Katerina lo tenía todo: una mente matemática brillante, el imperio de superdeportivos Vanguard Atelier y un prometido ideal. Pero el día de su coronación como CEO, su mundo se derrumba. Traicionada por su novio y una enemiga oculta, es narcotizada y expuesta en un falso montaje de infidelidad. Humillada públicamente y al borde del colapso, la obligan a firmar la renuncia que le arrebata el negocio familiar.
En la ruina absoluta, Katerina encuentra un aliado inesperado: Luke, el implacable y magnético CEO de la firma legal más poderosa del país. Conocido como el "tiburón de los negocios", Luke no cree en la compasión, pero la brillantez y dignidad de Katerina despiertan en él una obsesión incontrolable.
Entre noches de pasión salvaje y una complicidad peligrosa, ambos diseñan un algoritmo de venganza implacable. Sin embargo, una red de secuestros, atentados armados y secretos oscuros amenazará con destruirlos antes del juicio final. ¿Podrán recuperar el imperio automotriz, o las cicatrices del pasado los consumirán a ambos? Una historia adictiva de traición, mafia corporativa y un amor indomable.
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CAPITULO 6. DESPERTAR EN EL FANGO.
Un dolor punzante detrás de los ojos fue lo primero que devolvió a Katerina a la realidad. Trató de moverse, pero sentía las extremidades rígidas y pesadas, como si el cuerpo no le perteneciera. Parpadeó varias veces, intentando enfocar el techo de la suite del hotel. La luz del sol de la mañana entraba sin piedad por el ventanal, lastimándole la vista.
Se incorporó lentamente, tirando de las sábanas por puro instinto. Fue entonces cuando el frío de la habitación le rozó la piel descubierta. Estaba completamente desnuda.
Un escalofrío de pánico la recorrió por completo. Su mente matemática intentó reconstruir las últimas horas de la noche anterior, pero la neblina seguía allí. Recordaba la fiesta, los inversores, a Leo tendiéndole una copa de champán... y nada más. Un vacío absoluto en su memoria.
El sonido estridente de su teléfono móvil sobre la mesita de noche la hizo dar un brinco. Vio la pantalla: quince llamadas perdidas de Monique y diez de su hermano Brandon. Antes de que pudiera reaccionar, un mensaje de texto de Monique apareció en la pantalla con un enlace web: “Kat, por Dios, dime que esto es mentira. Mira las noticias”.
Con los dedos temblorosos, Katerina pulsó el enlace. La página de un conocido portal de cotilleos de la alta sociedad se cargó de inmediato. El titular, en letras gigantes y amarillistas, le congeló la sangre:
¿ESCÁNDALO EN VANGUARD ATELIER? LA FLAMANTE CEO EX CAZADA IN FRAGANTI EN UNA SUITE DE LUJO CON UN DESCONOCIDO.
Debajo del titular, una galería de imágenes de alta resolución mostraba la cama en la que ella se encontraba en ese mismo instante. En las fotos, Katerina aparecía tumbada, con los ojos entreabiertos y expresión perdida, mientras un hombre corpulento y con el rostro pixelado la abrazaba y la besaba de forma comprometedora. Las sábanas apenas la cubrían. Las fotos gritaban infidelidad por los cuatro costados.
—No... no, esto no es real —sollozó Katerina, tirando el teléfono sobre la cama como si quemara. Las lágrimas de pura impotencia comenzaron a correr por sus mejillas—. Yo no hice esto... yo no...
La puerta de la suite se abrió de golpe.
Leo entró en la habitación. Su rostro, por lo general impecable, fingía una máscara de absoluta devastación y rabia contenida. Traía los ojos inyectados en sangre y la respiración agitada. Apuñaló el aire con el dedo índice en cuanto la vio.
—¡¿Cómo pudiste, Katerina?! —rugió Leo, su voz resonando en las paredes de la suite con una fuerza teatral perfecta—. ¡¿Cómo pudiste hacerme esto?! ¡Seis años esperándote, un año de matrimonio dándolo todo por ti, para que me apuñales por la espalda con el primer bastardo que encontraste en la fiesta!
—¡Leo, escúchame! —gritó Katerina, desesperada, cubriéndose con la sábana mientras intentaba acercarse a él—. ¡Te juro que no sé qué pasó! No conozco a ese hombre. La última cosa que recuerdo es beber la copa contigo en el balcón y luego...
—¡¿Y luego te metiste en la cama con él?! —la interrumpió Leo con un desprecio helado, dando un paso atrás para evitar que ella lo tocara—. Las fotos no mienten, Katerina. Todo el país está viendo cómo arrastras mi nombre y el de tu familia por el lodo. Tu padre está al borde de un colapso en su casa y la junta directiva de Vanguard Atelier está exigiendo tu cabeza ahora mismo.
Katerina se quedó paralizada. El peso del escándalo corporativo la golpeó de lleno. Sabía perfectamente cómo reaccionaban los mercados ante un escándalo moral del director de una empresa; las acciones de Vanguard Atelier caerían en picado al abrir la bolsa el lunes.
Leo metió la mano en su chaqueta de diseñador y sacó un fajo de documentos encuadernados, arrojándolos con desdén sobre los pies de la cama.
—¿Qué es esto? —preguntó Katerina con un hilo de voz, conteniendo el llanto.
—Tu sentencia —sentenció Leo, con una frialdad que por fin dejaba ver un destello de su verdadera naturaleza—. Es la demanda de divorcio exprés. Y también la ejecución de la cláusula de conducta deshonrosa que firmaste el día de nuestra boda. Esa que leíste y firmaste con tanta prisa.
Katerina estiró la mano y tomó los papeles. Sus ojos buscaron febrilmente la jerga legal hasta que encontró la página catorce. Sus propias fórmulas lógicas se activaron en su cerebro, analizando el texto con horror: infidelidad probada... traspaso inmediato del 51% de las acciones votantes... pérdida de la gestión absoluta.
—Firmaste que, si me eras infiel, Vanguard Atelier pasaba a mis manos para proteger mi honor y la estabilidad de la firma —dijo Leo, cruzándose de brazos, mirándola desde arriba con una superioridad aplastante—. Firma el acuerdo de divorcio ahora mismo, cede la empresa de forma pacífica y te prometo que no haré públicos los vídeos que el fotógrafo también tomó. Limítate a desaparecer, Katerina. Ya perdiste.
Katerina miró el documento y luego miró a Leo. Por una fracción de segundo, a través de la neblina del fármaco y el dolor, la mente analítica de la matemática vio algo extraño: la mirada de Leo no era la de un hombre con el corazón roto. Era la mirada de un hombre que acababa de ganar la lotería.
Pero el shock, la humillación pública y la culpa inducida por la sustancia química la superaron. Estaba destrozada, sin fuerzas para luchar contra el monstruo que tenía enfrente. Tomó el bolígrafo que Leo le tendía y, con la mano temblando como nunca antes en su vida, firmó los papeles del divorcio.
Leo arrebató los documentos en cuanto la última letra se trazó. Los guardó en su chaqueta y esbozó una última sonrisa de medio lado, una mueca cruel y triunfante.
—Gracias por la empresa, mi querida CEO —susurró Leo antes de dar la vuelta y salir de la habitación, cerrando la puerta con un golpe seco que sonó como el veredicto de una prisión.
Katerina se encogió en la cama, abrazando sus rodillas en total soledad, mientras el imperio automotriz de su familia cambiaba de manos en un solo segundo.