Miranda Moreno tiene un objetivo del que no piensa desviarse: casarse con el hombre más poderoso del país. Lo que comienza como un plan cuidadosamente calculado podría convertirse en el mayor riesgo de su vida, porque el poder siempre tiene un precio... y el corazón no sigue estrategias.
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Capítulo 8 - El primer encuentro
...
Hizo una breve pausa.
—La convertiré en mi esposa.
Nicolás silbó con diversión.
—Vaya... eso sonó más romántico de lo que esperaba.
Alejandro observó a su hermano menor durante unos instantes.
—Déjalo ya, Nico.
Luego añadió con un tono más serio.
—Pero hablando en serio... hace mucho que no se te ve con ninguna mujer.
Hizo una pausa.
—Desde...
Cristóbal levantó la mirada de inmediato.
—No la menciones.
Su voz no fue alta.
Pero bastó para que el ambiente cambiara por completo.
Alejandro asintió en silencio.
—Está bien.
Nicolás comprendió que había tocado un tema del que ninguno hablaba desde hacía años.
Cristóbal tomó el último sorbo de su bourbon y se puso de pie.
—Será mejor que me vaya.
Alejandro levantó una ceja.
—¿Tan temprano?
—Mañana tengo mucho trabajo.
Tomó la chaqueta del respaldo de la silla.
—Nos vemos en la empresa.
Sin esperar respuesta, abandonó el bar.
Nicolás siguió su figura con la mirada hasta que desapareció por la puerta.
Luego volvió la vista hacia Alejandro.
—Definitivamente... aún es un tema sensible.
Alejandro permaneció en silencio unos segundos antes de terminar su whisky.
—Algunas personas dejan de formar parte de tu vida...
—Pero nunca terminan de irse de tu corazón.
Ninguno de los dos volvió a mencionar el tema.
......................
Afuera, Cristóbal subió a su automóvil y condujo rumbo a casa.
Sin saber que, mientras él seguía aferrado a un pasado que se negaba a recordar, una mujer acababa de entrar en su empresa con un único propósito:
Convertirse en la señora Bravo de Saravia.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Al día siguiente...
El despertador sonó a las seis en punto.
Miranda abrió los ojos de inmediato. Era su primer día en el Grupo Bravo de Saravia y no pensaba dejar nada al azar.
Después de ducharse, caminó hasta el pequeño clóset de su departamento.
Corrió las puertas y observó la escasa ropa que colgaba allí.
Frunció el ceño.
—¿Hasta cuándo tendré que seguir usando ropa de segunda mano y sin gracia?
Deslizó lentamente la mano entre las perchas.
Había cuidado cada prenda con esmero durante años, pero ninguna representaba la vida que deseaba.
—Merezco vestir ropa de diseñador... joyas exclusivas... tener dinero suficiente para comprar lo que quiera sin mirar el precio.
Suspiró con frustración.
Aquella vida de limitaciones estaba cada vez más cerca de terminar.
Tomó una camisa blanca de corte clásico y la combinó con un traje de falda color violeta. Después eligió unos zapatos de tacón color nude con la punta negra y un bolso negro de diseño sencillo.
Se observó frente al espejo.
Era una imagen sobria, profesional y refinada.
Por ahora, sería suficiente.
Mientras acomodaba el cuello de la camisa, una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Tengo que conocerte, Cristóbal Bravo de Saravia...
Su mirada no se apartó del reflejo.
—Mi futuro esposo.
Tomó el bolso y salió del departamento.
Ese día no solo comenzaría un nuevo empleo.
También daría el primer paso para acercarse al hombre que, sin saberlo, se había convertido en el objetivo más importante de su vida.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
7:45 a. m.
La ciudad apenas terminaba de despertar cuando Miranda caminaba por la acera de enfrente del imponente edificio del Grupo Bravo de Saravia.
Cada paso estaba perfectamente calculado.
Al llegar a la esquina, levantó la vista.
Un Lexus sedán negro avanzaba con elegancia hacia la entrada principal del edificio.
Recordó de inmediato las palabras del guardia de seguridad.
"Llega casi siempre antes de las ocho de la mañana."
"Conduce un Lexus sedán negro."
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Es él...
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Era el momento que había estado esperando.
Sintió miedo.
Mucho miedo.
Aquello podía salir terriblemente mal.
Pero también sabía que las grandes oportunidades exigían riesgos.
Respiró hondo.
—Es momento de actuar...
Sus dedos se aferraron con fuerza al bolso.
—Solo espero que no me atropelle.
Esperó apenas un segundo.
Y echó a correr.
Cristóbal conducía con la serenidad de siempre.
Su atención estaba puesta en la vía cuando, de pronto, una figura apareció frente al automóvil.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
Una joven cruzaba la calle directamente hacia su trayectoria.
—¡¿Qué demonios...?!
Pisó el freno con todas sus fuerzas.
El chirrido de las llantas rompió la tranquilidad de la mañana.
El Lexus se detuvo casi por completo.
Pero la inercia ya era imposible de evitar.
Miranda alcanzó a levantar la vista.
Por una fracción de segundo, sus ojos se encontraron.
Él vio sus grandes ojos de un miedo imposible de ocultar.
Ella vio a un hombre de facciones firmes, traje impecable y una mirada intensa que reflejaba una mezcla de sorpresa y preocupación.
El tiempo pareció detenerse.
Un instante después...
¡Golpe!
El cuerpo de Miranda impactó contra el capó del vehículo antes de perder el equilibrio y caer sobre el pavimento.
El bolso salió despedido unos centímetros más adelante.
Cristóbal apagó el motor incluso antes de que el automóvil terminara de detenerse.
Abrió la puerta con desesperación y salió casi corriendo.
—¡Señorita!
Cristóbal llegó hasta ella y se arrodilló a su lado.
—¿Está bien?
Miranda permanecía sentada sobre el asfalto.
Respiraba con dificultad.
Tenía las manos apoyadas en el suelo y el cabello parcialmente cubriéndole el rostro.
Estaba consciente.
Aturdida.
Pero consciente.
Cristóbal recorrió rápidamente su cuerpo con la mirada, buscando alguna lesión evidente.
—¿Se encuentra bien?
Ella levantó lentamente la cabeza.
Sus miradas volvieron a encontrarse.
A escasos centímetros de distancia.
A escasos centímetros de distancia, Cristóbal respiró aliviado al comprobar que la joven estaba consciente.
—¿Puede levantarse? —preguntó con evidente preocupación.
Miranda lo intentó, pero apenas apoyó el pie derecho, una punzada aguda la obligó a contener un quejido.
—Mi... mi tobillo...
Instintivamente volvió a perder el equilibrio.
Sin pensarlo dos veces, Cristóbal pasó un brazo por su espalda y otro por debajo de sus piernas, levantándola con facilidad.
Sus rostros quedaron separados por apenas unos centímetros.
Fue entonces cuando ocurrió.
Cristóbal quedó atrapado en aquellos hermosos ojos penetrantes que lo observaban con una mezcla de fragilidad y fortaleza. Sintió una extraña sacudida en el pecho, una sensación desconocida que desordenó, por un instante, la disciplina con la que siempre había gobernado su vida.
Miranda, por su parte, sostuvo su mirada con atención. Había conseguido lo que quería: toda la atención del hombre al que había convertido en su objetivo.
Sin saberlo, el primer movimiento de su plan acababa de cambiar las reglas del juego.
Que pasará el día que se descubra que no fue casualidad ese accidente y todo lo que planeó que dirá y hará Cristóbal 🤔🤔🤔❓❓❓❓