Klaus Glendson Cassano es el primogénito de la familia más temida de Manchester. CEO de una gran empresa y Don de una de las mafias más influyentes, es conocido por su frialdad, su inteligencia aguda y una brutalidad sin límites. Entre noches llenas de fiestas y una vida de poder absoluto, Klaus vive bajo la constante presión del consejo para cumplir un deber que insiste en postergar: el matrimonio.
Tras años evitando compromisos, el consejo decide intervenir y pone en riesgo su título como Don. Obligado a elegir una esposa entre las herederas de la mafia, Klaus se niega a ser manipulado. Acepta casarse… pero con una condición: la elección será suya, y solo suya.
Entre amenazas veladas, alianzas políticas y juegos de poder, Klaus inicia su propia cacería. Pero lo que era solo una obligación estratégica puede convertirse en un desafío aún mayor cuando la mujer equivocada —o demasiado correcta— cruza su camino.
Porque, en el mundo de Klaus Cassano, amar es debilidad. Y él no acepta flaquear.
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Capítulo 13.
Klaus...
Alana me miraba con miedo. La ayudé a levantarse y regresamos al salón. Felipe se nos acercó y la miró alarmado.
—¿Qué pasó? ¿De quién es esa sangre?
—Tranquilo, Felipe, la sangre no es de ella.
Dije anticipando lo que pasaba por su cabeza.
—Llévala a casa. Tengo un asunto pendiente aquí.
Ordené.
—Claro, señor. ¿Vamos?
Ella me miró unos segundos, pero luego se dio la vuelta y siguió a Felipe hacia la salida.
—¡Vaya! Te estuve buscando por todas partes. ¿Encontraste a tu esposa?
Me di la vuelta y me encontré de frente con Fenrril.
—¿Por qué tanto interés en mi mujer?
Pregunté amenazando su alma solo con la mirada.
—Calma, solo quería conocerla.
—No se estaba sintiendo bien, así que mis hombres la llevaron a casa.
Dije, y pude notar la indignación en su mirada. No me gusta ese interés suyo en Alana.
—Qué lástima. Bueno, que se mejore.
Se alejó, y yo me fijé en el tumulto frente al baño de mujeres. Sergio estaba tan fuera de sí que empezó a culpar a todos los presentes por la muerte de su hija.
—¡El que hizo esto lo va a pagar de la peor manera! ¡Le voy a arrancar la cabeza al miserable!
Yo simplemente crucé los brazos, observando el teatro.
—Fui yo quien la mató.
Dije con la mayor tranquilidad. Todas las miradas se volvieron hacia mí. Sergio me encaró con furia.
—¿Y por qué haría eso, Don?
Preguntó poniéndose de pie.
—Se metió donde no la llamaban. Dejé muy claro que Alana es asunto mío.
—¿Está diciendo que mató a una de las hijas de la Manchestary por culpa de esa zorra de los Martineli?
En el instante en que alzó la voz, todos en el salón desenfundaron sus armas apuntando hacia él. Al fin y al cabo, yo soy el Don.
—Sergio, entiendo que en este momento estás en shock. Hablamos otro día.
Dije dándome la vuelta.
—¡Mataste a mi hija!
Volvió a llamar mi atención. Respiré profundo perdiendo la paciencia, cosa que no existe en mi familia.
—La maté, y estoy a punto de matarte a ti también. Así que es mejor que cierres la maldita boca, ¡carajo!
Bajó la cabeza a regañadientes y salí del salón. Subí al carro y arranqué. Durante el trayecto, el celular no paró de sonar.
—¿Qué carajo quieres?
Pregunté contestando mientras miraba la pista.
—Soy yo, querido. No tienes que estresarte tanto.
—¿Por qué me llamaste, Laura?
Pregunté.
—Quiero verte. Te extraño muchísimo. Adivina dónde estoy.
Alcé una ceja.
—¿Dónde diablos estás, Laura?
—En nuestro nidito de amor. Ven para acá, me muero de ganas de verte.
No suelo llevar mujeres a mi casa, mucho menos a mi cama, así que compré un departamento donde puedo llevar a las chicas.
—Tu propuesta es tentadora, pero no iré.
—¿Qué? ¿Cómo así?
Colgué el celular y estacioné en el garage. Enseguida entré a la casa.
—Qué bueno que llegaste.
Dijo Felipe sentado en el sofá.
—¿Qué quieres?
Pregunté pasando a su lado hacia la cocina.
—¿Enloquezciste? ¿De quién era toda esa sangre?
Preguntó viniéndose detrás de mí.
—De Ana.
Dije sirviendo un poco de agua en un vaso.
—¿La mataste?
Preguntó pasándose la mano por el cabello.
—Sí. Estaba a punto de arruinar mi plan de venganza contra los Martineli. Sé que la cagué, pero ella debería saber que meterse en mi camino es una pésima elección.
—Mierda, Klaus.
—¿Y la chica? ¿Dónde está?
Pregunté bebiendo el agua.
—En el cuarto. Estaba muy asustada. Me suplicó varias veces durante el trayecto que la dejara irse.
Solté una sonrisa de lado.
—Ella no tiene la culpa de lo que hizo Leon, hermano.
Fruncí el ceño al instante.
—No estoy haciendo esto por lo que hizo Leon, sino para vengar la muerte de mi consigliere.
Dije serio.
—Está bien, si prefieres engañarte a ti mismo, adelante. Por cierto, mi hermana vendrá mañana por la mañana. Está ansiosa por su próxima misión.
—Qué bueno. La necesito para dar un jaque mate definitivo y eliminar todo y a todos en la Camorra.
Dije, y él asintió.
—Bueno, vuelvo a mi turno. Buenas noches, hermano.
Dijo tocándome el hombro.
—Buenas noches.
Dije, y se retiró. Después de eso subí a mi cuarto, me di una ducha larga y malditos flashbacks invadieron mi mente. Golpeé la pared y salí. Fui al clóset, me puse solo un pantalón de pants y caminé hasta el cuarto donde está la mocosa.
Abrí la puerta y ahí estaba ella, durmiendo tranquilamente. Me acerqué a la cama observando su semblante sereno.
Me salió una sonrisa de lado en cuanto noté que estaba fingiendo. Para provocarla, le coloqué un mechón de cabello que le tapaba la cara detrás de la oreja, y fue en ese momento cuando abrió los ojos y sacó un cuchillo apuntándolo hacia mi abdomen desnudo.
—Aléjate de mí...
Su voz temblaba, igual que su mano.
—Hahaha, así que la monjita decidió sacar las garras.
Dije con puro sarcasmo.
—Yo... te voy a clavar esto si te acercas más...
—¿Ah, sí?
En un solo movimiento la desarmé y tiré el cuchillo lejos. Cuando me di cuenta, estaba encima de ella con sus manos sujetas sobre la cabeza. Jadeaba por la cercanía, y desvié la mirada hacia su cuerpo. Aunque llevaba un camisón recatado, se notaba su figura esbelta.
—¡Te odio!
Dijo debatiéndose, intentando soltarse.
—Yo también te odio, y haré de tu vida un infierno, dulzura.