En un reino donde las leyendas nunca mueren, una joven noble comienza a tener sueños con una vida que no recuerda y una tragedia que aún no ha ocurrido. Mientras la sombra de una antigua profecía vuelve a extenderse sobre el imperio, su destino se entrelaza con el del príncipe heredero, un hombre marcado para morir antes de reclamar el trono.
Cada recuerdo la acerca a una verdad capaz de cambiar el curso de la historia, pero también despierta a quienes han esperado siglos para impedir que el pasado se repita. En un mundo donde nadie es completamente inocente y cada decisión tiene un precio, proteger al príncipe podría significar condenarse a sí misma una vez más.
Porque algunas promesas sobreviven a la muerte... y hay destinos de los que ni siquiera una nueva vida puede escapar.
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Capitulo 2— Sueños
Nunca entendí por qué los adultos decían que los niños dormían tranquilos, quizá hablaban de otros niños.
Yo, desde que tenía memoria, soñaba demasiado, no eran pesadillas.
Tampoco podía llamarlos sueños bonitos, simplemente eran... extraños.
A veces despertaba convencida de haber escuchado voces pronunciando palabras en un idioma que jamás había aprendido. Otras veces tenía la sensación de haber recorrido lugares inmensos que desaparecían de mi memoria apenas abría los ojos. Lo único que siempre permanecía era la luna. Sin importar el sueño, allí estaba ella, observándome desde el cielo como si me conociera desde mucho antes de que yo naciera.
Aquella noche no fue diferente o al menos eso creí.
Recuerdo caminar descalza por un inmenso campo cubierto de flores blancas. El viento era cálido y hacía bailar los pétalos a mi alrededor. Todo parecía tranquilo, tan hermoso que por un momento olvidé que estaba soñando. Avancé despacio, mirando maravillada cómo las flores se inclinaban a mi paso, hasta que descubrí una espada clavada en medio del prado.
Era una espada muy hermosa.
Su hoja brillaba con una luz plateada que no lastimaba la vista, y la empuñadura estaba adornada con pequeños lirios blancos idénticos a los del escudo de nuestra familia.
Sentí la necesidad de acercarme, no sabía por qué.
Simplemente... debía hacerlo.
Extendí la mano con curiosidad infantil, mis dedos apenas rozaron la empuñadura cuando una voz masculina sonó detrás de mí.
—Todavía no.
Me giré tan deprisa que casi perdí el equilibrio, no había nadie, solo el viento.
—¿Hola...? —pregunté con timidez.
Nadie respondió, di una vuelta completa buscando entre las flores.
—¿Hay alguien?
Silencio.
Fruncí el ceño.
—Pues no tiene gracia esconderse.
Entonces escuché una risa, era una risa suave.
Familiar.
No conseguía recordar a quién pertenecía, pero estaba completamente segura de haberla oído alguna vez.
Volví a girarme hacia la espada, ya no estaba.
En su lugar había un lago inmenso que reflejaba una luna tan grande que parecía ocupar todo el cielo.
Me acerqué lentamente a la orilla, quería tocar el agua, sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, el reflejo cambió.
Ya no veía mi rostro, vi el de una muchacha, tenía el cabello largo, los ojos cansados y una tristeza tan profunda que hizo que mi pecho se apretara sin motivo alguno.
La muchacha levantó la vista, por un instante nuestras miradas se encontraron, sentí que quería decirme algo, sus labios comenzaron a moverse.
No alcancé a escuchar ninguna palabra.
El lago entero empezó a teñirse de rojo, las flores desaparecieron, el viento se convirtió en humo y un grito desgarrador atravesó el cielo.
Abrí los ojos de golpe.
Me incorporé tan rápido que terminé enredada entre las mantas, respiraba con dificultad, mi camisón estaba completamente empapado de sudor.
Durante varios segundos no supe dónde estaba, miré alrededor, mi habitación.
Las cortinas blancas, la estantería llena de cuentos.
El pequeño caballo de madera que mi hermano insistía en decir que era suyo, todo estaba en su sitio.
Todo... excepto mi corazón, que seguía latiendo con una fuerza descontrolada.
Llevé una mano hasta mi pecho.
—Solo fue un sueño...
Lo repetí una vez, después otra y otra más. Pero aquellas palabras no lograban convencerme.
Porque, por primera vez, podía recordar perfectamente el rostro de aquella muchacha y tenía mis mismos ojos.
Unos suaves golpes sonaron en la puerta.
—¿Lady Seraphine?
Era Margaret.
—¿Se encuentra bien?
Dudé unos segundos antes de responder.
—Sí...
Mi voz salió tan baja que ni yo misma me la creí.
La puerta se abrió despacio, Margaret entró con una vela en la mano, su expresión cambió en cuanto me vio.
—Está pálida.
Negué rápidamente.
—Solo tuve un sueño.
Ella dejó la vela sobre la mesita junto a mi cama y se sentó a mi lado.
—¿Quiere contármelo?
Miré la ventana.
La luna seguía brillando en el cielo, exactamente igual que en mi sueño, un escalofrío me recorrió los brazos.
—Había una niña...
Margaret sonrió.
—¿Como usted?
Negué.
—No.
Guardé silencio unos segundos.
—Era mayor.
—¿La conocía?
Tragué saliva.
—Creo que sí...
Margaret me observó con atención.
—¿Y quién era?
Bajé lentamente la mirada hacia mis manos.
—No lo sé...
Porque esa era la parte que más miedo me daba, no sabía quién era aquella muchacha, pero, de alguna forma imposible de explicar... La extrañaba como si hubiera formado parte de mi vida desde siempre.