Nunca planeé enamorarme de mi profesor.
Simplemente ocurrió.
Una clase fue suficiente para que dejara de verlo como un hombre cualquiera y empezara a convertirlo en el centro de todos mis pensamientos.
Desde entonces, cada excusa era perfecta para estar cerca de él.
Cada mirada alimentaba mi esperanza. Cada rechazo solo aumentaba mis ganas de conquistarlo.
Dicen que hay amores imposibles.
Yo no creo en lo imposible y si el destino insiste en poner reglas entre nosotros...
Me encargaré de romperlas una por una.
Porque él todavía no lo sabe... Pero algún día será solo MIO.
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El hombre detrás del profesor
Hay profesores que enseñan una materia y hay otros que, sin proponérselo, terminan enseñándote a mirar el mundo de otra manera.
El profesor Ferrer pertenecía al segundo grupo. Aunque yo todavía no lo sabía.
—Antes de terminar la clase, necesito su atención.
La voz del profesor bastó para que el murmullo desapareciera casi al instante.
Dejó el marcador sobre el escritorio y cruzó los brazos.
—Su primer trabajo del semestre será en parejas.
Los lamentos no tardaron en aparecer.
—Ay, no...
—Con tal de que no me toque con Mauricio...
—Yo trabajo mejor sola.
No pude evitar sonreír.
Era curioso cómo todos nos convertíamos en expertos en trabajo en equipo... siempre y cuando pudiéramos elegir el equipo.
El profesor ignoró las protestas.
Sacó una hoja de su carpeta.
—Los grupos ya están definidos.
Perfecto.
No había escapatoria.
Comenzó a leer los nombres uno por uno.
Cada vez que terminaba una pareja, alguien celebraba y alguien más parecía estar replanteándose su futuro universitario.
—Emma Salazar con Nicolás Duarte.
Emma levantó ambos pulgares.
—¡Sobreviví!
Me reí por lo bajo.
Unos segundos después escuché mi nombre.
—Julieta Romero...
Hizo una breve pausa mientras revisaba la hoja.
—...con Samuel Cárdenas.
Un chico dos filas más atrás levantó la mano.
—Aquí, profesor.
Me giré para verlo.
Moreno.
Alto.
Con una sonrisa amable que inspiraba confianza.
Me saludó con un leve movimiento de cabeza.
Le devolví el gesto. Al menos no parecía un psicópata ya era ganancia.
—El trabajo consistirá en analizar la conducta humana fuera del aula.
Varias personas levantaron la vista con curiosidad.
—La próxima semana visitaremos el Centro de Rehabilitación San Gabriel.
El salón quedó completamente atento.
—No quiero un informe basado únicamente en teorías. Quiero observaciones reales. Quiero que aprendan a escuchar antes de sacar conclusiones.
Hizo una breve pausa.
—Los libros enseñan conceptos.
Las personas... Enseñan la vida.
Anoté aquella frase casi sin pensarlo ya llevaba varias páginas de mi cuaderno llenas únicamente con frases del profesor Ferrer.
No era raro.
¿Verdad?
No.
Claro que no.
El miércoles llegó mucho más rápido de lo que esperaba.
Un pequeño autobús de la universidad nos esperaba frente al edificio principal.
Los estudiantes fueron subiendo entre conversaciones y bostezos.
Emma ocupó el asiento junto al mío.
—¿Lista para convertirte en psicóloga de verdad?
—Primero necesito sobrevivir al tráfico.
—Tú siempre tan optimista.
Sonreí y apoyé la cabeza contra la ventana.
El trayecto duró casi cuarenta minutos.
Cuando por fin llegamos, lo primero que vi fue un enorme jardín cubierto de flores amarillas.
No se parecía en nada al lugar gris que había imaginado. Había árboles. Bancas de madera y personas caminando con tranquilidad por los senderos.
—Qué bonito...
Murmuré sin darme cuenta.
—Lo es.
La voz del profesor sonó a mi espalda.
Me giré de inmediato.
No sabía que estaba tan cerca.
Él también observaba el jardín.
—Muchas personas creen que un centro de rehabilitación debe sentirse como un hospital.
Permaneció unos segundos en silencio antes de continuar.
—Yo prefiero pensar que debe sentirse como un lugar donde todavía existe esperanza.
No encontré nada que decir.
Solo asentí.
Él siguió caminando hacia la entrada. Yo tardé un instante más en hacerlo.
La directora del centro nos dio la bienvenida.
Nos explicó las normas, la importancia de respetar la privacidad de los pacientes y la necesidad de observar sin juzgar.
Después nos dividimos en parejas.
Samuel resultó ser bastante simpático.
Hablaba demasiado.
Casi tanto como Emma.
Mientras él hacía preguntas, yo prefería escuchar.
Mirar.
Había algo profundamente humano en aquel lugar.
Risas.
Silencios.
Personas intentando reconstruir su vida un día a la vez.
Entonces lo vi.
El profesor Ferrer ya no parecía el mismo hombre que daba clases.
Estaba sentado frente a un tablero de ajedrez.
Su rival era un señor de unos setenta años.
—Llegó tarde.
Refunfuñó el anciano mientras acomodaba una pieza.
—Cinco minutos.
—Siete.
—Cinco.
—Siete.
El profesor sonrió con paciencia.
—¿Jugamos o seguimos discutiendo?
El anciano soltó una carcajada.
—Hoy le voy a ganar.
—Eso dijo la semana pasada y la anterior.
Samuel se inclinó hacia mí.
—¿Lo conoce?
Una enfermera que pasaba junto a nosotros respondió antes de que pudiera hacerlo.
—El profesor viene todos los miércoles desde hace años.
Lo dijo con total naturalidad.
Como si fuera lo más normal del mundo.
La miré sorprendida.
—¿Todos los miércoles?
Ella sonrió.
—Llueva o haga sol siempre aparece. Siempre encuentra tiempo para jugar una partida con don Ernesto.
Volví la vista hacia el jardín.
El profesor ya no era el docente serio del salón. Era simplemente un hombre riéndose con otro hombre mayor como si fueran viejos amigos.
No había estudiantes intentando impresionarlo.
No había cámaras.
No había reconocimiento.
Lo hacía porque quería.
Y eso...
Decía mucho de él.
Un rato después Samuel se alejó para entrevistar a otro paciente.
Yo aproveché para caminar unos metros.
Entonces escuché una voz suave.
—Pensé que hoy no vendrías.
Me giré.
Una mujer de cabello completamente blanco estaba sentada en una banca.
Frente a ella...
El profesor Ferrer.
Él se agachó hasta quedar a su altura.
—¿Y perderme su historia favorita?
Ella sonrió con ilusión.
—Mi esposo prometió que volvería por mí.
El profesor tomó su mano con una delicadeza que me dejó inmóvil.
—Lo recuerdo.
—¿Ya vino?
Hubo un silencio muy breve.
No corrigió su realidad.
No le recordó que aquel hombre había muerto hacía años.
Solo respondió con una serenidad inmensa.
—Todavía no.
Pero mientras llega...
¿Me permite hacerle compañía?
La mujer asintió feliz.
Comenzó a contar la misma historia una vez más.
Lo supe porque repetía algunas frases que una enfermera me había mencionado minutos antes.
Él no la interrumpió.
No mostró impaciencia.
No miró el reloj.
La escuchó como si fuera la primera vez.
Cuando ella dejó de hablar, él bajó la mirada unos segundos y frotó discretamente el puente de su nariz, como si el cansancio pesara más de lo que estaba dispuesto a admitir. Después volvió a sonreírle con la misma calma de siempre.
Sentí un nudo extraño en la garganta. No era tristeza. Era admiración.
De esa que aparece sin pedir permiso. Porque cualquiera puede ser amable cuando sabe que lo observan.
Muy pocas personas lo son cuando creen que nadie está mirando y él no tenía la menor idea de que yo estaba allí.
El regreso a la universidad fue mucho más silencioso.
Emma me dio un pequeño codazo.
—¿Qué te pasa?
Miré por la ventana.
Los árboles desfilaban uno tras otro.
—Nada.
Ella sonrió.
—Esa respuesta siempre significa que sí pasa algo.
Sonreí apenas.
—Solo estaba pensando.
—¿En el trabajo?
Negué con la cabeza.
No. No estaba pensando en el trabajo.
Estaba pensando en un hombre que dedicaba todos los miércoles de su vida a personas que probablemente nunca podrían devolverle el favor y, por alguna razón... Eso me parecía muchísimo más atractivo que cualquier rostro bonito.
Esa noche abrí mi cuaderno.
En las primeras páginas estaban todas las frases que el profesor había dicho durante las últimas semanas.
Las leí una por una.
Después, por primera vez, escribí una frase que no era suya.
"Hoy entendí que la verdadera elegancia no está en la forma de vestir, sino en la manera en que una persona trata a quienes no pueden ofrecerle nada."
Cerré el cuaderno. Apagué la lámpara y sonreí en la oscuridad.
Qué curioso.
Yo había entrado a esa universidad para estudiar la mente humana y, sin darme cuenta... Había empezado a estudiar a un solo hombre.