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Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.
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CAPÍTULO 7
El silencio regresó al Gran Límite de una manera aplastante. Tras la imponente demostración de poder de Caleb, el alcalde y sus hombres habían recogido a sus heridos y huido despavoridos hacia el valle, dejando atrás sus antorchas apagadas y sus ballestas destrozadas en la tierra. Caleb, regresando a su impresionante forma humana, alzó la mirada hacia los riscos altos. Sus ojos dorados, dotados de una visión sobrenatural, localizaron de inmediato a Alondra entre la maleza. En lugar de reprenderla por haber desobedecido sus órdenes de quedarse en la fortaleza, el Alfa subió hasta ella con pasos largos y firmes, la envolvió de nuevo en sus brazos y la cargó con infinita ternura durante todo el camino de regreso.
Ahora, se encontraban de nuevo en la seguridad de los aposentos privados del gran salón. El fuego de la chimenea chasqueaba alegremente, arrojando sombras danzarinas de color naranja sobre las paredes de piedra. Caleb estaba sentado en un gran sillón de cuero, curando un pequeño raspón que una de las saetas de hierro había dejado en su robusto y tatuado antebrazo. Alondra lo observaba desde el borde de la cama, frotándose las manos nerviosamente. Había una duda que la estaba carcomiendo por dentro desde la noche anterior, una pregunta que desafiaba toda la lógica humana que ella conocía.
Tomando aire, Alondra rompió el silencio, permitiendo que su suave voz llenara la estancia.
—Caleb... hay algo que no deja de dar vueltas en mi cabeza —comenzó a decir, captando de inmediato la atención del Alfa, quien dejó de lado la venda para fijar sus ojos dorados en ella—. Anoche, cuando me encontraste en el altar de granito negro, me llamaste por mi nombre. Dijiste "no volverán a tocarte, Alondra". Pero los hombres de mi pueblo te dejaron allí sola en la madrugada y huyeron de prisa. Nadie se quedó a hablar contigo, y yo jamás te había visto en mi vida. ¿Cómo supiste cómo me llamaba?
Caleb se quedó inmóvil por un breve segundo, y una sonrisa sumamente dulce, casi mística, curveó las comisuras de sus labios carnosos. Se puso de pie con lentitud y caminó hacia ella, arrodillándose sobre la alfombra de piel justo frente a donde ella estaba sentada, quedando a la altura de sus ojos. Extendió su mano grande y cálida, tomando los dedos temblorosos de la joven entre los suyos con una delicadeza abrumadora.
—Estaba esperando que me preguntaras eso, mi pequeña luna —respondió Caleb con esa voz ronca y profunda que hacía que el pecho de Alondra vibrara—. Para los humanos, los nombres son solo palabras que se eligen al nacer y se gritan al viento. Pero para nuestra especie, y especialmente para un Alfa, las cosas son muy diferentes cuando se trata de la persona que los dioses crearon para ti.
El Alfa apretó suavemente sus dedos, infundiéndole su calor febril.
—Cuando emergí de la niebla y me acerqué a ti en la piedra del sacrificio, mi lobo estaba listo para reclamar una simple ofrenda. Pero en el instante en que presioné mi hocico contra tu cuello y respiré tu aroma, todo mi mundo cambió. El vínculo de los mates, el lazo sagrado de las almas compañeras, se rompió y se activó en mi pecho como una tormenta eléctrica. En ese mismo segundo, nuestras almas se tocaron y se entrelazaron en el plano espiritual. No necesité que nadie me lo dijera con palabras; tu nombre me llegó en un susurro directo a la mente desde lo más profundo de tu propio ser. Tu alma me lo dijo porque siempre me perteneció, de la misma forma en que la mía te pertenece a ti ahora.
Alondra sintió que un escalofrío indescriptible le recorría la espina dorsal, pero esta vez no era de miedo, sino de una emoción tan vasta y sobrecogedora que le humedeció los ojos azules. Miró los intrincados tatuajes tribales que adornaban los hombros de Caleb y luego bajó la vista hacia sus manos unidas. En el pueblo, siempre la habían tratado como a alguien prescindible, una pieza de cambio sin valor real. Pero aquí, este hombre imponente y salvaje afirmaba que su mismísima identidad estaba grabada en su espíritu.
—Es... es difícil de creer para alguien que creció escuchando que los lobos eran solo monstruos sin alma —susurró ella, dejando caer una lágrima que Caleb limpió de inmediato con el pulgar de su mano libre.
—Sé que tu mundo está lleno de reglas frías y desconfianza, Alondra —dijo Caleb, inclinándose un poco más hacia ella, permitiendo que su aroma a pino y ozono la envolviera por completo—. Pero aquí no tienes que ganarte el derecho a existir, ni tienes que temer que te abandonen. Tu nombre ha estado escrito en mi destino desde antes de que ambos naciéramos. Mi lobo te conoce, yo te conozco, y cada latido de mi corazón a partir de hoy lleva tu nombre.
Alondra asintió lentamente, sintiendo cómo los muros defensivos que había construido alrededor de su corazón durante diecinueve años comenzaban a desmoronarse bajo la aplastante honestidad del Alfa. Por primera vez, se permitió cerrar los ojos y disfrutar de la seguridad que la calidez de Caleb le brindaba, entendiendo que el misterio de su nombre era solo el primer secreto de un lazo místico que la mantendría unida a ese guerrero para siempre.
Caleb sonrió al ver la paz reflejada en el rostro de su compañera. Se puso de pie con gracia y caminó hacia la mesa, donde reposaba una hermosa jarra de plata con agua fresca, dándole espacio para que procesara sus palabras, sabiendo que el tiempo y la paciencia serían sus mejores aliados para ganarse por completo el amor de su reina.