El destino trajo de vuelta a quien el corazón nunca había dejado de esperar.
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Capítulo 11 Fuego en la noche
Pasaron dos días enteros sin que la niña dijera una sola palabra.
Seguía comiendo lo justo, caminaba despacio por la casa sin mirar a su padre y se pasaba largas horas sentada junto a la puerta, como si esperara ver aparecer a alguien.
Nicolás no sabía qué más hacer: le hablaba con ternura, le traía sus dulces preferidos, intentaba jugar con ella, pero todo era en vano.
El silencio se había instalado entre los dos como un muro alto y frío.
Esa noche todo parecía igual a las anteriores.
La acostó, la tapó con cuidado y se quedó un rato junto a su cama hasta que vio que cerraba los ojos.
Pero poco antes de la medianoche, un gemido leve lo despertó de golpe.
Corrió hasta la habitación y encendió la luz: la pequeña se retorcía entre las sábanas, con la cara encendida de un rojo intenso y el aliento entrecortado.
Al ponerle la mano en la frente, la retiró asustado: quemaba.
Una fiebre altísima la había invadido de golpe, sin aviso previo.
—¡Hija mía!
¡Mírame!
—llamó con voz temblorosa.
Ella abrió los ojos, pero no lo reconoció del todo.
Movía los labios sin sonido y estiraba los bracitos buscando algo que no encontraba.
Nicolás le tomó la temperatura y el termómetro le mostró una cifra que le heló la sangre.
Intentó darle agua, pero ella la rechazaba con debilidad.
Quiso abrazarla para calmarla, pero ella se agitaba más, lloraba sin lágrimas y su respiración se volvía cada vez más difícil.
La llevó rápido al hospital.
Allí la revisaron, le pusieron paños frescos, le dieron medicamentos, pero la fiebre no bajaba.
Los médicos le dijeron que no encontraban una causa clara, que parecía algo más profundo que el cuerpo, algo que el alma no sabía cómo llevar.
—A veces el dolor muy grande se vuelve una enfermedad —le explicaron—.
Ella pide algo y no sabe cómo decirlo.
Nicolás se sentó junto a la camilla, tomando su manita diminuta que ardía entre la suya.
Se sentía totalmente perdido.
Había podido levantar su empresa, construir obras altas, enfrentar la pérdida más dura…
Pero ahora se sentía inútil, incapaz de aliviar a su propia hija.
Recordó entonces cómo yo la calmaba, cómo sabía exactamente qué decirle, cómo ella se serenaba solo con escuchar mi voz.
Y comprendió con terror que necesitaba de mí.
Regresaron a casa al amanecer, pero la fiebre seguía igual.
La niña cada vez estaba más débil.
No podía más: tomó el coche y condujo hasta la casa de mis padres en Maipú.
Llegó temblando, golpeó la puerta con desesperación.
Cuando salió mi madre, apenas pudo hablar:
—Por favor…
Déjame verla.
Necesito a Valeria.
La niña se muere, lo siento así.
No responde a nada, solo tiene fiebre y no la bajo.
Sé que ella es la única que puede calmarla.
Yo escuché todo desde adentro y sentí que el corazón se me salía.
Salí de inmediato.
Al verme, Nicolás no dijo nada de lo ocurrido antes, no pidió perdón con palabras, solo su mirada suplicaba perdón por todo.
—Entra —le dije—.
Llévala a su cama.
Voy ahora mismo.
Entré en la habitación y todo lo demás desapareció.
Me senté junto a ella, le quité la ropa pesada, le puse paños tibios tal como yo sabía hacerlo, le acaricié el rostro, le canté bajito nuestra canción.
Y mientras lo hacía, sentí cómo su calor empezaba a ceder poco a poco.
Le susurré al oído que estaba allí, que no se iría, que descansara tranquila.
Poco a poco su respiración se hizo suave.
La tensión de su cuerpo desapareció. Cuando por fin dejó de quemar, me miró con ojos cansados y por primera vez en días, movió los labios y dijo bajito.
—No te vayas nunca más…
por favor.
Nicolás nos miraba desde la puerta, con lágrimas que no podía detener.
Vio cómo su hija revivía solo con mi presencia, vio cómo yo sabía exactamente lo que necesitaba sin que nadie me lo dijera.
Y supo entonces que jamás debió haberme dejado marchar.
Que esa niña llevaba en la sangre lo que yo tenía, y que sin mí, una parte de ella enfermaba.
Se quedó allí, en silencio, viéndonos, sabiendo que ya no tenía derecho a pedirme nada…
pero rogando con toda su alma que aceptara quedarme.