Luara siempre supo que no pertenecía a esa manada.
Sin haber despertado a su loba, regordeta y constantemente humillada dentro de su propia manada, creció siendo tratada como un error… incluso por quienes debían protegerla. Aun así, su corazón insistía en amar al hombre más inalcanzable de todos: el futuro Alfa.
La noche en que el destino debía coronarla como Luna, todo se convirtió en una pesadilla pública.
Rechazada, rota, marcada por palabras que nunca debieron pronunciarse, Luara descubrió que algunos dolores no matan… solo transforman.
Mientras la manada seguía creyendo que era débil, algo silencioso comenzó a nacer dentro de la olvidada loba blanca.
Porque cuando una rosa es pisoteada demasiado, no muere.
Ella aprende a herir.
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Capítulo 18
NARRACIÓN DE LA AUTORA...
Kael cayó como un animal herido.
No hubo dignidad.
No hubo fuerza.
No hubo alfa.
La rodilla golpeó el suelo con violencia, las manos clavadas en la tierra como si pudiera arrancar el dolor a la fuerza. El pecho ardía. El vínculo quemaba. El lobo aullaba por dentro, enloquecido, sin dirección, sin ancla.
El círculo de la manada estaba en silencio absoluto.
Nadie corrió hacia él.
Nadie lo ayudó a levantarse.
Nadie se atrevió.
Porque, en aquel instante, Kael ya no era un líder.
Era apenas un hombre quebrado delante de todos.
El odio en los ojos rojos se mezclaba al dolor, a la humillación, a la desesperación de haber sido rechazado — no solo por su compañera, sino por la propia manada que ahora lo veía como él realmente era.
Entonces, una presencia avanzó.
El sonido de la bota firme contra el suelo resonó como sentencia.
Mikael.
El antiguo alfa no corrió. No se apresuró. Caminó con calma, con el peso de quien ya cargó aquella corona y sabía exactamente lo que ella costaba. Sus ojos estaban duros. No había orgullo allí. Apenas decepción.
Él paró delante del hijo arrodillado.
— Mírate — dijo, la voz baja, controlada… y aún así más cruel que cualquier grito.
Kael alzó el rostro, la mandíbula temblando, los ojos aún rojos, perdidos entre hombre y lobo.
— Eres una vergüenza.
La palabra cayó como un golpe seco.
— Una vergüenza como alfa. Como hombre. Como hijo.
Un murmullo corrió por la manada, pero Mikael alzó la mano, exigiendo silencio sin precisar levantar la voz.
— Si yo supiera, desde el inicio, lo que hacías lejos de mis ojos… — él respiró hondo, como si cada palabra le costara algo — jamás habría pasado esta manada para que la cuidaras.
Kael intentó hablar. No consiguió. El vínculo roto aún rasgaba su pecho.
— Un alfa honra hasta los más débiles — continuó Mikael. — Protege. Sustenta. Observa. Lidera con ejemplo.
No usa el título como escudo para crueldad.
Él dio un paso más al frente.
— Tú humillaste. Tú despreciaste. Tú reíste.
Y hoy… hoy fuiste expuesto.
Kael intentó apoyarse en el suelo para levantarse.
Mikael fue más rápido.
— No.
La palabra fue definitiva.
— Yo no voy a ayudarte a levantar.
El silencio quedó pesado.
— Porque después de hoy — Mikael dijo, mirando alrededor, haciendo cuestión de que todos oyeran — ningún lobo aquí tendrá respeto por ti.
Los ojos de Kael se agrandaron.
— Ninguno confiará en ti.
Aquello dolió más que el vínculo roto.
— Vas a tener que valerte por ti mismo — Mikael continuó. — Vas a tener que cambiar. Vas a tener que aprender lealtad. Vas a tener que sangrar, caer, levantar… y tal vez, solo tal vez, volverte un alfa de verdad.
Él se inclinó levemente, quedando a la altura del hijo, la voz ahora baja, afilada como lámina.
— Y presta atención en lo que voy a decir ahora.
Kael tragó en seco.
— Ten cuidado con quien escojas como tu luna.
Mikael se enderezó.
— Porque la destrucción de un hombre es la pasión.
— Pero la salvación de un hombre… es el amor.
Él dio la espalda.
No hubo abrazo.
No hubo perdón.
No hubo promesa.
La manada continuó en silencio mientras Kael permanecía arrodillado, solo, aplastado no apenas por el rechazo de Luara — sino por el peso de todo lo que él era… y de todo lo que nunca supo ser.
Y, por primera vez, él entendió:
Él había perdido mucho más que una compañera.
Él había perdido el respeto.
El trono.
Y la propia sombra del padre que un día intentó honrar.