Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.
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Capítulo 5: Madre de las Sombras
El Barrio Bajo 17 nunca dormía del todo. Incluso a las cuatro de la madrugada, se escuchaban los generadores eléctricos piratas zumbando, el llanto distante de un bebé y el ocasional disparo de advertencia contra saqueadores o algo peor. Aquí, en las entrañas de la ciudad, donde los rascacielos de hélix parecían montañas inalcanzables, la gente aprendía a sobrevivir con lo que tenía: armas improvisadas, fe rota y mucho coraje.
Elena Vargas, de cuarenta y dos años, estaba sentada en el techo de un edificio de cinco pisos que alguna vez fue un centro comercial. Ahora servía como base improvisada de su grupo: Los Vigilantes del Umbral. Llevaba un chaleco táctico desgastado sobre una chaqueta reforzada con placas de metal reciclado. Su cabello negro, salpicado de canas prematuras, estaba recogido en una trenza práctica. En su cuello colgaba un relicario con fotos de sus dos hijos: Mateo, de nueve años, y Lucía, de siete. Ambos murieron tres años atrás, devorados por un demonio susurrante que se infiltró en su antiguo hogar durante una noche de tormenta.
Desde entonces, Elena ya no era solo una madre. Era la líder. La que mantenía unido a un grupo de doce independientes que operaban sin contratos, sin patrocinadores corporativos y sin el respaldo de la Iglesia.
—Otra noche larga —murmuró para sí misma, revisando el viejo rifle de plasma que había modificado ella misma. El arma tenía marcas de quemaduras y parches de soldadura casera, pero aún funcionaba.
Abajo, en lo que llamaban “el patio central” —un espacio abierto entre edificios protegido por barricadas de autos destrozados y alambre de púas electrificado—, el resto del grupo se preparaba para la patrulla del amanecer.
—Jefa, los sensores caseros detectaron movimiento cerca del viejo metro —dijo Raúl, un hombre flaco de veintinueve años que había sido mecánico antes de que los demonios destruyeran su taller—. Probablemente Clase I, pero podrían ser varios.
Elena bajó del techo con agilidad sorprendente. A pesar de su edad y las cicatrices que cubrían sus brazos, se movía con la determinación de quien no tiene nada más que perder.
—Reúne al equipo completo —ordenó con voz firme pero maternal—. Hoy no solo cazamos. Protegemos. La familia González tiene un niño enfermo. No podemos permitir que un susurrante se acerque a ellos.
Los miembros del grupo se reunieron: ocho hombres y cuatro mujeres, edades entre diecinueve y cincuenta y uno. Eran exsoldados, antiguos empleados de fábricas, una exenfermera y dos adolescentes que habían perdido a sus padres. No eran soldados de élite. Eran supervivientes.
Vivían de lo que recolectaban: partes de demonios vendidas en el mercado negro a intermediarios discretos, trueques con vecinos y alguna ayuda ocasional de monjas como Verónica. No tenían armaduras de miles de créditos. Usaban ropa reforzada, amuletos caseros y armas modificadas con tecnología robada o bendiciones baratas.
—Recuerden las reglas —dijo Elena mientras distribuía munición escasa—. Primero, los niños y ancianos. Segundo, la familia. Tercero, nosotros. No somos hélix. No cobramos por salvar vidas. Si alguien quiere irse y buscar contratos corporativos, la puerta está abierta. Pero mientras estén aquí, luchamos por lo que queda de este barrio.
Nadie se movió. Todos la respetaban. Elena no lideraba con miedo, sino con ejemplo. Había enterrado a sus propios hijos y seguía de pie. Eso inspiraba más lealtad que cualquier salario.
Salieron en dos grupos. Elena lideraba el principal. Caminaban por callejones estrechos iluminados solo por luces LED parpadeantes y fogatas en barriles. El olor a basura, humedad y azufre residual era constante. En las ventanas, rostros cansados los observaban con esperanza. Para ellos, Los Vigilantes eran la única línea de defensa real.
—jefa, ¿crees que la Iglesia enviará más apoyo? —preguntó Carla, una joven de veintitrés años que cargaba una escopeta de cartuchos consagrados.
Elena soltó una risa amarga.
—La Iglesia ayuda cuando puede, pero son pocos. hélix solo protege a los que pagan. Nosotros somos lo que queda para la gente como nosotros.
Llegaron al sector del viejo metro. Las entradas estaban selladas con rejas improvisadas, pero una de ellas había sido forzada. Huellas negras y viscosas marcaban el suelo.
—Formación —susurró Elena—. Luces bajas. No alerten a toda la colonia.
Descendieron con cuidado. Los túneles eran un laberinto peligroso: cables colgando, agua contaminada y ecos extraños. Pronto lo sintieron: un frío que no era natural. Un demonio Clase I —un “devorador de ecos”— se manifestaba. Era una criatura delgada, casi esquelética, con múltiples bocas que repetían los últimos gritos de sus víctimas.
—¡Contacto! —gritó Raúl.
El combate fue brutal y desorganizado comparado con las operaciones limpias de Helix. Elena disparó primero. Su rifle escupió plasma que quemó parte del torso de la criatura. Pero el demonio era rápido. Saltó hacia las paredes, multiplicándose en ilusiones que repetían las voces de los hijos de Elena.
— ¡Mamá… duele…! —susurraban las ilusiones.
Elena apretó los dientes. Lágrimas de rabia brillaron en sus ojos, pero su puntería no falló.
—¡No uses mis hijos contra mí, maldito!
Carla lanzó una granada de fragmentación bendita. La explosión iluminó el túnel y destruyó varias copias ilusorias. Raúl se acercó con un machete encantado y cortó uno de los brazos de la bestia principal. El demonio chilló y lanzó un ataque mental que hizo que dos miembros del grupo cayeran de rodillas, reviviendo sus peores traumas.
Elena se lanzó hacia adelante. Sacó un cuchillo largo con runas grabadas a mano y lo clavó en el núcleo de la criatura. La energía oscura salpicó su brazo, quemándola, pero no se detuvo hasta que el demonio se disolvió en humo.
Respirando con dificultad, se apoyó contra la pared.
—¿Todos vivos? —preguntó.
Hubo quejas y confirmaciones. Tenían heridas, pero nadie muerto. Era una victoria en los Bajos.
Al subir, distribuyeron las partes útiles del demonio: glándulas para vender, dientes para amuletos. El resto lo quemaron para evitar que atrajera más seres.
De regreso en el patio central, la gente del barrio salió a recibirlos. Una mujer mayor abrazó a Elena.
—Gracias, hija. Sin ustedes, ya nos habríamos rendido.
Elena sonrió cansada.
—Este es nuestro hogar. Lo que queda de él. Mientras respiremos, nadie nos lo quitará.
Pasaron el resto de la mañana atendiendo tareas comunitarias. Algunos reparaban barricadas, otros repartían comida recolectada, Elena visitó la casa de la familia González. El niño enfermo tenía fiebre alta, posiblemente por exposición a energía residual.
—No es demoníaca —dijo Elena después de revisarlo—. Pero está débil. Necesita medicina de verdad.
Prometió conseguirla. Sabía que tendría que vender más partes en el mercado negro o pedirle un favor a alguna monja del convento.
Por la tarde, mientras el grupo descansaba en turnos, Elena se sentó en su habitación improvisada: una antigua tienda convertida en vivienda. En las paredes había dibujos de sus hijos hechos por vecinos. Miró el relicario y habló en voz baja:
—Los extraño cada día. Pero si me rindo, ¿quién cuidará de estos niños que aún tienen madre?
Su grupo no era perfecto. A veces discutían por recursos. Algunos vendían información a independientes más oscuros. Pero tenían una regla sagrada: nunca abandonar a una familia del barrio. Nunca cobrar por proteger a los suyos.
Esa noche, durante una segunda patrulla, enfrentaron algo más peligroso. Un demonio Clase II —una bestia cuadrúpeda con escamas de obsidiana— había entrado por una fisura reciente. Era más fuerte de lo habitual.
La batalla fue feroz. Usaron tácticas de guerrilla: emboscadas desde los techos, trampas con cables electrificados y fuego coordinado. Elena perdió a un miembro del grupo: el viejo Tomás, de cincuenta y un años, que se sacrificó para salvar a dos niños que huían.
Cuando el demonio cayó, Elena se arrodilló junto al cuerpo de Tomás y cerró sus ojos.
—Descansa, amigo. Protegiste el hogar.
El grupo regresó en silencio. Vendieron las partes del Clase II por un buen precio, suficiente para medicinas y comida para varias familias durante una semana. Pero el costo emocional era alto.
Sentada nuevamente en el techo al amanecer, Elena miró hacia la Torre hélix a lo lejos. Sus luces brillaban con arrogancia.
—Ellos luchan por dinero —susurró—. Nosotros luchamos por lo que amamos. Algún día, esa diferencia importará.
No sabía que, en el convento, Verónica había sentido las fisuras creciendo. Tampoco sabía que su forma de luchar —noble, desinteresada— era observada en silencio.
Para los Vigilantes del Umbral, la vida continuaba igual: dura, peligrosa, pero con propósito. Proteger lo poco que quedaba. Cuidar a las familias. Ser la última línea cuando los poderosos miraban hacia otro lado.
Elena se levantó. Otro día comenzaba. Y mientras ella respirara, el Barrio Bajo 17 resistiría.
**Escenas adicionales de la vida cotidiana**
Durante el día, el grupo no solo cazaba. Ayudaban a reconstruir una escuela improvisada donde los niños aprendían a leer y a reconocer signos de actividad demoníaca. Elena enseñaba personalmente defensa básica. Por las noches, compartían comidas comunitarias donde contaban historias para mantener viva la esperanza.
—Mi hija Lucía siempre quería ser doctora —contaba Elena una noche alrededor del fuego—. Ahora yo intento curar este barrio como ella habría querido.
Raúl reparaba armas gratis para quien las necesitara. Carla organizaba turnos de vigilancia para madres solteras. Eran una familia improvisada, nacida del dolor.
En una ocasión, un cazador contratado de hélix pasó cerca en patrulla. Miró con desdén sus armas caseras.
—Perdedores —murmuró.
Elena lo escuchó, pero no respondió. Solo apretó el relicario. Sabía que su lucha tenía más valor que cualquier contrato.