Hay personas que llegan a tu vida haciendo ruido, otras que lo cambian todo en el silencio.
Libra nunca imaginó que una conversación sobre Saturno pudiera convertirse en el comienzo de la historia más importante de su vida. Entre recreos, paseos después de clase, chocolates calientes, bancos de madera y amaneceres compartidos, conocerá a Acuario, un chico que tiene la extraña habilidad de encontrar belleza en los pequeños detalles y de hacer sentir especiales a quienes lo rodean.
Mientras el tiempo avanza y el final del curso se acerca, ambos descubrirán que crecer significa aprender a convivir con los cambios, con el miedo a perder lo que amas y con las palabras que, a veces, nunca llegan a decirse.
Porque algunas historias de amor no nacen con un beso.
Nacen con una conversación que parecía insignificante.
Con una fotografía tomada sin avisar.
Con una promesa hecha entre risas.
Con dos personas que, sin darse cuenta, empiezan a convertirse en el hogar del otro.
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Capítulo 20 - Después del silencio
Las personas solemos creer que el problema son las discusiones.
Pero no.
Las discusiones, muchas veces, arreglan cosas.
El verdadero peligro aparece cuando alguien decide callarse.
Cuando responde con un "no pasa nada" mientras por dentro pasan demasiadas cosas.
Porque el silencio nunca llega vacío.
Siempre trae consigo dudas.
Y las dudas tienen una imaginación mucho más peligrosa que la realidad.
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El fin de semana pasó más despacio de lo habitual.
Libra intentó convencerse de que estaba exagerando.
Que lo ocurrido el viernes no significaba nada.
Acuario simplemente había hablado con otras personas.
Como hacía siempre.
No había cambiado.
La única que parecía haber cambiado era ella.
Aquello le molestaba.
No quería convertirse en esa persona que necesitaba atención constante.
No quería sentirse mal porque alguien tuviera vida más allá de ella.
Y, sin embargo, el pensamiento aparecía una y otra vez.
"Antes estaba conmigo."
Cada vez que esa frase cruzaba su cabeza, intentaba espantarla.
No era justa.
No era lógica.
Pero ahí seguía.
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El lunes llegó acompañado de un cielo despejado.
El frío seguía siendo intenso, pero el sol conseguía hacer las mañanas un poco más amables.
Libra entró al instituto unos minutos antes de lo habitual.
Necesitaba despejarse.
Respirar.
Pensar menos.
Cuando dobló el pasillo principal, escuchó una voz.
—Buenos días, borde.
Levantó la cabeza.
Acuario caminaba hacia ella con dos vasos de cartón en la mano.
Le tendió uno.
—¿Qué es esto?
—Chocolate caliente.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque hacía frío.
—Solo por eso.
—Y porque el otro día te gustó.
Libra bajó la vista hacia el vaso.
El chocolate todavía desprendía vapor.
Él lo había recordado.
Entre tantas conversaciones.
Entre tantas personas.
Había recordado algo tan pequeño como eso.
Sintió un pinchazo de culpa.
—Gracias.
Él sonrió.
—De nada.
Comenzaron a caminar juntos.
Durante unos metros ninguno dijo nada.
Hasta que Acuario habló.
—El viernes pensé que estabas enfadada conmigo.
Ella apretó un poco más el vaso entre las manos.
Ahí estaba.
La conversación que había evitado.
—No estaba enfadada.
—Entonces...
Respiró hondo.
—Solo tuve un día raro.
Era una verdad a medias.
Y ambos parecieron conformarse con ella.
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En la primera hora apenas consiguieron concentrarse.
Leo no dejaba de hablar del torneo.
Había preparado una lista con posiciones, cambios y estrategias como si fueran a disputar una final internacional.
—Necesitamos un capitán.
—Tú no —respondió Capricornio.
—¿Por qué?
—Porque tardarías diez minutos en hacer un discurso.
Escorpio asintió.
—Y perderíamos antes de empezar.
Acuario soltó una carcajada.
—Votemos.
Todos levantaron la mano señalándolo a él.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—¿Por qué?
Leo respondió como si fuera evidente.
—Porque consigues que todo el mundo te haga caso sin gritar.
Acuario se quedó callado unos segundos.
Después negó con una sonrisa.
—Vale.
Pero si perdemos, la culpa es vuestra.
—Eso ya lo teníamos claro.
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Durante el recreo el patio estaba lleno de alumnos entrenando.
Había balones por todas partes.
Gritos.
Carreras.
El ambiente recordaba más a un festival que a un lunes cualquiera.
Libra y Capricornio decidieron sentarse en el banco.
Desde allí observaban el caos.
—Mira a Leo.
Capricornio señaló la pista.
Leo acababa de intentar hacer un regate imposible.
Terminó cayéndose solo.
—No puede ser.
Las dos empezaron a reír.
Unos segundos después apareció Acuario completamente despeinado.
Se dejó caer a su lado.
—Necesito agua.
—Necesitas coordinación —respondió Libra.
—Eso también.
Ella le tendió su botella.
Él la cogió sin preguntar.
Bebió un par de tragos.
Después se la devolvió.
—Gracias.
Fue un gesto tan natural que ninguno dijo nada.
Solo Capricornio levantó una ceja con una sonrisa disimulada.
Había visto demasiadas cosas durante los últimos meses como para no darse cuenta de lo evidente.
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Cuando sonó el timbre, Capricornio se adelantó con el resto.
Libra se agachó para guardar la botella en la mochila.
Al levantarse, Acuario seguía allí.
Esperándola.
—¿Puedo preguntarte algo?
Ella asintió.
—Claro.
Él metió las manos en los bolsillos.
Parecía buscar las palabras.
Algo poco habitual en él.
—¿Confías en mí?
La pregunta llegó sin previo aviso.
Libra tardó apenas un segundo en responder.
—Sí.
—¿De verdad?
—Sí.
Él respiró con tranquilidad.
—Entonces la próxima vez que pienses que pasa algo...
Pregúntamelo.
No te quedes con la duda.
Aquellas palabras la dejaron completamente inmóvil.
No porque fueran bonitas.
Sino porque eran ciertas.
Él había entendido lo que ella ni siquiera había sido capaz de decir.
—Lo intentaré.
Acuario sonrió.
—Con eso me vale.
Y comenzaron a caminar hacia clase.
Uno al lado del otro.
Como si aquella pequeña grieta hubiera encontrado la forma de cerrarse antes de hacerse más grande.
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Aquella tarde el torneo comenzó por fin.
El patio estaba lleno de alumnos animando desde las bandas.
Los profesores observaban divertidos.
Leo parecía un entrenador profesional.
Escorpio gritaba instrucciones aunque nadie las siguiera.
Capricornio hacía de comentarista improvisada.
Libra nunca había visto a Acuario tan concentrado.
Seguía sonriendo.
Pero cuando el balón llegaba a sus pies cambiaba por completo.
No jugaba para lucirse.
Jugaba para que todo el equipo participara.
Cada vez que alguien fallaba, era el primero en levantar el pulgar.
—Vamos.
La siguiente entra.
Y, curiosamente, después de escucharlo, casi siempre jugaban mejor.
Libra lo observó desde el banco.
No era el mejor jugador de la pista.
Pero era la persona que conseguía que todos los demás creyeran que podían serlo.
Y eso le pareció mucho más difícil.
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Al terminar el partido, ganaran o perdieran —porque años después ninguno recordaría el resultado—, todos acabaron riendo en el centro de la pista.
Leo aseguraba que el árbitro estaba comprado.
Escorpio amenazaba con presentar una reclamación inexistente.
Capricornio solo quería irse a casa.
Acuario caminó hasta donde estaba Libra.
Todavía respiraba con dificultad por el esfuerzo.
—¿Has visto ese pase?
Ella sonrió.
—Sí.
—Ha sido bueno.
—Ha sido horrible.
Él se llevó una mano al pecho.
—Qué poco valoras mi talento.
—Valoro mucho más tu optimismo.
Los dos comenzaron a reír.
Y en ese instante, Libra comprendió algo que le dio una tranquilidad inesperada.
El miedo del viernes no había nacido porque Acuario estuviera cambiando.
Había nacido porque ella empezaba a querer conservar aquellos días para siempre.
Pero la vida nunca promete para siempre.
Solo regala presentes.
Y, quizá, la única forma de no estropearlos era dejar de tener miedo a perderlos antes de tiempo.