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Dulce Amor

Dulce Amor

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / Romance de oficina / Padre soltero
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: minxzy

un omega que es padre soltero, que se encuentra en una situación difícil ya que se quedo sin trabajo recientemente, se reencuentra con un excompañero de la escuela y le comenta que en la empresa que esta trabajando estan buscando personal que no descrimina a las personas por sus rasgos secundarios es ahi donde conocera a un alfa que le demuestrara lo que es el amor.

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la confianza se consolida

Pasaron unos días más. Todo volvió a la normalidad aparente en el almacén: Beom-seok trabajaba con la misma precisión y constancia de siempre, y Kang-min seguía haciendo sus rondas diarias, manteniendo esa distancia profesional que ya no resultaba fría, sino respetuosa.

Nadie mencionó lo sucedido durante el celo, ni los roces, ni los deseos que ambos habían sentido. No hacía falta: lo que importaba era lo que habían demostrado: fuerza de voluntad, respeto y lealtad.

Una tarde, cuando ya casi todos los empleados se habían ido, Beom-seok terminaba de revisar los últimos registros del día. Seo-yun, que había salido de la escuela y venía directo a buscarlo como solía hacer cuando la vecina tenía que salir, entró corriendo con su mochila y un dibujo en la mano.

—¡Papá, papá! —llamó con voz alegre, deteniéndose a tiempo para no tropezar con las cajas.

Beom-seok sonrió, se agachó y la recibió con un abrazo.

—¿Qué haces aquí tan temprano?

—La señora tuvo que ir a una diligencia y me dijo que viniera a esperarte —explicó la niña, mostrándole el papel—. Mira lo que dibujé hoy.

En ese momento apareció Kang-min en la entrada, con su maletín en la mano y listo para irse. Al verlos, se detuvo un instante y se acercó con paso tranquilo.

—Buenas tardes —saludó con suavidad.

Seo-yun levantó la vista y lo reconoció de inmediato. Sonrió con naturalidad y le mostró el dibujo sin dudar.

—Mire, señor: aquí estoy yo, aquí papá, y aquí está usted, cuidándonos.

Beom-seok se quedó un poco sorprendido, pero no la corrigió. Solo esperó en silencio, manteniendo la compostura.

Kang-min observó el dibujo con atención, y por un instante su expresión se suavizó por completo.

—Es muy bonito —dijo con sinceridad—. Tienes mucha imaginación.

Al inclinarse para verlo mejor, su brazo rozó levemente el de Beom-seok. Fue un contacto breve, como ya les había ocurrido otras veces, pero esta vez ninguno se apartó bruscamente. Solo se quedaron así un segundo más, sintiendo esa calidez que ya les resultaba familiar y tranquila.

—Gracias —respondió Beom-seok en voz baja, sin bajar la mirada—. Se ha acostumbrado a verlo por aquí.

—No me molesta —contestó el alfa, incorporándose despacio—. Al contrario.

Se quedaron en silencio unos momentos, mientras Seo-yun hablaba animadamente de sus clases y sus juegos. Ninguno habló de sentimientos, ni de lo que había pasado días atrás, pero en el aire flotaba una sensación de complicidad que no necesitaba palabras.

—¿Vuelven a casa ya? —preguntó Kang-min al final.

—Sí, en cuanto guarde esto —respondió Beom-seok.

—Entonces los acompaño hasta la puerta —ofreció con naturalidad.

Caminaron juntos hacia la salida, con Seo-yun tomada de la mano de su padre y hablando sin parar. Al llegar a la calle, Kang-min se detuvo y miró a Beom-seok con una mirada seria pero tranquila.

—Si alguna vez necesitas algo, sea para el trabajo o para cualquier asunto de la casa, no tienes por qué dudar en decírmelo —dijo con claridad—. No es un favor, es confianza.

Beom-seok lo miró fijamente, evaluando sus palabras con la misma seriedad de siempre. Sabía que no se lo decía por lástima, sino porque realmente valoraba lo que había construido entre ellos.

—Lo tendré en cuenta —respondió con dignidad—. Y yo también haré lo mismo: cumpliré con mi parte, siempre.

Kang-min asintió levemente, como si esa respuesta fuera justo la que esperaba.

—Que tengan buena noche.

—Igualmente —respondió Beom-seok.

Mientras caminaban hacia su casa tomados de la mano, Beom-seok sentía en su interior algo que crecía muy despacio, sin ruido, sin prisa: una confianza sólida, un respeto profundo y ese sentimiento que empezaba a tomar forma, suave y seguro. No tenía nombre todavía, pero sabía que era algo bueno, algo que valía la pena esperar.

Y Kang-min, mientras subía a su coche, también lo sabía. Habían superado ya la prueba más difícil: la del instinto. Ahora lo que venía sería por elección, por voluntad, paso a paso, tal como debía ser.

Pasaron dos semanas más. La rutina se había asentado por completo, y Beom-seok demostraba cada día que merecía la confianza que le habían dado: ya no solo llevaba el control de entradas y salidas, sino que también organizaba los turnos de los demás con justicia y claridad, sin abusar de su posición ni dejar que nadie se aprovechara.

Kang-min seguía apareciendo cada día, y aunque seguía siendo estricto con todos, con Beom-seok había un matiz distinto en su mirada y en sus palabras, algo que nadie más notaba pero que ambos sentían claramente.

Una tarde, cuando ya se acercaba el final de la jornada, llegó un problema imprevisto: un proveedor importante retrasaba su entrega y, si no se resolvía antes del día siguiente, se perderían plazos y se generarían pérdidas. Los encargados del área discutían sin llegar a una solución, levantando la voz y echándose culpas unos a otros.

Beom-seok se acercó con calma, esperó a que todos se callaran y expuso su propuesta con datos claros:

—Si reorganizamos el espacio disponible y ajustamos el horario de descarga, podemos recibirlo en el turno de la noche sin afectar el trabajo de mañana. Ya revisé los registros, hay margen suficiente.

Todos lo miraron sorprendidos, y en ese momento apareció Kang-min, que había escuchado sus palabras desde la entrada.

—Exacto —dijo con firmeza—. Esa es la solución. Hazlo tú mismo, coordina lo que haga falta. Asumo la responsabilidad si algo sale mal.

Beom-seok asintió sin dudar:

—Lo haré.

Durante las horas siguientes, se encargó de todo: habló con el transportista, organizó el personal que se quedaría a ayudar y revisó cada detalle para que no hubiera errores. Kang-min no se fue; se quedó en su oficina, pero de vez en cuando salía para comprobar que todo iba bien.

En un momento en que estaban solos en el pasillo, al cruzar, sus hombros se rozaron levemente. Fue un contacto breve, pero esta vez ninguno se apresuró a apartarse. Beom-seok sintió esa sensación de calma que ya le resultaba familiar, y Kang-min mantuvo la mirada en él un segundo más de lo necesario.

—Sabía que podrías resolverlo —dijo el alfa en voz baja.

—Solo sigo lo que tiene sentido —respondió Beom-seok con naturalidad, sin buscar halagos.

Cuando todo estuvo listo y la entrega quedó confirmada, ya era tarde. Seo-yun, que había esperado durmiendo en una silla cerca de la oficina, se despertó y corrió hacia su padre.

—¿Ya nos vamos? —preguntó frotándose los ojos.

—Sí, ya terminamos —le respondió él con suavidad.

Kang-min tomó su maletín y se acercó:

—Los llevo a casa. Es tarde y no hay transporte seguro a esta hora.

Beom-seok lo miró, evaluando la propuesta como siempre, pero esta vez no hubo duda.

—De acuerdo. Gracias.

 Al llegar al edificio, Beom-seok bajó a su hija y se giró hacia Kang-min.

—Gracias por hoy. Por todo.

—No hay nada que agradecer —respondió el alfa con seriedad—. Hiciste tu trabajo, yo puse lo necesario para que lo hicieras. Así debe ser.

Se quedaron mirándose un instante más, sin decir nada más, pero con la certeza de que lo que los unía iba más allá de un jefe y un empleado. Era respeto, confianza y algo más que crecía despacio, sin nombres todavía, pero sólido como una roca.

Beom-seok asintió, tomó la mano de su hija y entró. Y Kang-min, mientras regresaba a su casa, sabía que había encontrado en él a alguien que valía la pena esperar, paso a paso, sin apresurar nada.

A la mañana siguiente, el aire en el almacén se sentía diferente. No hubo comentarios exagerados ni halagos públicos: solo, cuando Beom-seok cruzó la mirada con Kang-min al entrar, el alfa asintió una sola vez, con ese gesto breve que ya empezaba a significar más que cualquier palabra.

Pasaron unos días más, y la cercanía se fue volviendo parte de la rutina, sin que ninguno de los dos tuviera que buscarla. Kang-min ya no se marchaba tan pronto; a veces se quedaba en la oficina mientras Beom-seok terminaba sus informes, y Seo-yun, que ya no se escondía cuando él aparecía, se sentaba en el suelo cercano a dibujar, en silencio, como si su presencia fuera un refugio más.

Una tarde, Beom-seok no pudo ocultar un leve mareo al levantarse de su escritorio. Se apoyó en el borde un instante, cerrando los ojos, antes de seguir como si nada —pero Kang-min lo había visto. Sin hacer ruido, salió de su despacho y puso una botella de agua y un pequeño paquete de galletas sobre la mesa, sin levantar la voz:

—No has salido a comer en todo el día. El trabajo se puede esperar, tú no.

Beom-seok alzó la vista, sorprendido. Su aroma, que solía ser tan contenido, se tiñó de un matiz suave de gratitud, casi imperceptible.

—No quería dejar nada pendiente —respondió bajito—. Gracias.

Kang-min se detuvo un paso antes de alejarse.

—La responsabilidad no es cargar con todo hasta romperse. Es saber pedir ayuda cuando hace falta.

Esa noche, al llegar a casa, Beom-seok se quedó mirando por la ventana. Sabía que tenía razón. Durante años había creído que valerse por sí mismo era la única forma de proteger a Seo-yun, que dejar entrar a alguien era correr el riesgo de perder lo que tanto le había costado construir. Pero Kang-min no pedía entrar: simplemente se quedaba ahí, esperando que él abriera la puerta cuando se sintiera listo.

Unos días después, llovía de nuevo cuando terminaron la jornada. Seo-yun se había quedado dormida sobre el sofá de la pequeña sala de espera, y cuando Beom-seok la tomó en brazos, el alfa ya tenía la puerta abierta y el paraguas listo.

—Vamos —dijo simplemente, y esta vez no hubo necesidad de proponerlo ni de agradecerlo con palabras.

En el coche, la lluvia golpeaba suavemente los cristales. Seo-yun seguía durmiendo apoyada en el hombro de su padre, y el silencio entre ellos no pesaba: estaba lleno de todo lo que no hacía falta decir. Al llegar, Kang-min se bajó primero para abrirle la puerta y cubrirlos con el paraguas hasta el portal.

—¿Quieres… subir un momento a secarte? —preguntó Beom-seok, casi en un susurro, sin apartar la mirada del suelo—. Solo un minuto. No es mucho, pero no quiero que te mojes más.

Fue la primera vez que él lo invitó. Kang-min se quedó quieto un instante, y por un segundo Beom-seok temió haber sido demasiado lejos, demasiado pronto. Pero el alfa asintió despacio, con una sonrisa tan leve que casi no se notaba:

—Solo un minuto. Gracias.

Dentro del pequeño departamento, el aire olía a té de manzanilla y a los lápices de colores de Seo-yun. Beom-seok acomodó a la niña en su cama, y cuando volvió al pasillo, Kang-min estaba de pie junto a la puerta, esperando sin tocar nada, respetando cada rincón de su espacio como si fuera algo valioso.

—Gracias —repitió Beom-seok, y esta vez su voz sonó más firme—. Por no apresurarme. Por no tratar de arreglarlo todo de golpe.

Kang-min dio un paso muy pequeño hacia él, lo suficiente para que su aroma cálido y firme lo envolviera sin abrumarlo.

—No hay prisa —dijo muy bajito—. Lo bueno se construye paso a paso. Y yo estoy dispuesto a caminar a tu ritmo.

Se quedaron así, cerca, sin tocarse todavía, pero sabiendo que la distancia que los separaba ya no era un muro: solo el último paso que darían juntos, cuando ambos estuvieran listos.

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Ofelia Juarez
no entiendo por qué la niña menciono al jefe de su papá acaso la lleva a su trabajo??
Jezyn: si por que la vecina tuvo que hacer una diligencia y no la podía llevar asi que la llevo a la empresa donde Beom-seok trabaja
total 1 replies
Jezyn
Es mi primera historia con mucho cariño para ustedes
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