Sangre y Cenizas
"Te mataría si pudiera dejar de amarte"
Maya es cazadora de vampiros. Lucien es el vampiro que debería haber
muerto hace años.
Entre encuentros clandestinos y besos prohibidos, descubren que existe
un amor más peligroso que cualquier arma: uno que te envenena desde
adentro, que te hace traicionar todo lo que eres, y que solo termina
de una manera.
En la oscuridad, donde el bien y el mal se desdibujan, dos almas
rotas aprenderán que algunos fuegos nunca deberían encenderse.
Pero algunos ya arden.
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CAPÍTULO 6: En las Profundidades
El sótano de la casa Blackwood era una prisión diseñada específicamente para vampiros.
Las paredes estaban cubiertas con símbolos de protección grabados en plata. Las ventanas, si es que podían llamarse así, estaban selladas con hierro bendito. En el centro de la habitación había una jaula de plata pura, lo suficientemente grande para que una persona pudiera estar de pie, pero no lo suficientemente grande para moverse cómodamente.
Lucien estaba encadenado dentro de ella, sus muñecas y tobillos atados con cadenas de plata que quemaban su piel, dejando marcas que se curaban y se volvían a quemar una y otra vez. Su cabello estaba sucio, pegado a su frente. Sus ojos rojos ardían con una rabia que era casi palpable.
Había estado allí durante tres días.
Maya no había bajado hasta ahora.
Cuando abrió la puerta del sótano, Lucien levantó la vista. Durante un momento, sus ojos se suavizaron. Luego se endurecieron de nuevo, llenos de desprecio.
—Viniste a verme sufrir —dijo, su voz ronca por la falta de uso—. Qué tierno.
—Lucien, yo—
—¿Yo qué, Maya? ¿Lo siento? —Se levantó, sus cadenas tintiineando—. Claro que lo sientes. Eso hace que sea más fácil para ti, ¿verdad? Puedes traicionarme y luego venir aquí a sentir lástima de ti misma.
—No sabía que harían esto —dijo Maya, aunque ambos sabían que era una mentira.
—¿No? —Lucien se acercó a los barrotes de la jaula—. ¿O simplemente no querías saber? Era más fácil si no pensabas en lo que sucedería después de que me sedujeras y me entregaras a tus asesinos de familia.
Las palabras golpearon a Maya como puños.
—Ellos creen que mataste a esas cinco personas en el club.
—Y yo no lo hice. —Lucien se recostó contra la pared, sus cadenas haciendo un sonido metálico—. Pero no importa, ¿verdad? Porque soy un vampiro. Porque soy un monstruo. Porque según tu familia, toda mi existencia es un crimen que merece ser castigado.
—¿Entonces quién mató a esas personas? —preguntó Maya.
—Hay otro vampiro antiguo en la ciudad. Alguien que es mucho más poderoso que yo. Alguien que quiere que me culpen. —Lucien levantó la vista hacia ella—. Pero no te importa, ¿verdad? Porque ahora tienes lo que querías. Tienes al monstruo en una jaula.
La puerta del sótano se abrió y Thomas entró, seguido por Catherine.
—Veo que finalmente decidiste visitarlo —dijo Catherine, sus ojos azul pálido brillando con satisfacción—. Bien. Porque es hora de que comience el interrogatorio.
—¿Qué? —preguntó Maya.
—Tu padre y yo necesitamos información sobre su coven, sus fortalezas, sus debilidades. —Catherine se acercó a la jaula—. Y vamos a obtenerla.
Sacó una pequeña botella de agua bendita del bolsillo de su chaqueta.
—No —dijo Maya—. Espera.
—¿Esperar qué? —preguntó Thomas, sus ojos grises fríos como el acero—. ¿Esperar a que nos mate? ¿Esperar a que escape y mate a más gente?
—Él no escapará. Él no matará a nadie. Simplemente dame tiempo para—
—¿Para qué? —interrumpió Catherine—. ¿Para enamorarte más de él? ¿Para convencerlo de que eres diferente de nosotros?
Maya sintió que su garganta se cerraba.
Catherine sonrió, una sonrisa que era como vidrio roto.
—Oh, Maya. Pensé que eras más inteligente que esto. —Vertió una pequeña cantidad de agua bendita sobre el piso de la jaula.
El grito de Lucien fue desgarrador.
Su piel comenzó a quemarse donde el agua bendita tocaba el suelo, creando un círculo de fuego invisible que lo obligaba a saltear de un lado a otro. El olor a carne quemada llenó el aire.
—¡Para! —gritó Maya, corriendo hacia Catherine—. ¡Para ahora!
Thomas la agarró, sosteniéndola mientras ella se debatía.
—Esto es necesario —dijo su padre, su voz carente de emoción—. Esto es lo que significa ser un Blackwood.
—¡No! —gritó Maya—. ¡Esto no es justicia, es tortura!
—Es ambas cosas —respondió Catherine, vertiendo más agua bendita—. La justicia a menudo lo es.
Lucien cayó de rodillas, su cuerpo temblando de dolor. Pero sus ojos seguían fijos en Maya, y en ellos había algo que era peor que la rabia. Había decepción. Había traición. Había el peso de doscientos años de soledad confirmados una vez más.
—Lo siento —susurró Maya, las lágrimas corriendo por sus mejillas—. Lo siento, lo siento, lo siento.
Lucien no respondió. Solo cerró los ojos y dejó que el dolor lo consumiera.
Catherine dejó de verter agua bendita y se giró hacia Maya.
—Ahora, vamos a hacer esto de la manera fácil o de la manera difícil, vampiro. ¿Dónde está tu coven?
Lucien no respondió.
Catherine vertió más agua.
Esto continuó durante horas. Preguntas sin respuestas, dolor sin fin. Maya se quedó en la esquina del sótano, observando cómo torturaban al hombre que amaba, incapaz de hacer nada para detenerlo.
Finalmente, cuando el sol se puso, Thomas y Catherine se fueron, dejando a Lucien tirado en el piso de la jaula, su cuerpo cubierto de quemaduras que se curaban lentamente.
Maya esperó hasta que estuvo segura de que sus padres estaban en el piso superior. Luego se acercó a la jaula.
—Lucien —susurró.
Él no levantó la vista.
—Lucien, por favor. Necesito explicarte.
—¿Explicarme qué? —Su voz era un susurro, pero contenía toda la rabia del mundo—. ¿Que me usaste? ¿Que todo lo que dijiste fue una mentira?
—No era una mentira —dijo Maya, desesperadamente—. Nada de lo que sentí era una mentira.
—Entonces ¿por qué? —Finalmente levantó la vista, y sus ojos rojos estaban llenos de lágrimas de sangre—. ¿Por qué me traicionaste?
Maya abrió la boca, pero no sabía qué decir. Porque la verdad era complicada. Porque había creído que estaba haciendo lo correcto. Porque había estado atrapada entre dos mundos, dos lealtades, dos amores.
—Porque mi familia me lo pidió —admitió finalmente—. Y porque tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
—De esto. De ti. De lo que siento por ti. —Las palabras salieron como sangre—. Fui entrenada para verte como un monstruo. Para verte como el enemigo. Y luego te conocí, y no podía verte como nada más que... como la persona que amo.
Lucien se levantó lentamente, sus cadenas tintiineando.
—Si me amaras, no estaría aquí.
—Lo sé. —Maya estaba llorando ahora, sin poder contenerse—. Y lo siento más de lo que puedo expresar.
Lucien se acercó a los barrotes de la jaula. Su mano, con cicatrices de quemaduras, extendió hacia ella. Maya la tomó, sintiendo el calor de su piel a pesar de las quemaduras.
—Escúchame bien, Maya —dijo, su voz baja pero intensa—. Lo que estoy a punto de decirte es importante. ¿Me escuchas?
Maya asintió.
—Tu familia tiene razón sobre una cosa. Yo soy un monstruo. He matado a personas. He hecho cosas horribles. Pero lo que no entienden es que lo hice porque estaba solo. Porque el dolor era tan grande que la única forma de sentir algo era causar dolor a otros.
Hizo una pausa.
—Pero luego te conocí. Y por primera vez en doscientos años, sentí algo diferente. Sentí esperanza. Sentí que tal vez podía ser algo más que un monstruo. —Sus ojos rojos miraban directamente a los de ella—. Y ahora, mientras estoy aquí, siendo torturado, lo único que puedo pensar es que tenía razón en esperar. Porque incluso si me matas, incluso si me traiciones mil veces más, al menos sé que por un momento, alguien me amó.
Maya sollozó, incapaz de hablar.
—Hay una forma de salir de esto —continuó Lucien—. Pero tendrás que ser valiente. Tendrás que elegir un lado. Y cualquiera que sea el lado que elijas, perderás todo lo demás.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó Maya.
Lucien le susurró el plan al oído, sus palabras rápidas y urgentes. Cuando terminó, se recostó contra la pared, agotado.
—¿Lo harás? —preguntó.
Maya miró su rostro hermoso y roto, sus ojos rojos llenos de esperanza y dolor.
—Sí —dijo—. Lo haré.