Una noche de fiesta fue el inicio de su condena. Matteo "El Halcón" Moretti, el criminal más temido del país, puso sus ojos en ella y decidió que le pertenecía.
Arrancada de su vida sencilla, Ana descubre que su cautiverio no fue un error: ella es la heredera perdida de la Dinastía Castellanos, un imperio que todos creen muerto.
Atrapada entre la obsesión del hombre que la compró y la traición de quien decía amarla, Ana deberá elegir: ser una víctima sumisa o convertirse en la reina que destruirá a sus enemigos.
¿Qué pesa más: el miedo al monstruo que la posee o la sed de venganza?
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Juego de voluntades
Ana regresó a su prisión de oro con el alma fragmentada. En la penumbra de la biblioteca, Matteo la esperaba con la inmovilidad de un depredador al acecho. El eco de sus tacones sobre el mármol no era un sonido cotidiano; era el ritmo de una sentencia que ella misma se obligaba a cumplir.
—Llegas tarde —sentenció él sin levantar la vista de los documentos. Su voz, baja y peligrosa, era un aviso de tormenta inminente.
—Lo siento. En la clínica me encontré con mis amigas y, para no levantar sospechas, tuve que quedarme un poco más —respondió Ana, sosteniendo una calma artificial que amenazaba con romperse.
—Sabes perfectamente que no tolero que se ignoren mis órdenes. Dos horas eran dos horas.
—Lo sé. Y estoy lista para aceptar mi castigo.
Sin una pizca de duda, Ana empezó a desabrochar los botones de su blusa. Sus movimientos eran mecánicos, despojados de la timidez que la definía semanas atrás. Verla así, convertida en un autómata que aceptaba la degradación como un trámite administrativo, detuvo a Matteo. Él no buscaba una muñeca rota que se doblegara por miedo; la quería fuerte, altiva, digna de portar el apellido que él mismo había convertido en leyenda.
Caminó hacia ella con paso firme y apresó sus manos, deteniendo el despojo.
—No hagas eso —ordenó con un susurro ronco que vibró en el aire—. Hoy no habrá castigos... a menos que realmente desees estar conmigo.
Los ojos de Ana se anclaron en las pupilas oscuras de Matteo. La frontera entre el odio y la necesidad se había vuelto una línea borrosa. En ese instante, su lógica de ingeniera falló: por una razón que se negaba a admitir, deseaba la cercanía del hombre que le había robado todo.
—Esto es lo que quiero —mintió Ana, o quizás se confesó una verdad a medias.
Se puso de puntillas y buscó sus labios con una ternura inesperada, un gesto que terminó por desarmar al hombre más frío de la ciudad. Ana había empezado a jugar sus propias cartas. Entendió que la única forma de escapar de ese mundo de sombras era conquistando el corazón del verdugo. Tenía que lograr que Matteo la amara incondicionalmente para, llegado el momento, destruirlo desde su propio núcleo.
Matteo se dejó arrastrar por esa dulzura que se sentía letalmente real. Por primera vez, no fue el animal posesivo; la tomó en brazos con una delicadeza que le robó el aliento y la llevó hasta el gran sillón de cuero negro. Allí, entre sombras y el chisporroteo de la chimenea, la trató como a una pieza de porcelana invaluable, trazando un camino de besos lentos por su cuello, buscando su rendición en cada centímetro de piel.
Ana también se perdió en la trampa de su propio plan. Por breves segundos, la ternura de Matteo la hizo olvidar que él era el arquitecto de su desgracia.
Minutos después, el silencio de la biblioteca solo era interrumpido por el rítmico tic-tac del reloj de pared.
—Estuviste increíble —susurró Matteo, trazando una línea perezosa con sus dedos por la espalda desnuda de Ana.
—Estoy aprendiendo de ti —respondió ella, inyectando una dosis de frialdad en sus palabras que cortó el momento como un bisturí.
El silencio volvió a instalarse, incómodo y pesado.
—¿Por qué me elegiste a mí? —preguntó ella finalmente, rompiendo la tensión—. Entre todas las mujeres en esa discoteca... estaban Elena, Carla, Jessica. ¿Por qué fui yo?
Matteo guardó silencio unos instantes, procesando la pregunta.
—Cuando te vi, no vi solo una cara bonita. Vi una mujer llena de una vida que podía transformarse en algo mucho más peligroso. Además —añadió con una mirada oscura—, el movimiento de tus caderas me cautivó. Desde ese primer segundo, supe que te quería entre mis sábanas.
Ana no replicó. Solo pudo pensar que, de no haber ido a ese lugar, jamás habría cruzado caminos con el demonio Moretti. Se puso de pie con una lentitud deliberada y comenzó a recoger su ropa esparcida por el suelo. Se vistió con la mirada fija en el vacío, sintiendo el peso de un futuro que se había evaporado en una sola noche de fiesta.
—Espero que haya llenado tus expectativas —dijo ella antes de salir, con el tono vacío de quien ya no tiene nada que perder—. Sería doloroso saber que arruinaste mi vida por nada.
Ana salió de la biblioteca sin mirar atrás. Matteo se quedó inmóvil en el sofá, sintiendo una opresión desconocida en el pecho. Las palabras de Ana le habían dolido más que cualquier herida de bala, y eso era una debilidad que, en su mundo, podía ser mortal.
pero estaría muerta como le dijo matteo
ojalá no sea verdad
pero ellos también no debieron actuar a si humillandote lo hiciste para salvarle la vida
si ella es tomada una heredera 🤔
pero cuando se entere de lo que tenía pensado el miguelito con ella como verá esto por una parte se puede decir matteo la salvo de ese maldito
ojalá Matteo se entere sus informantes se están pasando el por qué el miguelito quiere a toda costa a Ana
entonces el sabrá que viene de una familia fuerte🤔
pero será que le hicieron algo para a si poder tener a su merced a Ana