorella estaba bajo observación, dle miró para los papeles y después para la pareja.
—Bien, eso explica parte del malestar, la presión alta y la flaqueza no son apenas por el dolor.
Donato dio un paso adelante, ansioso.
—¿Qué tiene ella?
—La señora Santori está embarazada de cinco semanas —el médico anunció, el mundo pareció parar para Donato—. Pero el estado nutricional de ella es preocupante, anemia, colesterol bajo... si no cuidamos de eso ahora, ella no tendrá fuerzas para mantener esa gestación.
Fiorella sintió el aire desaparecer de los pulmones, embarazada de nuevo, el terror la atingió antes de la alegría, ella miró para Donato y vio el choque en su rostro. Él no sabía de los otros, él no sabía que ella ya había perdido el futuro de él varias veces, sola, en la oscuridad.