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Todo Por Mi Infancia

Todo Por Mi Infancia

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:925
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Todo Por Mi Infancia

Una infancia arrebatada, una verdad oculta y una batalla que dura toda la vida. Isaac cuenta su camino desde la inocencia hasta la madurez, enfrentando pérdidas irreparables, traiciones y peligros que amenazan con acabar con todo lo que ama. Una historia de amor, lealtad y esperanza: porque incluso en la oscuridad más profunda, siempre hay motivos para seguir adelante.

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CAPÍTULO 6 : EL DÍA QUE VOLVIMOS A SER TRES

Diez de la mañana en punto. Me paré frente a la puerta grande de hierro forjado del orfanato, la misma por la que salí llorando dos años atrás sin poder llevarme nada conmigo, y apreté la carpeta marrón contra el pecho con tanta fuerza que me dolieron los nudillos. Dentro llevaba todo: tuición definitiva, guarda y custodia exclusiva, sentencia del juzgado. Recién cumplía la mayoría de edad, ya tenía trabajo estable con don Mario y, lo más importante del mundo, ya tenía casa. Por fin podía cumplir la promesa que me hice a mí mismo la noche que nos separaron.

Todo empezó aquella tarde gris. Apenas era un adolescente de dieciséis años cuando nuestros padres se fueron de golpe en un accidente, y de un momento a otro nos quedamos sin nada, sin nadie. El Estado nos tomó a cargo y, aunque grité, lloré y rogué que no nos separaran, dijeron que aún era muy joven para cuidar de mis dos hermanos menores: Tomás, que entonces tenía once, y Luna, que solo contaba ocho. Me sacaron de ahí casi a la fuerza, y lo último que grabé en la memoria fue la cara muda de mi hermano con los ojos llenos de lágrimas y a mi hermana gritando mi nombre hasta que se le rompió la voz.

Estuve solo mucho tiempo. Dormí en parques, en esquinas, en galerías cerradas, comí lo que la gente me daba o lo que encontraba, hasta que cumplí los diecisiete y don Mario, el jefe de la obra, me vio parado en la vereda mirando levantar paredes y me dio la primera oportunidad real que tuve. Desde ese amanecer no paré ni un solo día: me levantaba muy temprano, a las cuatro de la mañana, cargaba ladrillos, mezclaba cemento, limpiaba terrenos, hacía lo que fuera, y cada peso que ganaba lo guardaba en una vieja caja de zapatos debajo del colchón. Casi no gastaba nada en mí: ni ropa nueva, ni golosinas, casi ni comida. Todo, absolutamente todo, era para ellos.

Pasaron los meses y los años, y fui armando poco a poco todo lo necesario para volver a buscarlos. Me dijeron que cuando cumpliera los dieciocho todo sería más fácil, que tendría derecho a pedir la custodia. Fui juntando recibos, constancias, papeles de todo tipo, hasta que llegó el día que esperé tanto tiempo.

Cuando por fin cumplí los dieciocho años corrí al Sename con toda la pila de documentos. Me dijeron que todo estaba impecable, ordenado y perfecto, y que solo faltaba la firma final del juez para dar todo por terminado. Faltaban veintiún días. Solo veintiún días para que todo estuviera cerrado al cien por cien, legal, limpio, sin atajos ni riesgos de ninguna clase. Pero entonces llegó la noticia que me partió el alma por la mitad: me contaron los malos tratos, el miedo constante, las noches oscuras y el dolor que vivían los niños adentro de ese lugar, y supe de inmediato que no podía esperar ni una hora más.

Vendí absolutamente todo lo poco que tenía: mi bicicleta, mi radio, las pocas herramientas que me había comprado con tanto esfuerzo, hasta la prenda más abrigadora que poseía. Junté hasta el último peso y alquilé una casita muy pequeña, humilde, sin lujos de ninguna clase, solo con lo indispensable para vivir, pero con un patio chiquito donde crecía solo y firme un árbol de limón. La arreglé yo solo, clavando, pintando, lijando y limpiando cada rincón cada noche después de salir del trabajo, y compré cada cosa pensando solo en ellos: sábanas con flores pequeñas para Luna, que siempre le gustaron las cosas bonitas y coloridas; un estante bajito en la pared para Tomás, que casi no habla pero dibuja todo lo que lleva dentro del corazón; una manta gruesa de lana para las noches heladas, para que ninguno de los tres volviera a dormir temblando de frío nunca más. Compré también tres platos nuevos, tres vasos, tres cubiertos, todo por igual, todo para nosotros, porque por primera vez en la vida íbamos a tener cosas que solo nos pertenecieran a nosotros y a nadie más.

Me presenté ante el juez y le dije con la verdad por delante, sin adornos ni mentiras: ya era mayor de edad, tenía techo seguro, tenía trabajo estable, tenía todo lo necesario para darles una vida digna, y ellos ya esperaron demasiado, ya sufrieron de más. La justicia se movió rápido esta vez, mucho más rápido de lo que yo soñé jamás. Tres días después, con las manos temblando, recibí la sentencia definitiva: todos los responsables del orfanato irían presos por mucho tiempo, el lugar sería cerrado e intervenido de inmediato, y yo quedaba nombrado por ley guardián, tutor y responsable legal exclusivo y definitivo de Tomás y Luna. Nadie nunca más nos podría separar. Nadie nunca más nos podría quitar lo nuestro.

Y ahora estaba ahí, de nuevo frente a esa puerta de hierro frío, con el corazón saliéndome del pecho de tanta emoción y miedo a la vez.

Cuando entré y las puertas se abrieron, el tiempo se detuvo por completo. Estaban los dos parados en medio del salón grande, como si ya supieran que yo llegaba ese día. Luna me vio primero, soltó un grito tan fuerte y lleno de alegría que retumbó en todas las paredes, y corrió hacia mí con los brazos abiertos tan rápido que casi se cae en el camino. Saltó y se colgó de mi cuello con todas sus fuerzas, apretando su carita contra mi cuello y llorando tan fuerte, tan desconsolada y tan feliz a la vez, que se le temblaba todo el cuerpo. Me decía una y otra vez entre sollozos: —Yo sabía que vendrías, yo sabía que no nos ibas a abandonar—, y yo solo la abrazaba más fuerte, temiendo que si la soltaba un segundo todo fuera un sueño.

Tomás caminó más lento, como siempre lo hace, con las manos un poco apretadas y la mirada baja al principio, pero cuando estuvo frente a mí levantó la cara de golpe y vi que tenía los ojos completamente llenos de agua. Sin decir ni una sola palabra —porque él nunca ha necesitado palabras para decir todo lo que siente— me abrazó con una fuerza inmensa, mucho más fuerte de lo que yo recordaba, apretando la frente contra mi pecho y dejando salir por fin todo el llanto que se había guardado durante dos años enteros. Yo los abracé a los dos al mismo tiempo, apretándolos contra mí con toda la fuerza que me quedaba en el cuerpo, y por primera vez desde que nos separaron me permití llorar fuerte, sin vergüenza, sin callarme nada, llorando todo el dolor, todo el frío, toda la soledad, y también toda la felicidad inmensa que sentía en ese momento. Eran mis hermanos. Estaban bien. Estaban conmigo. Ya nada más importaba en el mundo.

Cuando por fin nos calmamos lo suficiente, les tomé una mano a cada uno, apretándolas fuerte entre las mías llenas de callos y cicatrices del trabajo, y les dije con la voz todavía rota pero firme:

—Vamos, mis amores. Ya nos vamos. A nuestra casa. La que armé solo pensando en ustedes. Nuestra casa para siempre.

Salimos los tres caminando muy pegados el uno al otro, sin soltarnos ni por un instante, saliendo por esa gran puerta de hierro y cerrándola atrás nuestro para nunca más volver a entrar. Y al doblar la esquina, tal como yo esperaba, nos esperaba Marta.

Ella tenía unos cuarenta años, manos grandes y trabajadoras, el cabello siempre recogido con un pañuelo y una sonrisa que iluminaba todo lo que tocaba. Era la dueña de la casita que yo alquilaba, la mujer que tantas noches me había visto llegar muriendo de cansancio, toda sucia de polvo y cemento, y que sin preguntar nada, sin pedir nada a cambio, me dejaba en la puerta un plato caliente, una jarra con agua o un pan recién salido del horno. Era quien me había ayudado a lijar paredes, a pintar, a armar camas y a ordenar cada rincón, diciendo siempre que ayudar no cuesta nada y que la gente buena no debería caminar sola. Llevaba puesto su delantal de flores, traía una canasta de mimbre llena hasta el tope y tenía los ojos brillantes de lágrimas de felicidad.

—Los estuve esperando con el alma en la mano —dijo con la voz suave y temblorosa, y se acercó despacio para no asustarlos—. Yo soy Marta. Y quiero decirles algo muy importante, de corazón. Esta casita que van a habitar es chiquita, muy humilde, no tiene nada de lujoso, las paredes son delgadas, el piso cruje cuando caminas y el árbol de limón del patio todavía da frutos muy pequeños… pero desde este preciso instante, deja de ser solo una casa de alquiler. Desde hoy es su hogar. Y yo… yo me quedo aquí con ustedes.

Nos miró a los tres con una ternura inmensa y siguió hablando, muy seria y muy sincera:

—Yo viví muchos años completamente sola. Tuve una casa grande, bonita, con todo lo material que se puede pedir, pero estaba vacía por dentro, sin risas, sin pasos corriendo, sin abrazos, sin amor. Hace poco tomé una decisión de la que no me voy a arrepentir nunca: vendí mi casa, toda la propiedad que tenía, lo dejé todo absolutamente todo, y me mudé de una vez por todas aquí, a esta casita pequeña junto al limonero. Me quedo con ustedes, para siempre. Cocino, limpio, ayudo con lo que haga falta, los escucho, los cuido, los amo como si hubieran salido de mi propio vientre. Porque nadie, absolutamente nadie en esta vida, debería tener que caminar solo. Y ustedes tres… ustedes me devolvieron las ganas de vivir y de ser familia, sin que yo siquiera se los pidiera. Ahora somos cuatro. Y cuatro somos mucho más fuertes que uno solo.

Luna soltó mi mano y corrió directo a abrazarla con todas sus fuerzas, y Tomás fue también y la abrazó por un lado, y yo me acerqué y los abracé a todos juntos ahí mismo en la vereda, y en ese momento entendí lo que la gente dice todo el tiempo: la familia no se hace solo de sangre. Se hace de promesas, de manos que se tienden sin pedir nada, de corazones que deciden quedarse aunque no tengan ninguna obligación.

Al entrar por primera vez los cuatro juntos, la cara de felicidad de mis hermanos fue lo más bonito que vi en toda mi existencia. Iban de un cuarto a otro corriendo, tocaban todo con mucho cuidado, como si temieran que fuera de cristal, abrían y cerraban cajones, miraban por cada ventana, se reían a carcajadas de cosas tan simples como el sonido que hacía el piso al caminar o el sol que entraba dorado por la cocina. Luna entró a su habitación y al ver las sábanas floreadas dio un grito de emoción y se tiró de espaldas sobre la cama riendo a más no poder, diciendo que era lo más lindo, más suave y más bonito que había tocado en toda su vida. Tomás se paró largo rato frente al estante de madera que le preparé, pasó la mano muy suave por la superficie, me miró de reojo y sonrió esa sonrisa chiquita, casi invisible, que solo sale cuando está muy muy feliz, y supe que en el fondo me lo agradecía más que con cualquier palabra. Recorrieron la cocina, el baño, el pasillo, y cuando salimos al patio y vieron el árbol de limón plantado firme en la tierra, se acercaron despacio y le tocaron las hojas con muchísimo respeto, como si fuera una persona más de la familia. No hacía falta mansiones, ni dinero, ni cosas caras. Con que fuera nuestro, con que estuviéramos los cuatro juntos, ya era el lugar más perfecto del universo entero.

Esa misma tarde empezamos a armar entre todos la celebración más linda, más sencilla y más llena de amor que haya existido jamás. Marta sacó de su canasta todo lo que había preparado con tanto cariño: había amasado desde el amanecer y trajo empanadas de todos los sabores, de carne, de queso, de pollo, incluso algunas dulces rellenas de membrillo que a Luna le encantaron. Puso a hervir leche con canela y cacao para hacer el chocolate más espeso y caliente del mundo, y también preparó jugo de frutas bien helado. Mientras ella terminaba de cocinar, nosotros tres salimos al patio y colgamos tiras de papel de colores y luces pequeñas alrededor de las ramas del limonero, que empezaron a brillar suavemente cuando cayó la noche.

Comimos todos juntos sentados en el suelo sobre mantas viejas pero limpias, al lado del árbol. Reímos hasta dolernos el estómago, contamos cosas que nos pasaron en todo este tiempo, Luna bailó dando vueltas bajo las luces y Tomás dibujó en una hoja nueva la escena completa para guardarla siempre. No hubo invitados, ni regalos caros, ni música alta. Solo nosotros cuatro, el olor a empanadas y tierra mojada, la luz cálida y la certeza absoluta de que ya no estábamos solos.

Esa noche, cuando se durmieron profundamente en sus camas nuevas, me quedé un rato mirándolos desde la puerta, y luego salí al patio a mirar las estrellas. Había cerrado el ciclo más duro de mi vida. Había cumplido mi promesa. Por fin estábamos en casa, juntos, en paz.

1
Andrea Gonzalez
estoy mordiendome las uñas
Andrea Gonzalez
🤭🤭🤭🤭
Andrea Gonzalez
hermosa historia
Andrea Gonzalez
que gran chico Isaac
Andrea Gonzalez
que tristeza....
Lena
Sigue escribiendo. Es una buena trama
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